Capítulo 7 — Bali no cura nada
Daniel Salcedo llegó a Denpasar con la boca seca, la espalda rota y la sensación de que su cuerpo había aterrizado varias horas después que su culpa.
El avión se detuvo bajo una luz blanca, húmeda, casi indecente. La gente empezó a levantarse antes de que se apagara la señal del cinturón, como si todos hubieran decidido que la obediencia era una costumbre europea que no sobrevivía al trópico.
Daniel permaneció sentado.
Durante unos segundos miró por la ventanilla.
Fuera, varios trabajadores con chalecos reflectantes se movían alrededor del avión. Había luces, vehículos pequeños, señales en inglés, una oscuridad espesa al fondo y un calor que parecía atravesar el cristal antes incluso de que abrieran las puertas.
Bali.
La palabra había funcionado mejor en la pantalla del portátil.
Allí, escrita entre fotos de playas y hoteles baratos, tenía algo de promesa limpia. En cambio, al bajar del avión, Bali olía a combustible, humedad, ropa sudada y humanidad recién comprimida durante demasiadas horas en asientos estrechos.
Daniel se puso de pie cuando la fila empezó a moverse.
Bajó su mochila del compartimento superior. Pesaba poco. Demasiado poco para alguien que decía irse tres semanas. Pero nadie miró. Nadie medía la coherencia moral del equipaje ajeno. Por suerte para la civilización, y para Daniel en particular.
Encendió el móvil.
Notificaciones.
Una de Clara.
“¿Has llegado?”
Otra de Irene.
“¿Ya estás?”
No respondió.
Todavía no.
Primero necesitaba cruzar el control, encontrar una tarjeta SIM, cambiar dinero, llegar al alojamiento, respirar. Siempre necesitaba una cosa antes de la verdad. Un café. Una ducha. Cinco minutos. Una excusa pequeña para retrasar una respuesta grande.
La fila de inmigración avanzaba despacio.
Daniel sostenía el pasaporte en la mano.
Daniel Salcedo.
Su nombre seguía allí, impreso con una seriedad administrativa que empezaba a molestarle. El documento no sabía nada de él. No sabía que debía dinero. No sabía que había mentido a su hija. No sabía que había subido a un avión sin contestar una pregunta sencilla.
El pasaporte solo decía que era español, que tenía cuarenta y dos años y que su cara coincidía lo suficiente con la fotografía.
La burocracia era una especie de fe laica: si el documento estaba en orden, el alma podía viajar hecha un desastre.
Cuando llegó su turno, el agente le pidió el pasaporte en inglés.
Daniel entendió eso.
También entendió “purpose of visit”.
Motivo del viaje.
La pregunta era simple.
Demasiado simple.
—Tourism —dijo.
El agente lo miró apenas. Tecleó algo. Selló el pasaporte.
Daniel esperaba sentir algo al oír el golpe del sello.
No sintió nada.
O quizá sí: una molestia ligera, como cuando una puerta se cierra en una habitación que uno no recordaba haber entrado.
Recogió el pasaporte.
—Thank you —dijo.
El agente ya estaba mirando al siguiente.
Daniel salió al vestíbulo de llegadas.
Entonces el ruido lo golpeó.
Conductores con carteles.
Familias esperando.
Turistas blancos con pantalones de lino y cara de haber leído medio blog espiritual en el avión.
Voces en inglés, indonesio, idiomas que no reconocía.
Ruedas de maletas.
Pitidos.
Aire acondicionado insuficiente.
La palabra “taxi” repitiéndose como un insecto.
—Taxi, sir?
—Transport?
—Where you go, boss?
Daniel caminó con la mochila pegada al cuerpo.
—No, thank you.
—Taxi, cheap price.
—No, thanks.
—Where you stay?
Daniel dudó medio segundo.
Demasiado.
El hombre que le había preguntado sonrió, detectando la grieta.
