Capítulo 8 — El turista que no hacía fotos #2
Todos parecían incómodos.
Todos parecían juntos.
Daniel pensó en Irene en Segovia.
¿Habría ido ya?
Miró la fecha.
Sí.
O casi.
Los días empezaban a perder bordes con el cambio horario.
España seguía en otro tiempo. Irene podía estar durmiendo mientras él bebía café.
Clara podía estar trabajando mientras él caminaba por una calle llena de motos.
La distancia no solo separaba cuerpos. Separaba relojes.
Permitía contestar tarde sin parecer del todo cruel.
Eso le dio otra idea.
Una idea pequeña.
Si respondía menos, si tardaba más, si los mensajes se espaciaban, la ausencia tendría explicación técnica.
Diferencia horaria.
Mala conexión.
Cansancio.
Excursiones.
No era desaparición.
Era logística.
Daniel dejó el vaso sobre la mesa.
Qué rápido trabajaba su cabeza cuando se trataba de justificar lo injustificable.
Abrió el chat de Irene.
Escribió:
“¿Qué tal Segovia?”
No envió.
Quizá allí era de madrugada.
Quizá la despertaba.
Quizá Clara vería el mensaje.
Quizá responder implicaba seguir siendo padre en tiempo real.
Guardó el móvil.
La camarera pasó junto a su mesa.
—Everything okay?
Daniel levantó la vista.
Tardó un segundo en entender.
—Yes. Good. Thank you.
Ella sonrió y siguió.
Everything okay.
Todo bien.
La frase lo perseguía en varios idiomas.
Pagó en efectivo y salió.
Caminó hacia la playa.
No porque quisiera verla.
Porque parecía obligatorio.
Uno no viajaba a Bali para esconderse en una habitación y mirar vuelos a otros países. Bueno, Daniel sí. Pero incluso él entendía que la mentira necesitaba decorado. Debía enviar una foto del mar. Clara la esperaría. Irene la pediría. Un padre de vacaciones mandaba mar. Era casi una cláusula.
El camino hasta la playa estaba lleno de tiendas, bares, alquileres de tablas, carteles de masajes, agencias de excursiones, ropa falsa de marcas verdaderas, souvenirs de madera, sandalias, gorras, gafas de sol, pulseras, dragones, imanes, pequeñas estatuas que parecían observar a los turistas con una paciencia mineral.
Daniel cruzó una calle siguiendo a dos australianos, porque parecían saber cómo no morir atropellados.
Al llegar a la playa, el ruido cambió.
El tráfico quedó detrás.
El mar apareció delante.
Ancho.
Gris azulado.
Movido.
No era la postal perfecta que había visto en internet. Había algas en la arena, niños corriendo, perros, vendedores, surfistas, tumbonas, turistas haciéndose fotos, parejas mirando el horizonte con la obligación estética de parecer agradecidas.
Daniel se quitó las gafas de sol.
El mar estaba allí.
No dijo nada.
Qué decepción.
Uno esperaba que ciertas cosas —el mar, la muerte, el amor, los aeropuertos— tuvieran un idioma propio, algo capaz de atravesar la piel y ordenar lo que uno no sabía ordenar. Pero el mar solo hacía lo suyo: entrar, salir, romper, repetir.
Una eficiencia admirable y completamente inútil.
Daniel caminó por la arena.
Se sentó lejos de las tumbonas, cerca de una barca vieja pintada de azul. Sacó el móvil. Hizo una foto del horizonte. Otra de las olas. Otra de sus zapatillas llenas de arena.
Revisó las imágenes.
Ninguna mostraba lo que importaba.
No se podía fotografiar el hecho de estar mirando el mar sin sentir nada.
Eligió la más bonita.
La envió a Irene.
“Toma, foto del mar.”
La respuesta tardó.
Daniel esperó mirando la pantalla.
Nada.
Entonces recordó la hora en España.
Claro.
Allí no estaban viviendo su momento.
Esa era otra injusticia del egoísmo: esperaba sincronía incluso desde el otro lado del mundo.
Guardó el móvil.
Un vendedor se acercó con pulseras.
—Hello, my friend. Good price.
Daniel negó.
—No, thank you.
—For girlfriend? Wife?
—No.
—Daughter?
La palabra lo sorprendió.
Daughter.
Hija.
El vendedor había señalado una pulsera azul, quizá por azar. Una tira de hilo con pequeñas cuentas blancas.
Daniel la miró.
—How much?
El vendedor sonrió.
Dijo una cifra.
Daniel supo que probablemente era demasiado.
La pagó.
Sostuvo la pulsera en la mano.
Azul.
No era el cuaderno de la luna dorada.
No era suficiente.
Nada lo era.
Pero era algo raro, pequeño, barato. Algo que podía darle a Irene si volvía. Algo que podía enviarle si no. Algo que podía guardar en la mochila como prueba de que una parte de él todavía pensaba en regresar, aunque esa parte fuera cada vez más parecida a una coartada.
Se puso de pie y volvió hacia la calle.
El móvil vibró.
Irene.
“Qué bonito.”
Luego:
“¿Te has bañado?”
Daniel miró el mar.
“No. Hay muchas olas.”
“Cobarde.”
La palabra apareció en la pantalla con una ligereza brutal.
Daniel soltó una risa breve.
“Totalmente.”
Irene respondió con un emoji.
Un fantasma.
Daniel se quedó mirando el dibujo.
No era nada.
Era un emoji.
