Capítulo 10 — El nombre falso #2
“En unas semanas.”
Miró la frase.
Era la misma mierda vestida con ropa limpia.
Añadió:
“No sé el día exacto, tengo que mirar vuelos.”
Mentira.
Técnicamente.
Otra vez esa palabra miserable.
Envió.
Irene tardó en contestar.
En esos segundos, Daniel se odió con una precisión bastante saludable, para variar.
“Vale”, escribió ella.
Solo eso.
Vale.
La palabra de los hijos que empiezan a cerrar ventanas por dentro.
Daniel quiso arreglarlo.
Eso siempre era peligroso.
Escribió:
“Pero volveré.”
No envió.
La frase le quemó en la pantalla.
Pero volveré.
¿Volvería?
No lo sabía.
No podía prometerlo.
Podía, claro.
Había prometido cosas peores con menos duda.
Pero aquella frase, justo allí, con el nombre Mateo Santos recién escrito en una libreta dentro de su habitación, tuvo un peso que ni Daniel pudo levantar con cinismo.
Borró.
Escribió:
“Te mando otra foto luego.”
Envió.
Un padre extraordinario.
Medalla, himno y desfile.
Irene respondió:
“Ok.”
Ok.
Peor que vale.
El ok era un vale que ya había hecho la maleta.
Daniel guardó el móvil.
Se quedó sentado en el muro, escuchando gallos, motos y una televisión encendida dentro de alguna casa. No entendía el idioma. Eso le produjo una calma breve. No entender era una forma barata de descanso. Las palabras ajenas no podían reclamarle nada si no sabía traducirlas.
Hasta que su cabeza, siempre generosa en sabotajes, tradujo lo único importante:
¿Cuándo vuelves?
Se levantó y caminó de vuelta.
Tardó más en encontrar la guesthouse. Pasó dos veces por la misma tienda, reconoció un perro dormido, dudó en una esquina, miró el mapa fingiendo que no estaba perdido. Cuando llegó, tenía la camiseta empapada.
Subió a la habitación.
Cerró la puerta.
La libreta estaba sobre la mesa.
No la abrió.
El pasaporte sí.
Lo cogió.
Daniel Salcedo.
La foto no se parecía del todo a él. Era anterior al divorcio. Tenía la cara más llena, los ojos menos hundidos, una barba mejor recortada. No parecía feliz, pero sí parecía alguien que todavía creía tener margen.
Qué lujo tan obsceno: tener margen sin saberlo.
Daniel dejó el pasaporte junto a la pulsera.
Abrió el portátil.
La página de vuelos seguía abierta.
Bali — Manila.
Había una opción dos días después.
Precio aceptable.
Horario malo.
Perfecto.
Los horarios malos eran más baratos y más coherentes con su biografía.
Daniel seleccionó el vuelo.
Pasajero.
Daniel Salcedo.
Otra vez su nombre.
Cada letra era una acusación burocrática.
Fecha de nacimiento.
Nacionalidad.
Número de pasaporte.
Teléfono.
Correo.
Datos de pago.
La página avanzaba con indiferencia. Ningún formulario preguntaba: “¿Está usted huyendo de sus responsabilidades familiares?” Ninguna aerolínea ofrecía una casilla para indicar “motivo real del viaje: cobardía progresiva”.
Una pena.
El mundo sería más honesto con mejores formularios.
Al llegar al pago, dudó.
No por el dinero.
Bueno, también por el dinero.
Pero sobre todo porque comprar aquel vuelo significaba convertir Filipinas en algo más que una palabra. Indonesia había sido la mentira inicial, la coartada, el primer salto. Filipinas empezaba a parecer otra cosa. Un lugar donde el pensamiento de la noche anterior podía encontrar paisaje.
Morirse en Filipinas.
No.
Todavía no.
Daniel apoyó los dedos sobre el teclado.
El móvil vibró.
Clara.
“¿Le has dicho a Irene que no sabes cuándo vuelves?”
Daniel cerró los ojos.
Por supuesto.
Irene se lo había contado.
O Clara había preguntado.
O ambas cosas.
La realidad, como siempre, conspirando mediante conversaciones normales.
Daniel respondió:
“Le he dicho que tengo que mirar fechas.”
Clara escribió:
“Tienes billete de vuelta.”
Daniel miró el portátil.
Sí.
Lo tenía.
Una vuelta a tres semanas vista.
Una mentira con número de reserva.
“Puede que cambie unos días”, escribió.
Clara tardó en responder.
Ese silencio ya era una conversación.
Finalmente llegó:
“No hagas esto.”
Daniel sintió un golpe seco en el pecho.
No hagas esto.
No “no viajes”.
No “no cambies fechas”.
No “no seas irresponsable”.
Clara había escrito algo más amplio, más exacto, más aterrador.
No hagas esto.
Como si no necesitara saber los detalles para reconocer el patrón.
Daniel escribió:
“No estoy haciendo nada.”
Miró la frase.
Era tan falsa que casi tenía valor artístico.
La envió.
Clara respondió:
“Eso es lo que me preocupa.”
Daniel dejó el móvil sobre la mesa.
Durante un minuto no se movió.
La pantalla del portátil seguía esperando.
Pago pendiente.
Tiempo restante para completar la reserva: nueve minutos.
Nueve minutos.
Otra vez el tiempo convertido en presión.
Daniel pensó en el primer capítulo de su propia ruina reciente sin saber que alguien podría llamarlo así algún día: nueve minutos tarde al domingo de Irene. Nueve minutos creyendo que una sonrisa podía arreglarlo. Ahora otros nueve minutos para decidir si seguía alejándose.
La simetría era bonita.