—Ubud? Kuta? Seminyak?
—Kuta —dijo Daniel.
Lo dijo porque era donde había reservado. También porque era una palabra corta. En inglés, las palabras cortas daban menos oportunidades de equivocarse.
El conductor levantó un cartel plastificado con precios.
Daniel intentó entender.
Entendió números.
No entendió la explicación.
El conductor habló rápido, sonriendo, señalando el móvil, el parking, una dirección que Daniel no había pronunciado. Daniel habría sabido gestionar una conversación así en Madrid. En español podía pedir desglose, cuestionar precio, bromear, tensar, soltar una frase exacta para recuperar control.
En inglés solo pudo decir:
—How much?
El conductor repitió una cifra.
Daniel sospechó que era demasiado.
Lo aceptó.
La primera derrota en otro país suele tener forma de transporte.
Salieron del aeropuerto.
El calor lo envolvió de golpe.
No era calor de verano en Madrid. Era otra cosa. Más íntima. Más pegada. Un calor con manos. Se metía bajo la camiseta, en la nuca, detrás de las rodillas, dentro de la respiración.
Daniel se subió al coche.
El conductor puso el aire acondicionado, que sonaba más ambicioso que eficaz, y arrancó.
Durante los primeros minutos Daniel miró por la ventana sin entender del todo lo que veía.
Motos.
Muchas motos.
Demasiadas motos.
Familias enteras sobre una moto. Mujeres con cascos rosas. Hombres con chanclas. Turistas quemados por el sol. Tiendas abiertas. Cables. Carteles luminosos. Pequeños templos en esquinas imposibles. Ofrendas en el suelo. Perros flacos. Banderas. Luces. Sombra. Más motos.
El tráfico parecía no obedecer normas, pero tampoco terminaba de estrellarse. Era una especie de caos con memoria muscular.
—First time in Bali? —preguntó el conductor.
Daniel tardó en ordenar la frase.
—Yes. First time.
—Holiday?
—Yes. Holiday.
La palabra salió dócil.
Vacaciones.
Ya estaba allí, mintiendo en otro idioma.
El conductor sonrió por el retrovisor.
—You like beach? Party?
Daniel miró las luces de una calle llena de bares, tiendas de camisetas y carteles de masajes.
—I need rest —dijo.
El conductor asintió como si esa frase explicara algo.
Daniel la repitió mentalmente.
I need rest.
Necesito descansar.
En español habría podido convertir aquello en una historia: una temporada complicada, el divorcio, el trabajo, la necesidad de tomar distancia, ordenar la cabeza, volver mejor. En inglés, en cambio, la mentira quedaba desnuda, reducida a cuatro palabras pobres.
I need rest.
Hasta él oyó lo falso que sonaba.
El coche avanzó entre luces y humedad.
Daniel sacó el móvil.
Respondió primero a Clara.
“He llegado. Todo bien.”
Miró la frase.
Todo bien.
Una mentira internacional, económica, fácil de transportar.
Clara respondió casi al instante.
“Avísale a Irene. Estaba pendiente.”
Daniel abrió el chat de su hija.
Escribió:
“Ya llegué.”
Borró.
Escribió:
“Ya estoy en Bali.”
Añadió una foto rápida desde la ventanilla: luces borrosas, motos, un cartel que no entendía.
Envió.
Irene contestó:
“Qué raro todo.”
Daniel sonrió.
“Sí. Bastante.”
“¿Hace calor?”
“Mucho.”
“Pues no te quejes, aquí hace frío.”
Daniel miró la pantalla.
Durante unos segundos sintió algo parecido a estar todavía unido a su vida. Un hilo fino, absurdo, hecho de temperatura y mensajes cortos.
Luego Irene escribió:
“Manda foto del hotel.”
Daniel miró al conductor, la calle, su reflejo en el cristal.
“Cuando llegue.”
Guardó el móvil.
