Capítulo 9 — Una apuesta al otro lado del mundo
Daniel no compró el vuelo a Manila aquella noche.
Lo miró.
Eso sí.
Miró horarios, precios, escalas, aerolíneas, equipajes, condiciones, fechas. Miró tanto que la página empezó a parecer menos una opción que una habitación donde ya había dejado algunas cosas.
Bali — Manila.
Bali — Cebú.
Bali — Manila — Dumaguete.
Bali — cualquier lugar que sonara más lejos de Madrid, aunque Madrid ya quedara a una distancia absurda y aun así siguiera metido en su bolsillo, vibrando cada pocas horas.
No compró nada porque comprar significaba admitir una dirección.
Y Daniel todavía prefería esa zona cómoda y podrida donde las decisiones no son decisiones, sino búsquedas abiertas en el navegador.
Se durmió tarde, con el portátil encendido sobre la mesa, la pulsera azul junto al pasaporte y la palabra “Manila” brillando en la pantalla como un pecado con buena conectividad.
Despertó antes de las ocho.
Esta vez supo dónde estaba.
Eso le pareció una derrota.
La habitación ya no era completamente extraña.
El ventilador de techo, la cortina, el mando del aire acondicionado, las dos botellas de agua, la mancha de humedad cerca del baño.
Todo empezaba a colocarse en su memoria.
El ser humano era una criatura asquerosamente adaptable.
Podía acostumbrarse a una celda, a una deuda, a una mentira, a una habitación en Bali donde fingía estar de vacaciones mientras calculaba cómo borrar su vida anterior.
Miró el móvil.
Nada de Irene.
Nada de Clara.
Dos correos.
Un aviso bancario.
Un mensaje de un número que no abrió.
La ausencia de mensajes familiares le dejó una sensación ambigua. Por un lado, alivio. Por otro, una ofensa infantil.
No me escriben.
Eso pensó.
Como si no hubiera cruzado medio mundo precisamente para que le costara menos desaparecer.
La incoherencia era una de sus pocas disciplinas constantes.
Se duchó, se vistió y bajó a desayunar.
En el patio había una pareja distinta, o quizá la misma con otra ropa.
Daniel ya no distinguía bien a los turistas.
Todos parecían tener la piel roja por zonas, botellas reutilizables, sandalias feas y la convicción de estar viviendo una experiencia transformadora porque el café costaba menos que en sus ciudades.
Se sirvió fruta y café.
La recepcionista le preguntó algo sobre su día.
Daniel entendió:
—Plans today?
Planes.
Qué palabra tan peligrosa para decirla antes del café.
—Maybe beach —respondió.
Maybe.
Otra vez.
Quizá.
La palabra empezaba a gustarle demasiado.
Maybe beach.
Maybe three weeks.
Maybe Manila.
Maybe volver.
Maybe no.
La vida era más cómoda cuando se hablaba como si todo dependiera del clima.
Se sentó con el café y abrió el móvil. Había recibido una foto de Irene durante la madrugada española. Salía el acueducto de Segovia desde abajo, enorme, gris, limpio contra el cielo. No había texto. Solo la imagen.
Daniel la miró un rato.
Irene había hecho la foto.
Eso era todo.
No salía ella.
No salía Clara.
No había selfie, ni comentario, ni “mira, papá”. Solo piedra antigua, arcos, una ciudad que llevaba siglos en pie sin necesitar que Daniel Salcedo la entendiera.
Respondió:
“Qué bonito.”
Después añadió:
“¿Lo pasaste bien?”
El mensaje quedó enviado.
No esperó respuesta.
O intentó no esperarla.
Guardó el móvil boca abajo sobre la mesa y bebió café.
A los siete segundos volvió a mirarlo.
Nada.
Se rio por dentro.
El hombre que quería desaparecer no soportaba no ser contestado al instante. Una maravilla de equilibrio psicológico. Casi daba ganas de ponerlo en un escaparate.
Después de desayunar salió a caminar.
Se obligó a visitar un templo cercano recomendado por la recepcionista. Lo hizo porque necesitaba generar material de turista. Fotos, nombres, anécdotas pequeñas. La mentira requería mantenimiento visual.
El templo era hermoso.
Eso lo irritó.
No porque fuera hermoso, sino porque la belleza le exigía una reacción que no podía dar.
Había piedra oscura, musgo, esculturas, telas de colores, pequeñas ofrendas, incienso, sombra.
Turistas caminando despacio, algunos con respeto real, otros con esa espiritualidad de alquiler que se activa con cámara frontal.
Daniel hizo tres fotos.
Una de una puerta.
Otra de unas flores.
Otra de una escultura que no entendió.
Intentó sentir algo parecido a la paz.
Nada.
La paz, aparentemente, no se descargaba con entrada incluida.
Se sentó en un banco de piedra, a la sombra. El calor era denso. Tenía la camiseta pegada a la espalda. Un insecto le rondaba la pierna. Cerca de allí, un guía explicaba algo en inglés a un grupo de australianos. Daniel entendía palabras sueltas: “tradition”, “spirit”, “offerings”, “balance”.
Balance.
Equilibrio.
Miró la pantalla del móvil.
Irene seguía sin responder.
Abrió el chat de Clara.
No había nada nuevo.
Abrió el banco.
Error.
Conexión lenta.
Volvió a intentarlo.
La aplicación tardó demasiado en cargar y, mientras esperaba, sintió una ansiedad física, pequeña y sucia.
