Capítulo 8 — El turista que no hacía fotos
Daniel despertó a las once y cuarenta y dos con la sensación de haber dormido dentro de una lavadora apagada.
Durante unos segundos no supo dónde estaba.
Eso le pareció, por alguna razón, un triunfo.
Luego vio el ventilador de techo, la pared blanca, la cortina cerrada, la mochila en el suelo y el mando amarillento del aire acondicionado sobre la mesilla.
Bali.
Seguía siendo Bali.
La palabra no sonaba mejor por la mañana.
El aire de la habitación estaba frío, pero tenía algo estancado.
Como si el aparato hubiera conseguido bajar la temperatura sin convencer al lugar de dejar de ser tropical.
Daniel se incorporó despacio. Le dolía la espalda, el cuello, una rodilla.
A los cuarenta y dos años, descubrió, uno ya no viajaba: se transportaba con daños.
Cogió el móvil.
Mensajes.
Clara:
“¿Has dormido?”
Irene:
“Buenos días. Bueno, allí no sé qué hora es.”
Daniel miró la hora.
No sabía qué responder primero. Esa era una de sus habilidades más tristes: convertir dos mensajes normales en un pequeño comité de crisis.
Respondió a Clara:
“Sí. Estoy bien. Voy a salir a ver la zona.”
Luego a Irene:
“Aquí ya casi es mediodía. Me he despertado tarde como un turista profesional.”
Irene contestó unos minutos después:
“Haz fotos.”
Daniel se quedó mirando esa orden sencilla.
Haz fotos.
Eso hacía la gente cuando viajaba. Fotografiar. Probar que había estado en un sitio. Convertir el mundo en pruebas pequeñas, rectangulares, enviables. Una playa, una comida, una calle, una sonrisa delante de algo antiguo.
Daniel no quería pruebas.
Había viajado precisamente porque las pruebas empezaban a sobrar.
Escribió:
“Sí.”
Luego dejó el móvil sobre la cama.
Se duchó otra vez. Se vistió con camiseta limpia, pantalón corto y zapatillas. Se miró en el espejo. Parecía un turista de mediana edad intentando no admitir que había elegido la ropa desde el miedo a llamar la atención.
Cogió la mochila pequeña, el pasaporte, algo de efectivo y bajó.
El patio de la guesthouse estaba lleno de luz.
Demasiada luz.
La piscina, que de noche había parecido casi elegante en la foto enviada a Irene, por la mañana era una piscina modesta, rectangular, con hojas flotando en una esquina.
Una pareja joven desayunaba fruta y tostadas junto a la recepción.
Un hombre rubio, quemado por el sol, miraba el móvil con expresión funeraria.
Dos mujeres hablaban en inglés sobre un templo, una excursión y alguien llamado Mark que “no sabía estar solo”.
Daniel sintió una antipatía inmediata hacia Mark.
No por conocerlo.
Por competencia.
La recepcionista le sonrió.
—Good morning.
—Good morning.
—Breakfast?
Daniel entendió la palabra y asintió.
—Yes, please.
Ella señaló una mesa pequeña con café, té, pan tostado, plátanos y algo de fruta cortada. Le dijo varias cosas más. Daniel captó “included”, “eggs” y “kitchen”.
Sonrió.
—Coffee is fine.
La recepcionista volvió a sonreír.
Todo el mundo sonreía demasiado en Bali, pensó Daniel. No como en Madrid, donde la gente tenía la decencia de mostrar que la existencia le venía grande. Allí incluso la gente cansada parecía amable. Eso le molestó con una injusticia cómoda.
Se sirvió café.
Estaba aguado.
Perfecto. Un punto de realidad.
Se sentó en una mesa apartada y miró el patio. Los turistas hablaban de planes. Alquiler de motos. Playas. Yoga. Masajes. Un beach club. Una cena al atardecer. Palabras ligeras, palabras con dinero detrás, palabras que no debían explicaciones a nadie.
Daniel abrió el móvil.
Notificación de una financiera.
No la abrió.
Otra de correo.
Tampoco.
Entró en el chat de Irene y tomó una foto del café, el plato con fruta y una esquina de piscina.
Antes de enviarla, revisó el encuadre.
Que no saliera el cenicero.
Que no saliera la pared desconchada.
Que no saliera su mano temblando un poco.
La envió.
Irene respondió:
“Qué guay.”
Daniel miró la foto que acababa de mandar.
En la pantalla, su mañana parecía limpia.
La vida era mucho más manejable cuando se recortaban los bordes.
Terminó el café, comió medio plátano y salió a la calle.
El golpe de calor fue inmediato.
La calle olía a humo, incienso, fritura, gasolina y algo dulce que no reconoció.
Las aceras aparecían y desaparecían sin aviso.
Había motos aparcadas en lugares imposibles, cables colgando, perros tumbados a la sombra, mujeres colocando pequeñas ofrendas en el suelo, turistas caminando con chanclas y bolsas de lavandería, conductores ofreciendo transporte cada veinte metros.
—Transport?
—No, thank you.
—Motorbike?
—No, thanks.
—Taxi?
—No.
La tercera vez que dijo “no” se dio cuenta de que su voz empezaba a sonar más pequeña. En español podía rechazar con humor, con seguridad, incluso con cierta elegancia. Allí era un hombre repitiendo dos palabras como quien espanta mosquitos.
Caminó sin rumbo concreto.
Eso se dijo.
Pero era mentira.
Daniel rara vez caminaba sin rumbo. Incluso cuando no sabía hacia dónde iba, su cabeza intentaba convertir cada paso en parte de una estrategia.