El hotel estaba en una calle estrecha, detrás de otra calle más ruidosa. No era exactamente un hotel. Era una guesthouse barata con una recepción pequeña, una piscina rectangular en el patio y plantas húmedas que parecían crecer con demasiada confianza.
La recepcionista le pidió el pasaporte.
Daniel se lo dio.
Otra vez su nombre.
Otra vez el documento pasando de mano en mano como si Daniel Salcedo siguiera siendo una persona estable.
La mujer habló en inglés con amabilidad rápida. Daniel entendió “breakfast”, “wifi”, “check-out”, “deposit” y poco más. Asintió en los lugares que le parecieron adecuados.
—Sorry —dijo al final—. Can you repeat slowly?
La recepcionista sonrió, esta vez con más paciencia.
Repitió.
Más despacio.
Daniel entendió lo suficiente.
No todo.
Lo suficiente.
Esa iba a ser la nueva medida de su vida, pensó: entender lo suficiente para seguir avanzando sin saber exactamente hacia dónde.
La habitación estaba en la segunda planta.
Cama grande.
Sábanas blancas.
Ventilador de techo.
Aire acondicionado con mando amarillento.
Baño pequeño.
Una ventana que daba a un patio interior donde alguien había colgado toallas.
Sobre la mesa había dos botellas de agua y un cartel plastificado con normas de la casa.
Daniel dejó la mochila en el suelo.
Se quedó de pie.
Ya está, pensó.
Había llegado.
La frase no produjo ningún efecto.
No hubo alivio.
No hubo revelación.
No hubo esa paz obscena que prometían los anuncios de viajes, las cuentas de Instagram y las personas que decían “cambiar de aire” como si el aire tuviera competencias de psicólogo.
Solo había una habitación desconocida, un cuerpo agotado y una vida que seguía dentro de él con una puntualidad repugnante.
Se quitó la camiseta.
Estaba pegada a la espalda.
Fue al baño y abrió el grifo de la ducha.
El agua salió tibia.
Luego fría.
Luego tibia otra vez.
Daniel se duchó sin pensar demasiado. Se frotó la cara, el pelo, el cuello, como si el viaje hubiera dejado una capa física de Madrid sobre su piel.
Pero Madrid no estaba en la piel.
Ese fue el primer inconveniente.
Al salir, se miró en el espejo empañado.
Su cara parecía peor bajo aquella luz.
Más vieja.
Más blanda.
Más real.
—Tourism —dijo en voz baja.
Se rio sin ganas.
Se secó, se puso una camiseta limpia y encendió el aire acondicionado. El aparato tosió, vibró y empezó a soltar aire frío con una determinación irregular.
Se tumbó en la cama.
El colchón era duro.
El móvil vibró.
Clara.
“¿Todo bien?”
Daniel respondió:
“Sí. Cansado. Voy a dormir.”
Era una mentira razonable porque también era verdad.
Irene escribió poco después:
“Foto.”
Daniel se incorporó.
Miró la habitación.
No había nada bonito que fotografiar.
La cama parecía demasiado blanca. La mochila en el suelo parecía demasiado poca cosa. La ventana daba a toallas ajenas. El baño tenía una luz miserable.
Abrió la cortina.
Desde un ángulo concreto, se veía una esquina de la piscina del patio y una planta grande con hojas brillantes. Si acercaba la cámara, si evitaba la pared desconchada, si recortaba bien, aquello podía parecer agradable.
Tomó la foto.
La envió.
Irene respondió:
“Parece bonito.”
Daniel miró la imagen.
Sí.
Parecía.
“Lo es”, escribió.
No añadió nada más.
Dejó el móvil sobre la mesilla.
Durante unos minutos escuchó el ruido del aire acondicionado, motos lejanas, voces en el patio, una risa femenina, agua moviéndose en la piscina. Afuera existía un país entero. Una isla. Calles. Comida. Música. Perros. Ofrendas. Personas que no sabían nada de él.
