Capítulo 10 — El nombre falso #5
Las grandes decisiones necesitaban cosas pequeñas alrededor para fingir que eran manejables.
Abrió el portátil.
Buscó rutas a Siquijor.
Esta vez no se detuvo en fotos.
Buscó horarios.
Costes.
Duraciones.
Opciones.
Manila a Dumaguete.
Dumaguete a Siquijor.
También Manila a Cebú y luego ferry.
Leyó foros de viajeros, blogs, comentarios antiguos, mensajes de gente preguntando si merecía la pena ir, si era tranquilo, si había cajeros, si se podía alquilar moto, si había buena conexión.
Tranquilo.
Pequeño.
Menos turístico.
Buenas playas.
Cascadas.
Alojamiento barato.
Daniel anotó en la libreta:
Dumaguete.
Ferry.
Siquijor.
Luego escribió:
Mar.
Se quedó mirando esa palabra.
El mar había estado en Bali, pero allí parecía decorado. En Filipinas empezaba a parecer instrumento. No porque el mar hubiera cambiado, sino porque Daniel lo miraba distinto.
Eso lo asustó.
Cerró la libreta.
El móvil vibró.
Irene.
“¿Vas a ir a la playa allí?”
Daniel miró la palabra.
Playa.
Mar.
Cuaderno.
Pulsera.
Pasaporte.
Mateo Santos.
Respondió:
“Sí, creo. Pero Manila no es muy de playa. Iré a una isla.”
Irene respondió:
“Qué suerte.”
Daniel sintió un frío breve.
Suerte.
La palabra era obscena.
No por culpa de Irene. Irene no sabía. Irene veía fotos, vuelos, cuadernos, un padre que estaba lejos y decía cosas raras desde otro horario. Para ella, quizá, aquello todavía podía parecer un viaje. Un padre desordenado, sí. Pero vivo. Escribiendo. Comprando regalos. Mandando fotos.
Daniel escribió:
“No tanta.”
No lo envió.
Borró.
“Ya te mandaré fotos.”
Envió.
Irene:
“Vale. No te mueras.”
La frase llegó ligera.
De broma.
Quizá porque él había hecho antes algún comentario torpe sobre motos, calor, caos o cruzar calles. Quizá porque los hijos dicen cosas terribles jugando, sin saber que el mundo escucha con demasiada atención.
Daniel se quedó mirando la pantalla.
No te mueras.
Durante unos segundos la habitación quedó sin sonido.
Ni aire acondicionado.
Ni tráfico.
Ni motos.
Nada.
Solo esa frase.
No te mueras.
Daniel escribió:
“No.”
Borró.
“Tranquila.”
Borró.
“No pienso.”
Borró.
Al final escribió:
“Tendré cuidado.”
Irene respondió con un pulgar arriba.
Un gesto mínimo.
Una confianza mínima.
Suficiente para condenarlo un poco más.
Daniel dejó el móvil sobre la mesa.
Caminó hasta la ventana.
La abrió apenas.
Manila seguía sonando.
Bocinas.
Voces.
Motores.
La ciudad no dormía. O dormía por turnos, como los enfermos graves.
Daniel apoyó los dedos en el marco.
Manila no lo quería.
Tampoco lo rechazaba.
Lo dejaba estar.
Esa indiferencia era más peligrosa que la hospitalidad.
En Madrid, todo tenía forma de consecuencia. En Bali, todo fingía forma de cura. En Manila, en cambio, el mundo parecía decirle que una persona podía romperse entre millones de personas sin que el tráfico redujera la velocidad.
Volvió a la mesa.
Abrió la libreta.
Mateo Santos.
Manila.
Siquijor.
Dumaguete.
Ferry.
Mar.
Debajo escribió:
No te mueras.
La frase de Irene quedó allí, absurda, viva, imposible.
Daniel la miró mucho tiempo.
Después cerró la libreta.
No compró el billete esa noche.
Lo dejó para la mañana.
Un pequeño acto de resistencia, se dijo.
Una pausa.
Una oportunidad.
Una noche más antes de seguir.
Pero al apagar la luz comprendió que incluso sus pausas tenían dirección. No eran frenos. Eran descansos entre dos tramos de caída.
Se tumbó boca arriba.
El aire acondicionado hacía demasiado ruido. La ciudad hacía más.
Daniel pensó en el cuaderno azul dentro de la mochila.
En la pulsera.
En Irene escribiendo “no te mueras” sin saber que acababa de poner una mano infantil sobre la puerta exacta que él intentaba abrir.
Manila no le prometió una segunda vida.
Le enseñó algo peor.
Que la primera podía perderse sin que nadie, alrededor, dejara de cruzar la calle.
Capítulo 12 — La isla
Daniel compró el billete a Dumaguete a las nueve y dieciséis de la mañana, después de una noche en la que no había dormido lo suficiente como para llamarlo descanso ni había estado despierto lo bastante como para llamarlo vigilancia.
Lo compró sentado en la cama del hotel de Manila, con el portátil sobre las piernas, el aire acondicionado sonando como un animal viejo y la libreta abierta junto a él.
Mateo Santos.
Manila.
Siquijor.
Dumaguete.
Ferry.
Mar.
No te mueras.
La última frase seguía allí, escrita con su letra, pero prestada por Irene.
Daniel intentó no mirarla mientras introducía los datos de pago.
No funcionó.
Cada vez que sus ojos bajaban a la libreta, la frase parecía cambiar de tono. Primero era broma. Luego advertencia. Luego súplica. Luego algo peor: una forma limpia de amor.
No te mueras.
Qué manera tan sencilla de pedir algo imposible a un cobarde.
