Capítulo 10 — El nombre falso
Por la mañana, la frase seguía en la libreta.
No basta con irse.
Daniel la leyó sentado en el borde de la cama, con los pies descalzos sobre el suelo frío y la boca seca de quien no había dormido, solo había apagado los ojos durante ratos breves.
La letra era suya.
Eso era lo peor.
No podía culpar al cansancio, al alcohol, al jet lag, a una mala conexión, a una amenaza de Sergio ni a Madrid colándose por debajo de la puerta.
Aquella frase la había escrito él, en una habitación de Bali, después de apostar al otro lado del mundo y descubrir que el problema había viajado en cabina.
No basta con irse.
La frase era sencilla.
Demasiado sencilla.
Daniel cerró la libreta.
La volvió a abrir.
Ahí seguía.
Qué poca colaboración por parte del papel.
Fue al baño, se lavó la cara y se miró en el espejo.
La luz era cruel, plana, sin ninguna intención artística.
Tenía ojeras, barba mal crecida y una marca roja en el cuello, quizá del calor, quizá de rascarse mientras dormía.
Parecía un hombre que había pagado un billete de avión para confirmar una sospecha desagradable.
—I need rest —dijo.
La frase ya ni siquiera le hizo gracia.
Abrió el grifo otra vez y dejó correr el agua unos segundos. Había algo hipnótico en el sonido. Agua entrando, agua saliendo, agua que no se quedaba. Daniel apoyó las manos en el lavabo y pensó, sin querer, en el mar.
Morirse en Filipinas.
No.
Todavía no.
Rechazó la idea con una violencia interior que no se notó en su cara. Eso era lo inquietante. Por fuera solo era un hombre mirándose al espejo. Por dentro, acababa de empujar una puerta para que no se abriera del todo.
Salió del baño.
La pulsera azul seguía junto al pasaporte.
La miró.
Durante un segundo quiso guardarla en el fondo de la mochila, como si eso pudiera reducir su significado.
En vez de eso, la dejó donde estaba. Pequeña, visible, ridícula.
Una pulsera comprada a un vendedor de playa que había pronunciado la palabra daughter sin saber que estaba tocando el único órgano que a Daniel todavía le funcionaba de forma irregular.
Cogió el móvil.
Mensaje de Clara.
“Hoy Irene tiene clase por la tarde. No le escribas muy tarde.”
Nada de buenos días.
Nada de cómo estás.
Nada de cuidado.
Solo una instrucción práctica.
Clara había reducido su relación con Daniel a logística de daños. Era cruel, sí. También era eficiente. Algunas personas, después de una catástrofe larga, dejan de buscar sentido y empiezan a poner señales de tráfico.
Daniel respondió:
“Vale.”
Miró el chat de Irene.
Último mensaje de la noche anterior:
“Arte contemporáneo.”
El bocadillo mordido.
Segovia.
Una vida normal.
Daniel escribió:
“Buenos días desde el futuro.”
No lo envió.
Le pareció demasiado simpático. La simpatía, en su estado, era otra forma de estafa.
Escribió:
“Buenos días. Espero que hayas dormido bien.”
Tampoco.
Demasiado padre correcto, como formulario de custodia.
Al final no escribió nada.
Guardó el móvil.
Esa mañana no bajó a desayunar.
No quería ver turistas. No quería escuchar planes.
No quería oír a nadie decir “today we go to the waterfall” con esa alegría insoportable de quien todavía cree que los lugares nuevos arreglan algo.
Pidió café en una tienda cercana y compró pan dulce, agua y unos plátanos.
Comió en la habitación, sentado en la cama, con el portátil abierto.
Vuelos Bali Manila.
La página cargó rápido.
Demasiado rápido.
Como si el mundo estuviera deseando ayudarlo a cometer errores.
Había vuelos para el día siguiente, para dos días después, para el viernes. Precios distintos. Horarios malos. Escalas. Daniel miró las opciones con una calma extraña.
La calma de quien ya no se pregunta si va a hacer algo, sino cuánto tardará en encontrar una forma razonable de hacerlo.
No compró.
Todavía no.
Abrió otra pestaña.
Siquijor.
Fotos.
Playas.
Cascadas.
Guesthouses.
Foros de viajeros.
Comentarios sobre tranquilidad, motos, buceo, ferris, gente amable, poca vida nocturna, buen sitio para desconectar.
Desconectar.
La palabra apareció varias veces.
Daniel casi se rio.
El planeta entero vendía la desconexión a personas incapaces de estar cinco minutos a solas con su cabeza. Era un negocio perfecto. Ningún cliente podía reclamar: si no funcionaba, la culpa era de su energía, de su falta de apertura, de no haber hecho suficiente yoga al amanecer.
Abrió un mapa.
Indonesia.
Filipinas.
Bali.
Manila.
Cebú.
Dumaguete.
Siquijor.
Los nombres formaban una línea.
No una línea recta.
Una línea posible.
Eso bastaba.
El móvil vibró.
Correo.
Eduardo.
“Daniel, necesito esos perfiles hoy si quieres que movamos algo esta semana.”
Daniel leyó el mensaje.
Sintió una molestia breve, como si alguien llamara a la puerta de una casa que ya había abandonado sin avisar.
Eduardo seguía allí.
Chamberí.
Oficina acristalada.
“Protegemos lo que importa.”
Diez nombres.
Una oportunidad pequeña, real, vulgar.
Una salida sin épica.
Daniel podría responderle.
Podría inventar tres perfiles.