Qué asco.
Cerró la página de pago.
El vuelo desapareció.
Durante un segundo sintió alivio.
Luego sintió pánico.
Volvió atrás.
La reserva seguía disponible.
Daniel se rio.
Bajo.
Sin humor.
Dios no existía, pero el navegador sí tenía botón de retroceso.
Introdujo la tarjeta.
Procesando.
El círculo giró.
Daniel no respiró.
Procesando.
Procesando.
Aprobado.
Reserva confirmada.
Bali — Manila.
Dos días.
El correo llegó casi al instante.
Daniel lo abrió.
Su nombre.
Su vuelo.
Su salida.
Otra puerta.
Otra vez.
No sintió victoria.
No sintió miedo inmediato.
Sintió algo más peligroso: continuidad.
Como si una parte de él hubiera dejado de discutir y se limitara a seguir una línea trazada por decisiones anteriores.
La primera mentira pedía la segunda. La segunda pedía la tercera.
Después de cierto punto, uno ya no empujaba la historia.
La historia lo empujaba a él y encima tenía el descaro de usar sus propias manos.
El móvil seguía en silencio.
Clara no escribió más.
Daniel habría preferido que insistiera.
Que llamara.
Que gritara.
Que lo insultara.
Que le dijera “Daniel, vuelve ahora mismo, eres un cobarde”.
Pero Clara ya no gritaba.
Clara había aprendido a dejar constancia.
Y quizá también había aprendido que no se podía rescatar a alguien que confundía cada mano tendida con una cuerda para ahorcarse mejor.
Daniel abrió la libreta.
Segunda página.
Daniel Salcedo.
D. Salcedo.
Dani, tachado.
Mateo.
Mateo Santos.
Debajo escribió:
Manila.
Luego:
2 días.
Se detuvo.
El bolígrafo quedó suspendido.
Podía escribir “volver”.
Podía escribir “cancelar”.
Podía escribir “llamar a Clara”.
Podía escribir “pedir ayuda”.
La libreta aceptaba cualquier cosa.
El problema era él.
Al final escribió:
Seguir.
La palabra era pequeña.
No parecía peligrosa.
Ese era el truco.
Las palabras realmente peligrosas casi nunca llegan con música.
Daniel cerró la libreta.
Esa tarde salió a cenar temprano. No quería quedarse en la habitación. La habitación ya sabía demasiado.
Eligió un restaurante pequeño, con mesas de plástico y un ventilador en la pared.
Pidió señalando una foto del menú. La camarera le dijo el nombre del plato y Daniel intentó repetirlo.
Lo hizo mal. Ella sonrió, no burlona, sino acostumbrada.
La comida llegó rápido: arroz, pollo, salsa picante, verduras.
Comió despacio.
En una mesa cercana, un hombre mayor leía un libro en inglés. Una pareja discutía en voz baja. Un grupo de jóvenes hablaba en un idioma que no reconocía. Nadie sabía quién era. Nadie sabía qué acababa de comprar. Nadie sabía que en su libreta había aparecido un nombre que no le pertenecía.
La invisibilidad dejó de parecer alivio.
Empezó a parecer permiso.
Eso lo asustó.
Pagó y caminó hasta la playa.
El atardecer estaba empezando.
La arena se había llenado de gente: turistas sentados con cervezas, parejas haciéndose fotos, niños corriendo, vendedores moviéndose entre grupos, perros, surfistas saliendo del agua con tablas bajo el brazo. El sol bajaba despacio, enorme, naranja, obscenamente hermoso.
Daniel se sentó cerca de la misma barca azul.
Durante un rato miró el horizonte.
El atardecer era perfecto.
Daniel lo odió por no servir de nada.
Sacó el móvil y tomó una foto.
Se la envió a Irene.
“Último atardecer bonito de hoy.”
La frase era torpe.
Irene respondió más tarde:
“Todos los atardeceres son el último de hoy.”
Daniel sonrió.
Esa frase sí era buena.
Quizá demasiado buena para una niña de doce años.
O quizá no.
Quizá los hijos crecían en frases inesperadas mientras los padres seguían tratándolos como si fueran versiones recientes de sí mismos.
“Touché”, escribió.
Irene respondió:
“¿Eso qué es?”
“Que tienes razón pero en francés, para que moleste menos.”
Ella mandó un emoji riéndose.
Daniel guardó el móvil.
Luego lo sacó otra vez.
Abrió el chat de Clara.
Escribió:
“Voy a cambiar un poco el viaje. Pasaré por Filipinas.”
No envió.
La frase parecía demasiado normal.
Como si Filipinas fuera una excursión.
Como si Clara fuera a responder “qué bien, manda fotos”.
Borró.
Escribió:
“Puede que vaya unos días a Filipinas.”
Tampoco.
Demasiado puede.
Demasiado mentira en construcción.
Borró.
No escribió nada.
Clara se enteraría.
O no.
O se lo diría después.
O cuando ya estuviera allí.
O nunca.
Las posibilidades se abrían delante de él como puertas baratas en un pasillo largo.
Daniel se levantó.
El sol casi había desaparecido.
El cielo tenía un color violento, precioso, inútil.
Metió la mano en el bolsillo y tocó la pulsera azul. La llevaba encima sin darse cuenta. La sacó.
Durante un segundo imaginó tirarla al mar.
No por desprecio.
Por miedo.
La pulsera era una pequeña prueba de amor, y las pruebas de amor eran peligrosas para los hombres que querían convertirse en ausencia. Recordaban demasiado. Pesaban demasiado. Hacían preguntas sin gramática.
No la tiró.
La guardó de nuevo.
Volvió a la guesthouse de noche.