Había abierto el mapa antes de salir. Tenía localizadas una tienda de tarjetas SIM, un cajero, una casa de cambio y una oficina turística donde quizá pudiera preguntar por vuelos internos sin parecer demasiado raro.
No necesitaba nada de eso de forma urgente.
Precisamente por eso fue.
La tienda de tarjetas SIM tenía carteles de colores, cargadores colgados, fundas de móvil y un ventilador moviendo aire caliente con convicción inútil. Un chico joven detrás del mostrador le habló en inglés.
Daniel entendió “passport”, “data”, “one month” y “good price”.
Otra vez el pasaporte.
Lo sacó.
Daniel Salcedo.
El chico lo fotografió con el móvil, rellenó algo en una pantalla, cambió la tarjeta, reinició el teléfono. Todo con una velocidad tranquila que a Daniel le resultó humillante. No por el trámite. Por la confianza. El chico no parecía necesitar controlar nada para que las cosas ocurrieran.
—You from Spain? —preguntó.
—Yes.
—Madrid?
Daniel dudó.
—Yes.
El chico sonrió.
—Football. Real Madrid.
—Sometimes —dijo Daniel.
Era una respuesta idiota.
El chico no pareció notarlo.
—Holiday?
Daniel miró el pasaporte en el mostrador.
—Yes. Holiday.
La palabra empezaba a gastarse.
—How long?
Ahí apareció la primera grieta.
Daniel tenía una respuesta sencilla. Tres semanas. El billete lo decía. La mentira estaba documentada. Solo tenía que repetirla.
—Maybe three weeks —dijo.
El chico asintió.
Maybe.
Quizá.
Daniel sintió una pequeña satisfacción al oírse.
En inglés, la ambigüedad era más pobre, pero también más fácil. Nadie conocía su forma de mentir. Nadie sabía qué palabra usaría Daniel Salcedo para no comprometerse. Nadie había archivado sus versiones anteriores.
Allí sus mentiras no tenían historial.
Eso era peligroso.
Salió de la tienda con datos móviles nuevos y la sensación infantil de haber comprado una forma de independencia.
A los pocos metros, se detuvo frente a un escaparate.
No miró los productos.
Miró su reflejo.
Camiseta gris, pantalón corto, barba de dos días, mochila, gafas de sol baratas. Un español cualquiera en Bali. Un turista más. Un hombre que podía entrar en una cafetería, pedir algo en inglés malo, pagar en efectivo y desaparecer entre otros hombres que nadie recordaría.
La invisibilidad, descubrió, no era exactamente paz.
Era alivio sin testigos.
Siguió andando.
Pasó junto a una tienda de ropa donde vendían camisetas con frases espirituales en inglés. “Find yourself.” “Let go.” “Good vibes only.” Daniel se detuvo ante una que decía “No worries.”
Casi se rió.
No worries.
Ninguna preocupación.
El capitalismo había logrado empaquetar la estupidez humana en algodón transpirable.
Entró en una cafetería con aire acondicionado y mesas de madera clara. Había extranjeros trabajando con portátiles, auriculares grandes, cafés con leche vegetal y esa expresión concentrada de quien cree estar construyendo una vida alternativa porque responde correos desde un sitio con plantas.
Daniel pidió un café frío.
La camarera le preguntó algo.
No entendió.
—Sorry?
Ella repitió.
Tamaño.
Leche.
Azúcar.
Daniel eligió al azar.
—Medium. No sugar.
Se sentó junto a una ventana.
Abrió el móvil.
Datos nuevos.
Mapa.
Correo.
Banco.
Mensajes.
La vida entera cabía en la pantalla y, aun así, había conseguido cruzar medio mundo con él.
Clara no había escrito.
Irene tampoco.
Eso lo tranquilizó durante tres segundos y lo ofendió al cuarto.
Así funcionaba Daniel: quería que lo dejaran en paz y luego se sentía abandonado cuando la paz llegaba.
Abrió la galería.
Tenía tres fotos desde que había llegado.
Luces borrosas desde el taxi.
Piscina recortada.
Desayuno cuidadosamente mentiroso.
Ninguna foto de él.
Ninguna foto del mar.
Ninguna foto que dijera: estoy aquí.
Miró alrededor.
La cafetería era bonita. Demasiado bonita. Pared blanca, plantas, una lámpara de mimbre, turistas con piel roja y conversaciones limpias. Podía hacer una foto y mandársela a Irene. Podía escribir “mira qué sitio”. Podía construir para ella un padre que viajaba, observaba, se recuperaba.
Sacó una foto.
La miró.
No la envió.
En la imagen, todo parecía ordenado. Eso le dio rabia. La belleza de los lugares tenía una forma muy desagradable de no preguntar qué clase de persona la estaba mirando.
Abrió el navegador.
Vuelos Bali Manila.
No pulsó buscar.
Se quedó mirando las palabras.
Bali.
Manila.
Dos puntos unidos por una línea invisible que empezaba a parecer menos turística y más inevitable.
Borró Manila.
Escribió:
Cebu.
Borró también.
Dejó la barra vacía.
El café llegó.
Frío, amargo, caro.
Daniel bebió.
Por la ventana vio pasar a una familia. Padre, madre, dos niños. El padre llevaba una cámara colgada al cuello. La madre sujetaba un mapa o un folleto. Uno de los niños caminaba con una botella de agua casi tan grande como su brazo. El otro señalaba algo fuera de cuadro.