Capítulo 6 — Morir lejos #2
—¿Raro bien o raro de “papá no sabe comprar regalos”?
—Las dos cosas.
Daniel se rió.
El sonido le pareció indecente, como reír en un hospital.
—Trato hecho.
Irene mordió la napolitana.
Tenía un poco de chocolate en la comisura. Daniel recordó a la niña de nueve años que habría dejado que él se lo limpiara con una servilleta. La de doce ya se limpió sola.
—¿Cuándo vuelves? —preguntó.
El mundo se detuvo de una forma discreta.
Daniel tenía una fecha de vuelta en el billete. La había comprado. Existía. Podía decirla. Podía usarla como escudo. Técnicamente no sería mentira.
Técnicamente.
Esa palabra era una alfombra bajo la que Daniel había escondido demasiados cadáveres pequeños.
—En unas semanas —dijo.
—¿Cuántas?
—Tres, más o menos.
—¿Más o menos?
—Depende de vuelos, trabajo, cosas.
Irene lo miró.
La primera grieta.
No en la mentira. En ella.
—Pero vuelves.
Daniel sintió que la cafetería se quedaba sin aire.
Clara, desde la barra, no miraba hacia ellos. Miraba demasiado poco. Escuchaba.
—Sí —dijo Daniel.
Irene sostuvo su mirada.
—Seguro.
Era la misma palabra del portal.
Seguro.
La cuerda sobre el agujero.
Daniel podría haberse salvado allí.
No de las deudas.
No de Sergio.
No de la ruina.
Pero sí de lo que estaba a punto de convertirse en algo irreparable.
Podría haber dicho: no estoy bien, Irene. Podría haber mirado a Clara. Podría haber permitido que una parte miserable de sí mismo se derrumbara delante de las dos. Podría haber aceptado la humillación limpia de pedir ayuda antes que la elegancia sucia de desaparecer.
Pero Daniel Salcedo era muy bueno vendiendo confianza.
Incluso cuando no quedaba ninguna en almacén.
—Seguro —dijo.
Irene asintió.
No sonrió.
Eso fue peor.
Hablaron de la excursión, de una compañera que se mareaba en autobús, de una profesora que había prohibido llevar chuches y de un chico que decía que en Segovia había fantasmas.
Daniel escuchó con una atención casi religiosa.
Cada detalle se le clavaba en la memoria como si alguien estuviera embalando su vida en cajas pequeñas.
A las siete menos cinco, Clara volvió a la mesa.
—Tenemos que irnos.
Daniel miró el reloj.
La hora había pasado con una crueldad eficiente.
Irene se levantó.
—¿Me escribirás desde allí?
—Sí.
Otra promesa.
Daniel ya no sabía hablar sin emitir deuda.
—Manda fotos —dijo ella.
—Mandaré fotos.
—Pero no de comida rara.
—Entonces me dejas sin contenido.
Irene sonrió.
Se abrazaron junto a la mesa. Daniel cerró los ojos un segundo. Olía a chocolate, a champú, a adolescencia empezando sin pedirle permiso.
—Pásalo bien en Segovia —dijo.
—Pásalo bien en Indonesia.
La frase lo golpeó de una forma absurda.
Pásalo bien.
Como si aquello fuera posible.
Clara salió con Irene. En la puerta, la niña levantó la mano para despedirse. Daniel hizo lo mismo. Luego las vio alejarse por la acera hasta que giraron la esquina.
No las siguió.
No podía.
Si las seguía, quizá corría detrás de ellas.
Y si corría detrás de ellas, quizá todavía había una vida.
Daniel se quedó en la cafetería hasta que el camarero empezó a mirar su mesa con cansancio. Pagó el café y salió.
Esa noche hizo la maleta.
Tres camisetas.
Dos pantalones.
Ropa interior.
Cargadores.
Pasaporte.
Billetes impresos.
Una libreta.
