Nadie reclama a los ahogados Capítulo 10 — El nombre falso #3
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Capítulo 10 — El nombre falso #3

Al entrar, el hombre mayor de recepción le dio la llave sin pedirle el número de habitación.

Ya lo reconocía.

Eso le molestó.

La invisibilidad duraba poco incluso cuando uno la compraba a once mil kilómetros.

Subió.

Cerró.

Se sentó en la cama.

Abrió el correo del vuelo a Manila.

Lo leyó entero.

Luego abrió el de vuelta a Madrid.

Ahí seguía.

Madrid lo esperaba en una fecha concreta, con número de asiento y todo. Era casi tierno. La realidad todavía hacía reservas para un hombre que estaba dejando de asistir a su propia vida.

Daniel no canceló el vuelo de vuelta.

No todavía.

Necesitaba que existiera.

No como intención.

Como decoración.

Como las mentiras que se sostienen mejor cuando una parte pequeña parece verificable.

Abrió la libreta por última vez aquella noche.

Mateo Santos.

Manila.

2 días.

Seguir.

Daniel tomó el bolígrafo.

Debajo escribió una frase y se quedó mirándola mucho tiempo:

Mateo no debe nada.

La frase era falsa.

Obviamente.

Ridículamente.

Mateo no existía.

Y, aun así, durante unos segundos, Daniel sintió la tentación de creerle.

Después añadió otra línea:

Daniel sí.

Cerró la libreta.

Apagó la luz.

Se tumbó.

El aire acondicionado zumbaba. Desde el patio subían voces, agua, una risa, el ruido de una puerta. Bali seguía allí, entero, hermoso, indiferente.

Daniel pensó en Madrid.

En Clara.

En Irene.

En Eduardo.

En Sergio.

En el cuaderno azul.

En la pulsera.

En el pasaporte.

En el nombre escrito en la segunda página.

Mateo Santos.

No era un plan todavía.

No completo.

No confesable.

No con principio, medio y final.

Era algo peor: una posibilidad que había aprendido a pronunciarse.

Cuando compró el vuelo a Manila, Daniel todavía no pensó “voy a morir”.

Pensó algo más fácil de perdonar.

Voy a seguir un poco más lejos.

Capítulo 11 — Manila como advertencia

Daniel Salcedo aterrizó en Manila con la sensación de haber llegado no a otro país, sino a una versión más ruidosa de su propia cabeza.

El avión descendió sobre una extensión interminable de luces, tejados, avenidas, sombras, agua oscura y edificios que parecían haber sido colocados allí por distintas personas con distintas urgencias. Desde la ventanilla, la ciudad no tenía forma clara. No era bonita ni fea todavía. Era enorme.

Eso bastaba.

Manila.

La palabra no tenía la suavidad falsa de Bali.

Bali sonaba a postal, a retiro, a gente triste pagando por desayunos con fruta cortada en forma de revelación personal. Manila no. Manila sonaba a tráfico, sudor, cables, motores, calor acumulado en paredes viejas, gente sobreviviendo demasiado cerca de otra gente.

Sonaba menos a promesa.

Más a advertencia.

Daniel se dijo que eso era bueno.

Las advertencias, bien usadas, también podían servir de mapa.

Al bajar del avión, el calor fue distinto. No más fuerte exactamente. Más urbano. En Bali la humedad parecía venir de plantas, mar, tierra mojada. En Manila venía de cuerpos, asfalto, combustible, comida frita y aire acondicionado peleando contra puertas abiertas.

Daniel avanzó con la mochila al hombro y el pasaporte en la mano.

Daniel Salcedo.

Otra vez.

El documento seguía insistiendo.

En el control migratorio, el agente filipino le habló en inglés. Daniel entendió casi todo, o creyó entenderlo, que en los viajes venía a ser una forma aceptable de optimismo.

—Purpose of visit?

Motivo del viaje.

La pregunta regresaba.

En Bali había respondido “tourism” como quien se pone una camisa limpia sobre una herida. En Manila la palabra le pesó un poco más.

—Tourism —dijo.

El agente miró la pantalla.

—How long?

Daniel había ensayado la respuesta durante el vuelo. No demasiado larga. No demasiado corta. Turística, vaga, razonable.

—Maybe two weeks. Maybe less.

Maybe.

La palabra empezaba a convertirse en su nacionalidad secreta.

El agente no pareció interesado en su crisis moral. Selló el pasaporte y se lo devolvió.

Otro golpe seco.

Otra puerta.

Daniel recogió el documento.

—Thank you.

El agente ya miraba al siguiente.

A nadie le importaba demasiado quién entraba en el país mientras los formularios estuvieran en orden. Esa fue una de las primeras lecciones de Manila: el mundo no necesitaba entenderte para dejarte pasar.

En la zona de llegadas, el ruido lo recibió antes que la ciudad.

Conductores.

Carteles.

Familias esperando.

Gente hablando en inglés, tagalo y lenguas que Daniel no distinguía.

Maletas.

Pitidos.

Niños dormidos sobre hombros adultos.

Un hombre con una camisa demasiado ajustada ofreciendo tarjetas SIM.

Una mujer llamando a alguien por videollamada con el volumen al máximo.

Todo ocurría a la vez.

Daniel se detuvo junto a una columna.

No era una buena decisión. En los aeropuertos, detenerse sin motivo siempre hacía que uno pareciera perdido o culpable. Él, por desgracia, empezaba a ser las dos cosas.

Sacó el móvil.

Tenía mensajes.

Clara:

“¿Has llegado a Filipinas?”

Leyó la frase dos veces.

Filipinas.