Esa espera de pocos segundos lo llevó de vuelta a Madrid más rápido que cualquier avión: cajeros, tarjetas rechazadas, saldos, límites, dinero entrando y saliendo como sangre por una herida mal cosida.
La aplicación abrió.
Saldo.
Menos de lo que recordaba.
No porque faltara dinero.
Porque él siempre recordaba sus saldos con optimismo criminal.
Miró movimientos.
Hotel.
Comida.
Tarjeta SIM.
Mochila.
Retirada.
Cambio.
Pequeñas cantidades formando una hemorragia educada.
Calculó mentalmente cuánto podía aguantar.
Luego calculó cuánto costaría Manila.
Luego calculó cuánto debía en España.
Después dejó de calcular porque todos los caminos llegaban al mismo sitio: no había dinero suficiente para ser Daniel Salcedo de forma sostenible.
Guardó el móvil.
Un turista se hizo una foto sonriendo frente a una escultura.
Daniel lo odió un poco.
No mucho.
Lo justo para sentirse superior sin hacer el esfuerzo de estar mejor.
Volvió a la guesthouse a media tarde.
No fue a la playa.
No comió bien.
Compró agua, galletas y una especie de pan dulce en una tienda. Subió a la habitación, puso el aire acondicionado y se tumbó en la cama.
El plan era descansar.
De verdad.
Dormir una siesta. Ducharse. Salir a cenar. Contestar a Irene cuando respondiera. Ser un turista moderadamente triste, que era una categoría aceptable.
Cerró los ojos.
A los tres minutos abrió el móvil.
Nada.
Miró redes sociales.
Nada.
Noticias de España.
Nada que le afectara.
Eso lo decepcionó de una forma absurda.
Uno espera que el país se detenga un poco cuando se está hundiendo. Pero España seguía teniendo política, fútbol, accidentes, famosos, indignaciones y recetas de tortilla. La vida pública tenía una grosería magnífica: no reservaba espacio para tu tragedia personal.
Abrió el correo.
Un mensaje de una financiera.
“Asunto: situación pendiente.”
Lo cerró.
Otro.
“Último aviso antes de comunicación.”
Lo cerró.
Otro de Eduardo.
“¿Cómo van esos perfiles?”
Daniel miró el mensaje.
Había olvidado a Eduardo.
No completamente. Lo había desplazado al fondo, como se desplaza un abrigo en un armario donde ya no cabe nada. Eduardo seguía en Madrid esperando diez perfiles, creyendo que Daniel estaba trabajando, quizá incluso pensando que darle esa oportunidad había sido un gesto inteligente.
Daniel escribió:
“Estoy con ello. He tenido un imprevisto personal. Mañana te paso algo.”
Lo envió.
Era una mentira tan pequeña que casi daba pena.
Mañana.
La palabra favorita de los hombres sin plan.
Dejó el móvil sobre el pecho.
El techo de la habitación era blanco y tenía una grieta fina cerca de una esquina. Daniel la siguió con los ojos. La grieta empezaba en la pared, subía, se torcía y se perdía cerca del ventilador.
Perfecto.
Hasta el techo tenía una línea de fuga.
El móvil vibró.
Irene.
“Sí. Fue guay. El acueducto parece de película.”
Daniel sonrió.
“Me alegro.”
Escribió después:
“¿Sacaste más fotos?”
Ella mandó tres.
Una calle.
Un bocadillo mordido.
Una foto movida de una amiga haciendo una pose absurda.
Daniel las miró como si fueran documentos secretos. Irene existiendo lejos de él. Irene riendo. Irene haciendo cosas normales. Irene aprendiendo que la vida podía seguir aunque su padre estuviera en una isla al otro lado del mundo jugando a estar cansado.
“Muy profesional lo del bocadillo”, escribió.
Irene respondió:
“Arte contemporáneo.”
Daniel rió.
De verdad.
Durante unos segundos la habitación se volvió soportable.
Luego Irene escribió:
“¿Tú qué hiciste hoy?”
Daniel miró a su alrededor.
Cama.
Aire acondicionado.
Galletas.
Agua.
Portátil con búsquedas a Manila.
Una grieta en el techo.
Escribió:
“Fui a un templo. Luego descansé. Hace mucho calor.”
Mandó una foto del templo.
Irene respondió:
“Qué bonito.”
La misma frase que él había escrito sobre Segovia.
Los dos educados.
Los dos lejos.
Los dos recortando.
Daniel dejó el móvil.
Y ahí debió quedarse.
Ese habría sido un buen final para la tarde: una conversación decente con su hija, una foto, algo parecido a ternura. Podía ducharse. Salir. Comer. Dormir.
Pero el problema de los momentos decentes es que para algunas personas duran demasiado poco.
La calma le empezó a picar.
Primero en las manos.
Luego en la cabeza.
No era una metáfora. Daniel lo sentía así: una incomodidad pequeña, un zumbido interno, una inquietud que no encontraba objeto. El cuerpo esperando algo. Una llamada. Una amenaza. Un marcador. Una decisión. Cualquier cosa que convirtiera el tiempo en una línea tensa.
La habitación estaba demasiado quieta.
El aire acondicionado zumbaba.
Fuera pasaban motos.
Alguien reía en el patio.
Daniel abrió el navegador.
No supo qué iba a buscar hasta que ya lo había buscado.
Resultados deportivos.
Solo eso.
Resultados.
No apuestas.
Resultados.
Había una diferencia, claro.