Capítulo 10 — El nombre falso #4
Nunca deshacer la mochila. Nunca aceptar del todo un sitio. Nunca permitir que la vida tuviera tiempo de colocarse.
Se sentó en la cama.
El colchón era blando de una forma sospechosa.
Sacó la libreta.
La abrió por la segunda página.
Daniel Salcedo.
D. Salcedo.
Dani, tachado.
Mateo.
Mateo Santos.
Manila.
2 días.
Seguir.
La palabra “seguir” le pareció ahora demasiado pequeña para lo que había hecho.
Había cruzado otro país.
Había entrado en Filipinas.
Había mentido a su hija.
Había mentido a Clara.
Había dejado a Eduardo esperando perfiles que nunca iba a enviar.
Había mantenido un billete de vuelta a Madrid como se conserva una foto antigua en una cartera: no porque uno vaya a usarla, sino porque tirarla sería admitir demasiado.
Daniel cogió el bolígrafo.
Debajo de “Seguir”, escribió:
Siquijor.
Lo miró.
El nombre no pareció sorprendido de estar allí.
Eso fue lo peor.
El móvil vibró.
Clara.
“¿Cuánto tiempo vas a estar ahí?”
Daniel miró la pantalla.
No contestó enseguida.
Se quitó las zapatillas.
Se levantó.
Fue al baño.
Se lavó las manos.
Volvió.
La pregunta seguía allí.
¿Cuánto tiempo vas a estar ahí?
No era una pregunta turística. Clara no preguntaba por curiosidad. Preguntaba por el borde de algo. Clara siempre había tenido buen oído para los bordes. Sabía cuándo una mentira todavía era pequeña y cuándo empezaba a construir casa.
Daniel escribió:
“No lo sé. Unos días. Estoy mirando.”
Clara respondió:
“¿Mirando qué?”
Daniel soltó aire por la nariz.
Qué mujer tan vulgarmente exacta.
Escribió:
“Rutas. Islas. Cosas para ver.”
No era falso.
El problema de las mejores mentiras era ese: podían presentar testigos.
Clara no respondió durante varios minutos.
Daniel aprovechó ese silencio para abrir otra aplicación.
Vuelos internos.
Ferries.
Rutas.
Manila a Dumaguete.
Manila a Cebú.
Cebú a Dumaguete.
Dumaguete a Siquijor.
Los nombres aparecían como piezas de un tablero que alguien hubiera dejado preparado antes de que él llegara.
No compró nada.
Todavía.
En algún lugar de su cabeza, esa palabra empezaba a ser una broma privada.
Todavía.
Todavía no miento del todo.
Todavía no compro.
Todavía no desaparezco.
Todavía no soy Mateo.
Todavía no estoy muerto.
El móvil vibró.
Clara:
“No conviertas esto en algo que Irene tenga que entender dentro de diez años.”
Daniel se quedó quieto.
La frase no era larga.
No era brillante.
No era de esas frases afiladas que Clara podía lanzar cuando ya no tenía paciencia.
Era peor.
Era casi una súplica disfrazada de advertencia.
Daniel escribió:
“No estoy haciendo nada malo.”
La leyó.
Sintió vergüenza.
La borró.
Escribió:
“Solo necesito unos días.”
También daba vergüenza.
La envió porque al menos era una vergüenza conocida.
Clara respondió:
“Eso también lo conozco.”
Daniel dejó el móvil boca abajo.
Se levantó y abrió la ventana.
No se podía abrir del todo. Solo una rendija.
La ciudad entró por ella de todos modos.
Bocinas.
Motores.
Una voz lejana.
Un perro.
Música.
El zumbido eléctrico de algo.
Manila no cabía en la habitación, pero hacía esfuerzos.
Daniel apoyó la frente contra el cristal.
En Madrid, el mundo lo perseguía con nombres conocidos.
Clara, Irene, Eduardo, Sergio, financieras, portales, relojes.
En Bali, el mundo había intentado venderle una calma que no sabía usar.
Manila no vendía nada. Manila parecía decir: aquí puedes perderte, si insistes, pero no esperes que a nadie le parezca especial.
Eso era nuevo.
Eso tenía una clase de honestidad brutal.
Salió del hotel al cabo de una hora.
No quería quedarse en la habitación. Las habitaciones empezaban a tener demasiada importancia en su vida. Habitaciones de alquiler en Madrid. Habitación en Bali. Habitación en Manila. Lugares pequeños donde un hombre hacía planes grandes para no enfrentar cosas sencillas.
La calle lo recibió con ruido.
Caminó sin dirección firme, aunque consultando el mapa cada pocos minutos.
Había restaurantes, tiendas, farmacias, cajeros, puestos de comida, cables, charcos, motocicletas aparcadas, hombres fumando, mujeres con bolsas, niños cruzando entre adultos con una naturalidad que a Daniel le parecía suicida y local.
Pasó junto a una iglesia.
La puerta estaba abierta.
Dentro había gente.
No entró.
Daniel tenía una relación oportunista con lo sagrado: le gustaba que existiera cuando necesitaba perdón, pero le molestaba la posibilidad de que exigiera cambios.
Siguió caminando.
En una esquina, un niño le ofreció algo que no entendió.
Daniel negó con la cabeza. El niño insistió.
Daniel volvió a negar. Después se sintió mal.
Luego se sintió mal por usar el malestar como prueba de humanidad.
La conciencia de Daniel era agotadora: incluso cuando funcionaba, lo hacía con vanidad.
Entró en un centro comercial.
No por comprar.
Por aire acondicionado.
El frío artificial lo golpeó con una violencia casi europea.
