Nadie reclama a los ahogados Capítulo 9 — Una apuesta al otro lado del mundo #2
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Capítulo 9 — Una apuesta al otro lado del mundo #2

También había diferencia entre mirar el escaparate de una pastelería y romper el cristal con una piedra, pero las dos acciones podían pertenecer a la misma biografía si uno tenía hambre suficiente y una relación mala con los límites.

Fútbol europeo.

Tenis.

Baloncesto.

Partidos empezando en horarios absurdos por la diferencia horaria.

Daniel miró cuotas en una página sin iniciar sesión.

Solo miró.

Esa frase otra vez.

Solo miró.

Las cuotas eran números limpios. Ordenados. Obedientes. Una pequeña arquitectura racional en medio del caos de su vida. Cada número prometía una relación entre riesgo y recompensa, como si el universo pudiera ser domesticado con decimales.

Daniel cerró la página.

Se levantó.

Fue al baño.

Se lavó la cara.

Volvió a la cama.

El móvil seguía allí.

Lo cogió.

Abrió otra vez.

Esta vez entró en una cuenta que había jurado no usar. No era la de siempre. Esa la había bloqueado, desinstalado, reactivado, vuelto a bloquear, un pequeño ritual de penitencia digital tan inútil como rezar frente a una máquina tragaperras.

Esta era otra.

Antigua.

Casi olvidada.

Por supuesto, recordaba la contraseña.

El cerebro de Daniel podía olvidar autorizaciones escolares, llamadas importantes y promesas a su hija, pero conservaba contraseñas de apuestas con precisión arqueológica.

Entró.

Saldo cero.

Bien.

Eso era bueno.

Sin saldo no había peligro.

Entonces apareció un mensaje.

“Depósito mínimo.”

Una cifra pequeña.

Ridícula.

Menos que una cena.

Menos que un taxi caro.

Menos que una pulsera azul comprada por culpa.

Daniel miró el mensaje.

Podía cerrar.

No cerró.

Metió una cantidad baja.

Solo para probar si la tarjeta funcionaba.

Esa fue la frase.

No “para apostar”.

No “para jugar”.

Para probar si la tarjeta funcionaba.

La tarjeta funcionó.

Qué tragedia tan eficiente.

El saldo apareció en pantalla.

Pequeño.

Inofensivo.

El tipo de cantidad que uno puede perder sin destruir nada, salvo quizá la poca dignidad que quedaba de pie con ayuda de muebles.

Daniel eligió un partido de tenis.

No conocía a los jugadores.

Eso era casi mejor.

Sin memoria, sin equipo, sin emoción previa. Un laboratorio limpio. Uno sacaba, otro restaba. Nombres extranjeros. Ranking. Estadísticas. Porcentaje de primeros servicios. Break points salvados.

Daniel leyó datos durante cinco minutos.

La lectura construyó una ilusión.

Como siempre.

Apostó a que el favorito ganaba el siguiente juego.

Cuota baja.

Casi segura.

El favorito ganó.

Daniel sonrió.

La sonrisa le dio asco mientras ocurría.

Ganancia mínima.

Una ridiculez.

Pero no era el dinero.

Nunca era el dinero al principio.

Era el clic.

La respuesta.

La prueba de que el mundo todavía podía obedecer una orden suya.

Apostó de nuevo.

Ganó.

Luego perdió.

No mucho.

Casi nada.

Lo suficiente para sentir que la cuenta estaba desequilibrada.

Recupero lo perdido y me voy.

No llegó a decirlo en voz alta.

No hacía falta.

La frase ya vivía en él con contrato indefinido.

Subió un poco la cantidad.

El favorito perdió el saque.

Daniel se incorporó en la cama.

El aire acondicionado siguió zumbando con indiferencia.

En la pantalla, el marcador cambió.

Ventaja.

Iguales.

Ventaja.

Juego.

Perdido.

Daniel dejó el móvil sobre la cama y se levantó como si alejarse físicamente pudiera cancelar la apuesta.

Caminó hasta la ventana.

Abrió la cortina.

El patio estaba iluminado por luces cálidas. Dos mujeres hablaban junto a la piscina. Un hombre fumaba apoyado en una pared. Alguien había dejado una toalla sobre una silla. La escena era tranquila, casi bonita.

Daniel la cerró.

Volvió al móvil.

Ahora la cuenta estaba por debajo del depósito inicial.

Eso era intolerable.

No por la cantidad.

Por la forma.

Apostó a baloncesto.

Un equipo perdía por seis.

Quedaba tiempo.

Siempre quedaba tiempo.

Esa era la mentira más vieja del mundo y seguía teniendo una fuerza extraordinaria.

Durante veinte minutos, Daniel dejó de estar en Bali.

No existió la guesthouse.

No existió el pasaporte.

No existió Irene.

No existió Clara.

No existió Manila.

Solo hubo una pantalla, un marcador, una posesión, un tiro libre, una falta, una pérdida, un rebote defensivo que le pareció personalmente ofensivo.

El equipo recortó.

Daniel ganó.

No salió.

Debió salir.

No salió.

Aumentó.

Perdió.

Aumentó otra vez.

Ganó la mitad.

Luego la perdió.

El patrón era el mismo que en Madrid, pero más miserable porque ya no había amenaza inmediata, ni Sergio, ni quinientos euros que entregar, ni excusa externa. No estaba apostando para pagar a nadie. No estaba intentando tapar una deuda concreta. No estaba bajo presión.