Podría decir la verdad parcial: estoy fuera, vuelvo pronto, te lo mando a la vuelta.
Podría incluso trabajar.
Qué idea tan obscena.
El trabajo tenía esa humillación: exigía continuar.
Daniel escribió:
“Perdona. No voy a poder seguir con esto ahora. He tenido un problema personal serio.”
Se quedó mirando la frase.
Problema personal serio.
Maravilloso.
Una expresión tan amplia que podía cubrir desde una gripe hasta una desaparición internacional cuidadosamente alimentada por cobardía.
No envió.
Borró.
Escribió:
“Te paso algo mañana.”
También era mentira.
Más pequeña.
Más manejable.
Envió esa.
Al segundo siguiente se arrepintió.
No por mentir.
Por la pobreza de la mentira.
Mañana.
Siempre mañana.
Mañana era el país favorito de Daniel Salcedo: no pedía pasaporte, aceptaba deudores y tenía frontera abierta para cualquier promesa sin fondos.
Cerró el correo.
Abrió la libreta.
Pasó la primera página.
En la segunda escribió:
Daniel Salcedo.
Miró su nombre.
Lo había escrito miles de veces. En contratos, solicitudes, firmas, correos, autorizaciones de colegio, recibos, formularios bancarios, documentos que prometían cosas con más estabilidad que él.
Daniel Salcedo.
El nombre no tenía nada de especial. Eso lo hizo más insoportable.
No era un nombre trágico. No era un nombre de novela.
Era el nombre de un hombre que podía deber dinero, hacer la compra, firmar una autorización, mentir a su hija y pasar por cualquier control migratorio mientras el documento coincidiera con la cara.
Debajo escribió:
D. Salcedo.
Luego:
Dani.
Ese lo tachó enseguida.
Dani era alguien que su hija podía decir.
Daniel dejó el bolígrafo.
Se levantó.
Caminó por la habitación.
Volvió.
Escribió:
Mateo.
No supo de dónde salió.
Quizá de algún compañero de colegio.
Quizá de un cliente.
Quizá de una película.
Quizá de ninguna parte.
Mateo.
Lo leyó varias veces.
Tenía una suavidad extraña. Menos peso que Daniel. Menos historia. Un nombre que no llegaba tarde a portales, no fallaba tarjetas, no apostaba en Delicias, no recibía mensajes de Clara, no prometía cuadernos de luna dorada.
Mateo podía ser cualquiera.
Ese era su atractivo.
Y su indecencia.
Daniel escribió:
Mateo Santos.
Se quedó quieto.
El nombre era absurdo.
Demasiado redondo.
Demasiado limpio.
Casi ofensivo en su pretensión de normalidad.
Mateo Santos parecía el nombre de un hombre que ayudaba a bajar maletas del autobús, pagaba en efectivo, no hablaba demasiado y recordaba apagar las luces al salir. Parecía alguien sin deudas o, al menos, con deudas más humildes.
Daniel lo dijo en voz baja.
—Mateo Santos.
Sonó mal.
Lo repitió.
—Mateo Santos.
Un poco mejor.
A la tercera vez, ya no supo si sonaba posible o si simplemente su oído empezaba a colaborar con el crimen moral.
Cerró la libreta de golpe.
No.
Todavía no.
No estaba haciendo eso.
No estaba inventando una identidad.
No estaba planeando desaparecer.
Estaba cansado.
Estaba lejos.
Estaba pensando tonterías.
Los hombres cansados piensan tonterías.
El problema era que Daniel tenía una larga trayectoria convirtiendo tonterías en documentos.
Salió de la habitación.
Bajó las escaleras.
Necesitaba aire.
En el patio, la recepcionista hablaba con una mujer mayor que sostenía una bandeja de vasos. Un gato flaco cruzó junto a la piscina con dignidad de propietario. Daniel pasó sin saludar demasiado y salió a la calle.
El calor lo recibió como una bofetada familiar.
Caminó sin mirar el mapa.
O eso intentó.
A los diez minutos estaba perdido.
La calle principal había quedado atrás. Entró en una zona más tranquila, con casas bajas, pequeños templos familiares, gallos, perros dormidos y motos pasando de vez en cuando. El ruido turístico bajó. Bali dejó de ser escaparate y se volvió vida ajena.
Daniel redujo el paso.
Había ofrendas en el suelo, pequeñas bandejas con flores, arroz, incienso apagado. Algunas estaban intactas. Otras, pisadas. Una moto casi aplastó una al pasar.
Nadie pareció escandalizarse.
La fe, pensó Daniel, también debía aprender a convivir con el tráfico.
Un niño salió de una casa con una camiseta roja y lo miró. Daniel le sonrió. El niño no le devolvió la sonrisa. Correcto, pensó. Prudencia básica ante extranjeros sudados con cara de estar tomando malas decisiones.
Se sentó en un muro bajo a la sombra.
Sacó agua de la mochila.
Bebió.
El móvil vibró.
Irene.
“Buenos días, o tardes, o lo que sea.”
Daniel sonrió.
Esta vez sí respondió.
“Aquí tarde. Tu padre vive en el futuro, pero sigue igual de torpe.”
“Eso ya lo sabíamos.”
Daniel miró el mensaje y se rio.
Luego ella escribió:
“¿Cuándo vuelves?”
La pregunta apareció sin preparación.
Daniel sintió que el calor se volvía más denso.
¿Cuándo vuelves?
No “si”.
Cuándo.
Todavía había una fecha en el billete.
Todavía existía un correo con la vuelta.
Todavía podía escribirla.