Ya lo sabía.

O Irene se lo había contado, o Daniel había dejado demasiadas migas, o Clara simplemente tenía esa forma suya de reconstruir desastres con cuatro datos y una intuición cansada.

Daniel escribió:

“Sí. Acabo de aterrizar.”

No añadió “todo bien”.

La frase ya estaba demasiado gastada.

Irene había escrito también:

“¿Ya estás en Manila?”

Daniel respondió:

“Sí. Mucho ruido. Creo que Madrid y Bali han tenido un hijo hiperactivo.”

La respuesta de Irene tardó poco.

“Jajaja. Manda foto.”

Daniel miró alrededor.

¿Qué se fotografiaba en un aeropuerto para tranquilizar a una hija?

La puerta de llegadas.

Un cartel.

Una fila de taxis.

Una pantalla con vuelos.

Eligió una imagen mediocre: un cartel luminoso, gente pasando, parte de su mochila en primer plano. Parecía documental de pobre calidad sobre un hombre que no sabía viajar.

La envió.

Irene respondió:

“Parece caos.”

Daniel miró la foto.

Luego miró la realidad.

La foto era amable.

“Lo es”, escribió.

Guardó el móvil.

No podía quedarse allí.

Pidió un coche a través de una aplicación porque negociar en inglés con conductores le parecía, en aquel momento, una forma innecesaria de exponerse a la humillación.

Aun así, tardó quince minutos en encontrar el punto de recogida.

Bajó una rampa, subió otra, siguió señales, preguntó a un guardia, entendió mal, volvió atrás y terminó en una zona cubierta donde decenas de personas miraban sus pantallas con la misma expresión de fe desesperada.

La tecnología, pensó, había sustituido a Dios con bastante éxito: nadie entendía del todo cómo funcionaba, pero todos esperaban una señal mirando hacia abajo.

El coche llegó.

El conductor era un hombre delgado, con gafas y una camisa azul. Confirmó su nombre.

—Daniel?

Daniel tardó medio segundo en responder.

—Yes.

Su nombre sonó raro en boca del conductor.

No por la pronunciación.

Por la propiedad.

Daniel.

Todavía Daniel.

Subió al asiento trasero.

El coche salió del aeropuerto y entró en la ciudad.

Manila no apareció poco a poco.

Se abalanzó.

Carreteras elevadas.

Tráfico espeso.

Motos filtrándose entre coches.

Jeepneys de colores gastados.

Carteles enormes.

Edificios modernos junto a fachadas cansadas.

Tiendas abiertas bajo luces duras.

Cables sobre cables.

Gente caminando por bordes donde Daniel no veía acera.

Niños.

Perros.

Guardias.

Puestos de comida.

Un centro comercial brillando al fondo como si el consumo hubiera decidido ponerse armadura.

Daniel miró por la ventana.

En Bali, el caos tenía algo casi coreografiado. Motos, templos, turistas, ofrendas, mar. Allí el caos parecía más antiguo, más duro, menos interesado en resultar fotogénico. Manila no estaba allí para curar a extranjeros.

Eso le gustó.

Eso lo asustó.

—First time in Philippines? —preguntó el conductor.

—Yes.

—Holiday?

Daniel miró la ciudad.

—Yes. Holiday.

La palabra ya no solo estaba gastada.

Empezaba a oler.

—Where you go after Manila? Islands?

Daniel sintió que la pregunta tocaba una zona demasiado cercana.

—Maybe.

El conductor sonrió por el retrovisor.

—Many beautiful islands. Palawan, Cebu, Bohol, Siquijor.

Siquijor.

El nombre apareció sin que Daniel lo buscara.

O quizá lo buscaba todo el tiempo y el mundo solo había tenido la cortesía de pronunciarlo.

—Siquijor? —repitió Daniel, intentando sonar casual.

—Yes. Small. Quiet. Some tourists. Good for relax.

Good for relax.

Daniel casi sonrió.

Si alguien hubiera cobrado una comisión cada vez que el mundo le ofrecía descanso a un hombre incapaz de descansar, se habría construido un hotel muy decente.

—Maybe I go there —dijo.

—Good place. Quiet place.

Quiet.

Tranquilo.

La palabra entró en el coche y se sentó a su lado.

Daniel no respondió.

El conductor encendió la radio. Una canción en inglés, vieja, dulce, sonaba entre interferencias. Daniel reconoció una parte del estribillo, pero no la suficiente. Eso le pareció justo. Su vida también parecía tener un estribillo reconocible que ya no sabía completar.

El hotel en Manila estaba en una calle estrecha, no lejos de una avenida grande.

No era exactamente hotel. Tampoco guesthouse.

Era uno de esos alojamientos urbanos que parecían diseñados para personas en tránsito: habitaciones pequeñas, recepción con luz fría, ascensor cansado, pasillos estrechos, olor a limpiador barato y humedad antigua.

En recepción, una mujer joven le pidió el pasaporte.

Daniel se lo dio.

Daniel Salcedo.

El nombre salió de su mano y pasó a otra pantalla.

La mujer comprobó la reserva.

—Two nights?

Daniel asintió.

—Yes.

Dos noches.

Había elegido dos porque una parecía sospechosa y tres demasiado comprometido. Esa era la nueva lógica de su vida: escoger duraciones que no parecieran confesar nada.

La habitación estaba en el quinto piso.

Cama doble.

Escritorio pequeño.

Ventana con vistas a una pared cercana y, más allá, un corte de ciudad.

Aire acondicionado fuerte.

Baño limpio a medias.

Un espejo estrecho.

Daniel dejó la mochila en una silla.

No deshizo nada.