Estaba apostando porque el silencio de una habitación en Bali le resultaba insoportable.

Esa fue la verdad.

No la aceptó enseguida.

Primero aceptó otra apuesta.

Luego otra.

Cuando por fin cerró la aplicación, había perdido una cantidad que no lo destruía, pero sí lo definía.

Eso era peor.

Las grandes pérdidas permiten dramatizar. Las pequeñas solo te dejan ver la forma exacta de tu miseria.

Daniel se quedó sentado en el borde de la cama, con el móvil en la mano.

Sudaba.

No por el calor.

El aire acondicionado estaba demasiado fuerte.

El móvil vibró.

Clara.

“¿Todo bien?”

Daniel miró el mensaje.

Durante unos segundos tuvo la tentación de responder la verdad.

No.

No todo bien.

He cruzado medio mundo y sigo haciendo lo mismo.

He visto el mar y he apostado en una habitación.

He comprado una pulsera para mi hija con una mano y con la otra he vuelto a cavar.

No sé qué estoy haciendo.

Creo que me estoy yendo más lejos de lo que pensaba.

Escribió:

“Sí. Todo bien. Me voy a dormir pronto.”

Envió.

El mensaje quedó allí, limpio, funcional, despreciable.

Clara respondió:

“Vale.”

Una palabra.

Daniel no supo si era confianza, cansancio o renuncia.

Quizá las tres cosas se parecían demasiado a esas alturas.

Dejó el móvil boca abajo.

Se levantó.

Fue al baño.

Se miró al espejo.

Tenía la cara pálida, los ojos brillantes y una expresión que conocía bien. La había visto después de perder dinero en Madrid, después de mentirle a Clara, después de prometerle a Irene algo que no podía cumplir. Era la cara de un hombre sorprendido por un resultado que había fabricado paso a paso.

—Holiday —dijo en voz baja.

La palabra sonó ridícula.

Luego dijo:

—I need rest.

Peor.

Se apoyó en el lavabo.

Durante un minuto largo no hizo nada.

No lloró.

No rezó.

No golpeó el espejo.

Daniel no era tan cinematográfico cuando estaba solo. Su hundimiento tenía menos épica. Más cansancio. Más mandíbula apretada. Más agua fría en la cara y más incapacidad para sostenerse la mirada.

Volvió a la habitación.

La pulsera azul seguía junto al pasaporte.

La cogió.

La enrolló alrededor de dos dedos.

Pensó en Irene recibiéndola. En Irene diciendo “qué bonita”. En Irene guardándola quizá en un cajón, quizá olvidándola sobre una mesa, quizá preguntando años después por qué su padre le había comprado una pulsera en Bali antes de morirse en Filipinas.

La idea apareció así.

Completa.

Brutal.

Antes de que Daniel pudiera vestirla.

Antes de que pudiera suavizarla.

Morirse en Filipinas.

Se quedó inmóvil.

No era la primera vez que pensaba en morir lejos. Esa frase había aparecido en Madrid, en Delicias, como un destello oscuro. Pero hasta entonces “morir” era una palabra grande, teatral, casi metafórica. Morir como desaparecer. Morir como cerrar una puerta. Morir como dejar de contestar.

Ahora, por primera vez, la idea tuvo geografía.

Filipinas.

El mar.

Un cuerpo que no vuelve.

Una noticia.

Una llamada.

Clara.

Irene.

Daniel soltó la pulsera sobre la mesa como si quemara.

No.

No, no, no.

Se apartó.

Caminó por la habitación.

Eso no.

Eso era demasiado.

Una cosa era irse unos días, alargar el viaje, perder cobertura, confundirse, fracasar en volver. Otra cosa era convertir a su hija en huérfana por decisión administrativa y cobardía marítima.

No.

Daniel abrió la ventana.

El aire caliente entró de golpe, cargado de olor a humedad y comida.

Respiró.

Eso no.

Pero el pensamiento ya había existido.

Y ese era el problema con ciertas ideas: uno podía rechazarlas, escupirlas, insultarlas, pero ya no podía fingir que no conocía la puerta por la que habían entrado.

Cerró la ventana.

Volvió a la mesa.

Abrió la libreta.

Indonesia.

Filipinas.

No volver.

He llegado.

No ha cambiado nada.

Hoy vi el mar.

No hizo nada por mí.

Debajo no escribió “morir”.

Todavía no.

Escribió:

No basta con irse.

Miró la frase.

La letra le salió más firme de lo que esperaba.

No basta con irse.

Eso era nuevo.

Eso era peligroso.

Porque si irse no bastaba, el siguiente pensamiento siempre iba a preguntar lo mismo:

¿Entonces qué?

Daniel cerró la libreta.

Apagó el portátil.

Apagó la luz.

La habitación quedó a oscuras, salvo por un pequeño punto verde del aire acondicionado.

Se tumbó en la cama.

No durmió.

Fuera, Bali seguía sonando: motos, risas, una puerta, alguien hablando en inglés, agua moviéndose en la piscina.

Un país entero ofrecía belleza, ruido, calor, templos, playas, comida, música, carreteras, amaneceres.

Daniel Salcedo había cruzado medio mundo para encontrarse a solas con una pantalla.

Y perdió.

No mucho.

Lo suficiente.