Los hijos podían atravesarte con tonterías porque no sabían que llevaban cuchillos.
Daniel escribió:
“Te traeré algo.”
Antes de enviarlo, se detuvo.
Te traeré algo.
Promesa.
Otra vez.
Borró.
Escribió:
“He comprado una cosa rara. Ya veremos si pasa control de calidad.”
Envió.
Irene respondió:
“Jajaja vale.”
Daniel guardó el móvil.
Siguió caminando.
La pulsera azul iba en su bolsillo.
Pequeña.
Ridícula.
Pesaba más de lo razonable.
Por la tarde alquiló una moto y la devolvió veinte minutos después.
El chico del alquiler le explicó todo en inglés rápido: freno, casco, depósito, seguro, arañazos, pasaporte como garantía.
Daniel entendió lo suficiente y firmó. Arrancó.
Avanzó por la calle con la tensión de quien no quiere morir por un exceso de autenticidad local.
A los tres cruces, entre motos que aparecían por todas partes y coches que se acercaban demasiado, sintió un pánico seco.
Aparcó mal.
Respiró.
Volvió.
—Problem? —preguntó el chico.
Daniel se quitó el casco.
—I don’t like dying today.
El chico tardó medio segundo y luego se rio.
Daniel también.
La frase había salido sin cálculo. En inglés, al menos, su sarcasmo era más pobre, pero a veces llegaba vivo.
Pagó de todos modos.
Volvió andando.
Compró una botella de agua.
Cenó arroz frito en un local pequeño donde señaló el menú porque no supo pronunciar el plato. Estaba bueno. Picante. Demasiado para él. Sudó mientras comía, rodeado de gente que parecía existir sin deber explicaciones a nadie.
En una mesa cercana, dos españoles hablaban alto.
Daniel los detectó antes de entender las palabras completas.
Una pareja joven. Ella decía que el hotel no valía lo que habían pagado. Él respondía que ya se lo había dicho. La discusión era vulgar, doméstica, reconocible. Español. Madrid quizá. España entrando en la habitación sin pedir permiso.
Daniel bajó la mirada al plato.
No quería que lo oyeran.
No quería que le preguntaran de dónde era.
No quería decir Madrid.
No quería escuchar su propio idioma en boca de desconocidos. El español podía devolverle demasiado rápido a Daniel Salcedo. En inglés era una versión simplificada. En silencio podía ser casi nadie.
Terminó de comer deprisa y salió.
La noche había caído sobre Bali con una suavidad traicionera. Los bares encendían luces cálidas. La música salía de terrazas y altavoces. Turistas bebían, reían, discutían, negociaban taxis, elegían restaurantes, miraban mapas. La vida seguía teniendo una facilidad ofensiva para los demás.
Daniel regresó a la guesthouse.
La recepcionista no estaba. En su lugar había un hombre mayor viendo algo en el móvil. Levantó la cabeza y sonrió.
—Good night.
—Good night.
Subió a la habitación.
Cerró la puerta.
Echó el pestillo.
Se quedó quieto unos segundos, escuchando el silencio.
Luego sacó del bolsillo la pulsera azul y la dejó sobre la mesa, junto al pasaporte.
Pulsera.
Pasaporte.
Daniel Salcedo.
Padre.
Turista.
Deudor.
Mentiroso.
Todo cabía en una mesa barata de una habitación alquilada.
Encendió el aire acondicionado.
Se quitó las zapatillas.
Sacó la libreta.
Indonesia.
Filipinas.
No volver.
He llegado.
No ha cambiado nada.
Debajo escribió:
Hoy vi el mar.
Se detuvo.
Luego añadió:
No hizo nada por mí.
Miró la frase.
Era demasiado dramática.
La dejó.
Algunas verdades tenían mal gusto y aun así seguían siendo verdades.
El móvil vibró.
Clara.
“Gracias por mandarle fotos. Le hace ilusión.”
Daniel leyó el mensaje varias veces.
Le hace ilusión.
No “le hizo”.
Le hace.
Presente.
Irene seguía teniendo ilusión.
No mucha, quizá.
No limpia.
No entera.
Pero algo.
Daniel sintió una punzada de amor y una de miedo, casi iguales.
Respondió:
“Me alegro.”
Clara escribió:
“No la tengas pendiente todo el día del móvil.”
Daniel sonrió sin alegría.
Incluso a once mil kilómetros, Clara seguía sabiendo dónde poner la mano para que doliera.
“No lo haré.”
La respuesta fue inmediata:
“Eso dijiste muchas veces.”
Daniel no contestó.
Dejó el móvil sobre la cama.
Se tumbó.
Desde fuera llegó música. Una canción en inglés, voces, risas, motos. El mundo insistía en tener ambiente.
Daniel cerró los ojos.
Durante el día había visto calles, mar, turistas, tiendas, comida, una pulsera azul. Había mandado fotos. Había contestado mensajes. Había dicho “holiday” cuatro veces, “thank you” nueve, “no” más de veinte. Había sido, para cualquiera que lo mirara sin atención, un turista.
Pero los turistas hacían fotos para recordar.
Daniel las hacía para fabricar una versión de sí mismo que los demás pudieran creer.
Esa noche, antes de dormir, abrió el navegador una vez más.
Vuelos Bali Manila.
Esta vez pulsó buscar.
No compró nada.
Todavía no.
Solo miró fechas, precios, horarios.
Solo miró.
Igual que en los locales de apuestas.
Solo miró.
Y, como siempre, eso fue suficiente para empezar a perder.