La camiseta de la ballena.
La sacó otra vez.
La sostuvo.
No tenía sentido llevarla.
Precisamente por eso la dobló y la puso al fondo de la mochila.
Luego abrió el portátil y compró un seguro de viaje barato.
Leyó las coberturas con una atención absurda.
Pérdida de equipaje.
Retraso.
Asistencia médica.
Repatriación.
La palabra le pareció obscena.
Repatriación.
Como si el cuerpo fuera una maleta más, algo que podía extraviarse y enviarse de vuelta con los papeles adecuados.
Cerró la pestaña.
Después buscó Filipinas otra vez.
No reservó nada.
Solo miró.
Manila.
Cebú.
Siquijor.
La isla aparecía en fotos pequeñas: playas, cascadas, caminos, motos, atardeceres. Daniel leyó descripciones turísticas sobre tranquilidad, magia local, curanderos, buceo, huéspedes amables, rincones escondidos.
Rincones escondidos.
La frase hizo su trabajo.
El octavo día llegó sin dramatismo.
Daniel se despertó antes de la alarma. La habitación estaba azulada por la luz temprana. Durante unos segundos pensó que había soñado todo. Luego vio la mochila preparada, el traje colgado en la silla y los billetes impresos sobre la mesa.
No había soñado nada.
Qué falta de consideración por parte de la realidad.
Se duchó.
Se afeitó.
No se puso traje. Eligió vaqueros, camiseta gris, sudadera oscura. Ropa de turista cansado. Ropa de hombre que no quería llamar la atención ni siquiera ante sí mismo.
Dejó las llaves de la habitación en un sobre para el propietario con una nota:
“Me voy unos días. Te hago transferencia cuando vuelva.”
Cuando vuelva.
La mentira ya tenía caligrafía.
Cogió la mochila.
Antes de salir, miró la habitación.
La cama sin hacer.
Las cartas sin abrir.
La silla.
La ventana.
La maleta negra vacía.
No sintió nostalgia.
Eso lo asustó.
Uno debería sentir algo al abandonar el lugar donde había tocado fondo. Pero quizá tocar fondo consistía precisamente en eso: en no tener ya cariño ni por el agujero.
Bajó las escaleras.
En el portal, el opositor salía con una carpeta bajo el brazo.
—¿De viaje? —preguntó.
Daniel ajustó la mochila.
—Unos días.
—Qué suerte.
Daniel lo miró.
Suerte.
Otra palabra inocente pasando cerca de un crimen moral sin reconocerlo.
—Sí —dijo—. Suerte.
Cogió el metro hacia el aeropuerto.
Durante el trayecto no escuchó música. Miró el reflejo de la ventanilla. Un hombre de cuarenta y dos años con mochila, barba recién hecha y ojos de no haber dormido. Podría ser cualquiera. Eso le produjo una calma extraña. La gente desaparecía primero así: volviéndose cualquiera.
En Nuevos Ministerios subió una familia con dos niños pequeños y una maleta enorme. El padre sudaba. La madre repartía instrucciones. Uno de los niños preguntó si el avión podía caerse. El padre respondió que no, con una seguridad tan falsa y tan amorosa que Daniel tuvo que apartar la mirada.
En Barajas, todo fue normal.
Demasiado normal.
Facturación.
Control.
Bandeja de plástico.
Cinturón.
Mochila.
Pasaporte.
Puertas.
Tiendas de perfumes.
Pantallas.
Personas comprando bocadillos a precios que deberían investigarse en La Haya.
Daniel pasó por cada trámite con una obediencia impecable. Nadie vio nada raro. Nadie lo detuvo. Nadie le preguntó si estaba seguro de querer seguir existiendo de aquella manera. La burocracia aeroportuaria, como casi todas las burocracias, solo necesitaba que los documentos coincidieran.
En la puerta de embarque, sacó el móvil.
Mensaje de Clara.