Eso debería haberlo liberado.
En cambio, lo hizo sentirse más falso.
El móvil volvió a vibrar.
Número desconocido.
España.
Daniel no contestó.
El teléfono siguió vibrando sobre la madera de la mesilla. El sonido era pequeño, pero dentro de la habitación parecía una excavadora.
Se apagó.
A los pocos segundos llegó un mensaje.
“Muy lejos no te vas a esconder.”
Daniel se incorporó.
Leyó la frase una vez.
Dos.
Sintió una presión en la boca del estómago.
No sabían dónde estaba, se dijo.
No podían saberlo.
Era una amenaza enviada a ciegas, un disparo al aire. Gente como Sergio no tenía mapas. Tenía impaciencia. Tenía contactos pequeños. Tenía teléfonos.
Nada más.
Daniel bloqueó el móvil.
Lo dejó boca abajo.
La deuda acababa de aterrizar con él.
Ni siquiera había necesitado facturar equipaje.
Se levantó y fue hasta la ventana.
Apartó un poco la cortina.
En el patio, dos turistas se metían en la piscina con botellas de cerveza en la mano. Uno de ellos se rio demasiado alto. Una pareja hablaba en inglés junto a una mesa. La recepcionista cruzó el patio con una bandeja.
Daniel podría bajar.
Podría pedir algo.
Podría sentarse, respirar, mirar alrededor, comportarse como un hombre que había viajado por una razón aceptable.
No bajó.
Cerró la cortina.
El gesto fue pequeño.
Definitivo.
Encendió el portátil.
El wifi tardó en conectar. La contraseña estaba escrita en una tarjeta junto a la cama. Daniel la introdujo mal dos veces. A la tercera entró.
Abrió el correo.
Nada importante.
Abrió el banco.
Saldo.
Movimientos.
Cargos.
El billete.
El hotel.
El dinero que quedaba.
Miró las cifras como si desde Indonesia fueran a tener otra aritmética.
No la tenían.
Abrió otra pestaña.
Filipinas.
No escribió más.
Solo eso.
Filipinas.
Los resultados aparecieron antes de que su conciencia pudiera fingir sorpresa.
Vuelos.
Guías.
Islas.
Manila.
Cebú.
Bohol.
Siquijor.
Daniel miró la palabra.
Siquijor.
La había visto en Madrid. Ahora, desde Bali, parecía más cerca. No geográficamente. Moralmente.
Cerró la pestaña.
La volvió a abrir.
La cerró otra vez.
El aire acondicionado zumbaba como un insecto enfermo.
Daniel se tumbó de nuevo.
No apagó la luz.
Se quedó mirando el techo.
En Madrid, la desesperación tenía forma de llamadas, cartas, tarjetas rechazadas, Clara, Irene, relojes, portales, locales de apuestas, cajeros automáticos.
Allí, en Bali, la desesperación tenía ventilador de techo.
Era una mejora estética, nada más.
A las tres de la madrugada seguía despierto.
No sabía si eran las tres de allí, de Madrid o de algún lugar intermedio donde iban a parar los hombres que viajaban demasiado lejos para seguir siendo honestos.
Se levantó.
Abrió la mochila.
Sacó la libreta.
Primera página.
Indonesia.
Filipinas.
No volver.
Las tres líneas seguían allí.
Debajo, escribió:
He llegado.
Lo miró.
Luego añadió:
No ha cambiado nada.
Esa frase sí era verdad.
La dejó sin tachar.
Desde fuera llegó otra risa, esta vez más lejana. Una moto pasó por la calle con un ruido agudo. Alguien cerró una puerta.
Daniel apagó el portátil.
Se acercó otra vez a la cortina.
Estuvo a punto de abrirla.
A punto.
Pero no lo hizo.
Esa noche, en una isla que millones de personas confundían con una promesa, Daniel Salcedo cerró las cortinas y no salió a ver el mar.