El vuelo salía a primera hora de la tarde. No era directo a Siquijor. Primero Dumaguete. Luego puerto. Luego ferry. Luego la isla.
La ruta tenía suficientes pasos para parecer todavía un viaje.
Eso lo tranquilizó.
Las cosas malas, cuando se dividen en tramos, adquieren apariencia de trámite.
Un billete. Un taxi. Un embarque. Una espera.
Una maleta. Un puerto. Una habitación. Nadie se despierta una mañana diciendo “voy a destruir la vida emocional de mi hija”.
Uno compra un vuelo barato a Dumaguete y deja que la frase grande espere en otra habitación.
El correo de confirmación llegó rápido.
Daniel Salcedo.
Otra vez.
El nombre seguía viajando por delante de él, como un perro viejo que no entendía que su dueño estaba pensando en abandonarlo.
Se levantó.
Guardó la ropa en la mochila.
No había mucho que guardar. Un par de camisetas, ropa interior, cargadores, la libreta, la pulsera azul, el cuaderno de Irene, el pasaporte, algo de efectivo, documentos, una bolsa con medicinas compradas sin criterio y una tristeza compacta que no ocupaba espacio pero pesaba en todos los compartimentos.
Antes de cerrar la mochila, sacó el cuaderno azul de Irene.
Lo miró.
No era igual al de Madrid.
Eso importaba menos de lo que habría querido.
La primera promesa no se sustituye con una compra en otro país. Pero Daniel necesitaba creer en equivalencias pequeñas. Un cuaderno por un cuaderno. Una foto por una presencia. Un mensaje por un padre. Una mentira bonita por una verdad imposible.
Lo guardó.
El móvil vibró.
Clara.
“¿Dónde estás ahora?”
Daniel miró la pregunta.
Ahora.
Clara siempre elegía palabras con una precisión molesta incluso cuando no intentaba hacerlo.
Ahora era Manila.
En unas horas sería Dumaguete.
Después Siquijor.
Después quién sabe.
Daniel escribió:
“Todavía en Manila. Hoy me muevo a otra zona.”
No era mentira.
Era una frase construida por alguien que había descubierto que la verdad podía cortarse en filetes muy finos y servirse sin que pareciera sangre.
Clara respondió:
“¿A qué zona?”
Daniel cerró los ojos.
No podía decir Siquijor todavía.
No porque Clara pudiera impedirlo. No podía. No porque fuera peligroso en sí mismo. Era una isla, no una confesión. Pero escribir el nombre lo haría entrar en España. En el chat. En Clara. En Irene. La isla dejaría de ser un punto en su libreta y se convertiría en una respuesta verificable.
Escribió:
“Sur. Quiero ver algo menos urbano.”
Demasiado turístico.
Demasiado vago.
Demasiado suyo.
Clara tardó en contestar.
“Daniel, vuelve.”
La frase llegó sin adorno.
Sin reproche.
Sin diagnóstico.
Sin la arquitectura habitual de sus advertencias.
Daniel se quedó sentado en el borde de la cama, con el móvil en la mano.
Daniel, vuelve.
No “piénsalo”.
No “ten cuidado”.
No “estás haciendo daño”.
Vuelve.
La palabra tenía una simpleza casi física. Una puerta abierta. Una orden. Una petición. Una cuerda.
Daniel escribió:
“No puedo ahora.”
Lo miró.
Era falso.
Podía.
Había vuelos. Tenía pasaporte. Tenía billete de vuelta. Tenía piernas, tarjeta, idioma suficiente, excusas de sobra. Podía volver.
No quería.
Eso era lo que no podía decir.
Borró.
Escribió:
“Necesito terminar esto.”
Eso era peor.
¿Terminar qué?
Ni él lo sabía.
O sí.
Borró también.
Al final no respondió.
A veces el silencio era una mentira con menos faltas de ortografía.
Dejó la llave en recepción.
La mujer le deseó buen viaje.
—Have a nice trip.
Daniel respondió:
—Thank you.
El inglés tenía esa ventaja: permitía ser educado sin ser exacto.
El taxi al aeropuerto cruzó Manila bajo una luz dura. La ciudad seguía viva, excesiva, inmensa. Daniel miró por la ventanilla como si fuera la última vez que veía una ciudad grande. Eso le pareció melodramático y, por eso mismo, molesto.
Pasaron junto a barrios de edificios apretados, puestos de comida, gente esperando transporte, niños con mochilas, hombres fumando, mujeres con paraguas contra el sol, cables colgando sobre calles que parecían sostenerse por costumbre.
Manila no se despedía.
No tenía tiempo.
En el aeropuerto, Daniel hizo la cola con otros pasajeros que viajaban con bolsas, cajas, mochilas, maletas envueltas en plástico, niños, comida, paquetes. El vuelo doméstico tenía un aire menos turístico y más real. Gente moviéndose por razones concretas, familiares, laborales, necesarias.
Él era el único que parecía estar huyendo de una abstracción.
En el mostrador, la empleada revisó su pasaporte.
—Dumaguete?
—Yes.
—Vacation?
—Yes.
La palabra ya no tenía ni piel.
Mientras esperaba el embarque, Daniel abrió el chat de Irene.
No había escrito nada desde la noche anterior.
No te mueras.
El mensaje seguía allí.
Encima estaba su respuesta:
“Tendré cuidado.”
Tendré cuidado.
Un clásico.
La frase perfecta para hombres que no tenían ninguna intención real de cuidarse de sí mismos.
Escribió:
“Hoy voy a una isla. Igual tengo menos cobertura.”
Antes de enviar, se detuvo.
Igual tengo menos cobertura.
Ahí estaba.
La primera semilla práctica de la desaparición.