De pronto todo fue luz, marcas, escaleras mecánicas, guardias de seguridad, familias, adolescentes, cafés, tiendas de móviles, pantallas, música suave.
Podría haber sido cualquier sitio. Madrid, Manila, Kuala Lumpur, Lisboa.
El capitalismo tenía ese talento misericordioso: ofrecía el mismo refugio impersonal a todas las culpas.
Daniel subió una planta.
Luego otra.
Se detuvo frente a una tienda de papelería.
No supo por qué.
O sí.
Lo supo antes de verlo.
Había cuadernos.
Filas de cuadernos.
Portadas lisas, dibujos, espirales, tapas duras, tapas blandas, colores pastel, animales, frases motivacionales, lunas, estrellas.
Daniel entró.
La dependienta dijo algo en inglés.
Él respondió:
—Just looking.
Solo mirando.
Otra vez.
Siempre mirando antes de perder algo.
Se acercó a una mesa.
Había un cuaderno azul oscuro con detalles dorados.
No era igual.
Por supuesto que no.
El de Irene tenía una luna dorada en la portada. Este tenía pequeñas estrellas dispersas y una esquina metálica. Costaba poco. Lo suficiente para comprarlo sin miedo. Lo bastante barato como para que la humillación de Madrid regresara con más precisión.
Daniel lo cogió.
Sintió rabia.
Contra sí mismo.
Contra Clara.
Contra el cuaderno.
Contra una tienda en Manila que no tenía ninguna obligación moral de no vender objetos parecidos a heridas abiertas.
Podía comprarlo.
Meterlo en la mochila.
Dárselo a Irene al volver.
O enviarlo.
O guardarlo.
O dejarlo allí como se dejan las cosas que llegan tarde.
Lo llevó a caja.
Pagó en efectivo.
La tarjeta no falló porque no la usó. Pequeña victoria de los cobardes: aprender la ruta exacta alrededor de la vergüenza.
La dependienta metió el cuaderno en una bolsa.
Daniel salió de la tienda.
Se sentó en un banco del centro comercial.
Sacó el cuaderno.
Lo abrió.
Páginas limpias.
Demasiadas.
Las páginas en blanco siempre le habían parecido arrogantes. Como si el futuro se ofreciera sin conocer al cliente.
Sacó el móvil.
Hizo una foto del cuaderno cerrado.
Se la envió a Irene.
“Encontré algo que te puede gustar.”
La respuesta tardó unos minutos.
“¿Es para mí?”
Daniel miró la pregunta.
Sintió una ternura tan fuerte que casi le pareció injusta.
“Claro.”
Esta vez no borró la palabra.
Claro.
Otra promesa.
Otra cuerda.
Otro ladrillo.
Irene respondió:
“Es bonito.”
Daniel escribió:
“Este sí he podido comprarlo.”
No lo envió.
El sarcasmo contra uno mismo, cuando implicaba a una niña, dejaba de ser elegante y empezaba a ser basura.
Escribió:
“Me acordé del de Madrid.”
Irene tardó en contestar.
“Yo también.”
Daniel bajó el móvil.
Ahí estaba.
Una frase pequeña.
Una herida entera.
Yo también.
No “gracias”.
No “qué guay”.
Yo también.
Daniel guardó el cuaderno en la mochila con cuidado.
Por un momento, el objeto le dio una sensación absurda de reparación. Había comprado algo que falló antes. Había cerrado una escena. Había corregido un error.
Luego recordó que estaba en Manila, de camino a una isla, pensando en un nombre falso.
El cuaderno no reparaba nada.
Solo era una prueba más.
Salió del centro comercial cuando ya era de noche.
El aire caliente regresó como una deuda vieja.
La calle estaba aún más viva. Puestos de comida, luces, motos, conversaciones, olor a aceite, humo, lluvia reciente o tuberías, Daniel no lo supo.
Caminó hasta un restaurante pequeño y pidió señalando un plato.
Arroz, carne, salsa. Comió mirando la puerta.
Siempre la puerta.
No por paranoia.
Por costumbre profesional.
Esa frase ya ni siquiera le convencía a él.
Mientras comía, oyó español.
Dos mesas más allá.
Tres hombres.
Uno joven, dos de mediana edad. Hablaban alto, con ese volumen español que convertía cualquier idioma en ocupación territorial. Discutían sobre playas, vuelos, una chica que habían conocido en Cebú, dinero, hoteles, “no te fíes de nadie aquí”, “tío, esto está tirado”.
Daniel bajó la mirada al plato.
No quería que lo vieran.
No quería que lo reconocieran.
Imposible, pensó.
Era imposible.
Nadie lo estaba buscando en un restaurante barato de Manila.
Pero el idioma fue suficiente.
El español le cayó encima como una mano en el hombro.
Uno de los hombres dijo:
—¿Y tú cuánto tiempo te quedas?
Daniel dejó de masticar.
La pregunta no era para él.
Claro que no.
Pero durante un segundo lo fue.
¿Cuánto tiempo te quedas?
No lo sabía.
Eso empezaba a ser lo único verdadero.
Terminó de comer rápido y salió.
De vuelta al hotel, compró agua y una tarjeta de datos de otra compañía, aunque no la necesitaba. Le pareció prudente. Luego le pareció ridículo. Luego la compró igualmente, porque la prudencia y la paranoia eran primas hermanas y Daniel ya no tenía familia fiable.
En la habitación, dejó sobre la mesa el pasaporte, la libreta, el cuaderno de Irene, la pulsera azul y la nueva tarjeta SIM.
Objetos.
Siempre objetos.