“Buen viaje. Avísanos cuando llegues.”
Daniel leyó “avísanos”.
No “avísame”.
Avísanos.
Clara e Irene.
Todavía había un plural esperándolo.
Abrió el chat de Irene.
Escribió:
“Estoy en el aeropuerto. Te mando foto cuando llegue.”
Irene respondió casi enseguida.
“Vale. Cuidado.”
Cuidado.
Daniel sintió que la palabra lo atravesaba.
Irene no sabía de qué tenía que tener cuidado.
Él tampoco.
O sí.
Miró alrededor. Gente con auriculares, mochilas, cuello doblado sobre pantallas, niños comiendo galletas, una pareja discutiendo por el asiento de ventanilla. Vida común en tránsito.
Daniel apoyó el móvil sobre la rodilla.
Podía levantarse.
Todavía.
Podía salir de la puerta de embarque. Podía perder el vuelo. Podía llamar a Clara. Podía decir: no puedo. No estoy bien. Estoy pensando cosas horribles. Ayúdame aunque no lo merezca. Podía aceptar el ridículo absoluto de seguir vivo en Madrid.
La megafonía anunció el embarque.
Primero familias con niños.
Luego prioridad.
Luego grupos.
Daniel miró su tarjeta.
Grupo 3.
La libertad tenía número de embarque.
Cuando llamaron su grupo, se levantó.
La fila avanzó despacio. Daniel entregó el pasaporte y la tarjeta de embarque. La empleada los escaneó. Sonrió sin verlo.
—Buen viaje.
—Gracias.
Cruzó el finger.
El avión lo esperaba al otro lado, blanco, enorme, vulgar. Nada en él parecía capaz de cambiar una vida. Parecía simplemente una máquina con asientos incómodos y aire reciclado.
Daniel entró.
Buscó su asiento.
Ventana.
Dejó la mochila arriba, excepto la libreta y el móvil. Se sentó. Abrochó el cinturón.
Desde la ventanilla veía una parte de la pista, vehículos pequeños moviéndose alrededor de aviones, trabajadores con chalecos reflectantes, una ciudad técnica donde todo parecía tener función.
El móvil vibró.
Irene.
“Papá.”
Solo eso.
Daniel respondió:
“Dime.”
Los tres puntos aparecieron.
Desaparecieron.
Volvieron.
Desaparecieron.
Finalmente llegó el mensaje.
“¿Vas a volver seguro?”
Daniel se quedó inmóvil.
La cabina sonaba a hebillas, conversaciones, ruedas de maletas, instrucciones en varios idiomas. Una azafata cerraba compartimentos. Alguien pidió cambiar de asiento. Un bebé empezó a llorar con una intuición literaria impecable.
Daniel miró la pantalla.
¿Vas a volver seguro?
El avión todavía no se movía.
La puerta quizá seguía abierta.
Todavía.
Siempre todavía.
Escribió:
“Sí.”
No envió.
Borró.
Escribió:
“Claro que sí.”
Borró.
Escribió:
“Te quiero.”
Lo miró.
Eso era verdad.
Inútil, cobarde, insuficiente, pero verdad.
Envió:
“Te quiero.”
Irene respondió:
“Yo también.”
Daniel apagó el móvil porque la tripulación lo pidió.
No respondió a la pregunta.
O quizá sí.
A veces el silencio era una respuesta tan clara que solo los adultos fingían no entenderla.
El avión empezó a moverse.
Madrid quedó al otro lado de la ventanilla, extendida bajo un cielo pálido, enorme, concreta, llena de personas a las que Daniel debía dinero, palabras, presencia, verdad.
Cuando el avión aceleró, Daniel cerró los ojos.
No rezó.
No pidió perdón.
No prometió volver.
Solo pensó, con una calma que no parecía suya:
Morir lejos no empieza con el mar.
Empieza cuando nadie te impide subirte al avión.