Capítulo 6 — Morir lejos
Durante los ocho días siguientes, Daniel Salcedo aprendió que una cuenta atrás no necesita hacer ruido para volverse insoportable.
El primer día todavía pudo fingir que no pasaba nada.
Fue al bar de abajo, pidió café, abrió el portátil y revisó ofertas de empleo durante veinte minutos con la seriedad admirable de un hombre que acababa de comprar un billete a Indonesia y aun así quería conservar la estética del intento.
Mandó tres currículums. Corrigió una coma.
Adaptó una carta de presentación. Incluso escribió “me considero una persona responsable, resolutiva y orientada a objetivos” sin que el teclado se incendiara por puro sentido de la justicia.
Luego abrió el correo del vuelo.
Madrid — Denpasar.
Siete días.
El segundo día pagó parte de lo que debía a Sergio.
No todo. Ya no podía todo. Esa palabra pertenecía a personas con nómina, padres vivos que ayudaban, cuentas saneadas o una relación sana con la realidad.
Quedó en una esquina cerca de Palos de la Frontera con un chico que no era Sergio. Veintipocos años, cazadora negra, cara de sueño malo. Daniel le entregó doscientos euros. El chico contó los billetes sin disimular desprecio.
—Faltan trescientos.
—Lo sé.
—Mañana.
—No puedo mañana.
El chico lo miró como si acabara de escuchar una opinión irrelevante sobre meteorología.
—Mañana.
Daniel estuvo a punto de decir que en una semana ya no estaría. No lo dijo. Algunas verdades eran tan útiles como pegarse un tiro en una mano para no firmar un documento.
—Haré lo que pueda.
El chico guardó el dinero.
—Eso no está funcionando muy bien, ¿no?
Daniel sonrió.
—Se nota que eres observador.
El chico no sonrió.
—No te pongas listo.
Daniel bajó la mirada.
Aquello le molestó más que la amenaza: tener que bajar la mirada delante de alguien que ni siquiera sabía amenazar con estilo. Uno podía caer muy bajo y aun así conservar preferencias estéticas. Era una miseria refinada, pero miseria al fin.
El tercer día encontró la autorización de Irene.
Estaba debajo de una carta de impago, doblada por la mitad, con una esquina manchada de café. La planchó con la mano sobre la mesa, firmó donde correspondía y la escaneó con una aplicación del móvil. La primera foto salió torcida. La segunda borrosa. La tercera aceptable.
Se la mandó a Clara.
“Firmada.”
Clara respondió:
“Recibida.”
Nada más.
Daniel miró la pantalla esperando una palabra que no merecía. Gracias. Bien. Perfecto. Algo.
No llegó.
La madurez de Clara consistía, entre otras cosas, en no alimentar perros que luego mordían.
El cuarto día, Eduardo Peñalver le escribió preguntando por los diez perfiles.
Daniel había olvidado casi por completo la colaboración comercial. Aquella pequeña posibilidad laboral, que dos días antes había parecido una cuerda, ahora le resultaba un objeto encontrado en una vida anterior.
Respondió:
“Los estoy filtrando. Te los paso en breve.”
La mentira era elegante. “Filtrar” era una palabra maravillosa. Servía para no hacer nada con apariencia de criterio.
Eduardo respondió con un pulgar hacia arriba.
Daniel sintió una tristeza absurda por aquel emoji. Un hombre en Chamberí todavía creía que él estaba preparando una lista. Clara todavía creía que él volvería de Indonesia. Irene todavía creía que el mes que viene podía existir.
La mentira, cuando crecía, empezaba a necesitar personal de mantenimiento.
El quinto día fue a comprar una mochila.
No grande. No llamativa. Nada que pareciera aventura. Una mochila oscura, resistente, barata, de esas que podían pertenecer tanto a un turista con presupuesto como a un hombre que no quería facturar equipaje porque cada mostrador era una oportunidad para arrepentirse.
En la tienda, una dependienta le preguntó:
—¿Para viaje?
Daniel tardó un segundo en responder.
—Sí.
—¿Muchos días?
—Pocos.
La dependienta le enseñó compartimentos, cremalleras, bolsillo secreto para pasaporte, funda impermeable.
Daniel asentía con atención. Le pareció obsceno que la huida pudiera organizarse en departamentos.
Ropa aquí. Documentos allí. Cargador en este bolsillo.
Vergüenza, si cabe, doblada junto a las camisetas.
Pagó con tarjeta.
La operación fue aceptada.
Daniel casi se emocionó.
Ese era el nivel exacto de su hundimiento: una compra aprobada podía parecerle una bendición.
El sexto día Clara le escribió:
“Irene quiere verte antes de que te vayas.”
Daniel leyó el mensaje en la cama, vestido, con la maleta abierta delante.
Durante varios minutos no respondió.
No porque dudara si quería verla. Quería verla de una forma desesperada, casi física.
Quería verla como se quiere tocar una pared antes de abandonar una casa que quizá arda después.
Quería verla porque era su hija. Quería verla porque iba a mentirle.
Quería verla porque, en algún lugar torcido de su cabeza, necesitaba llevarse una última imagen limpia para justificar todo lo que venía después.
Esa era la parte más repugnante.
Incluso el amor intentaba usarlo como coartada.
Respondió:
“Claro. Cuando queráis.”
Clara tardó veinte minutos.
“Mañana a las seis. Una hora. No la confundas.”
No la confundas.
Daniel dejó el móvil sobre la cama.
Demasiado tarde, pensó.
Pero no lo escribió.
Aquella noche intentó preparar lo que diría. Se sentó frente a la libreta y escribió varias frases.
“Voy a estar fuera unos días.”
“Necesito descansar.”
“Cuando vuelva…”
Tachó la última.
Cuando vuelva era una promesa.
Y las promesas, en boca de Daniel, ya no eran frases. Eran préstamos sin intención realista de pago.
Escribió:
“Te llamaré desde allí.”
Se quedó mirando esa frase.
Tampoco era segura.
No sabía si llamaría. No sabía desde dónde. No sabía durante cuánto tiempo. No sabía qué parte de Daniel Salcedo iba a seguir disponible después de subirse a aquel avión.
Tachó también.
Al final no dejó nada escrito.
Decidió improvisar.
Era una decisión pésima, así que le resultó familiar.
El séptimo día vio a Irene.
Clara eligió una cafetería cerca de su casa, no el piso. Eso ya era un mensaje: Daniel podía ver a su hija, pero no entrar en el espacio donde Irene dormía, estudiaba, dejaba la mochila y hacía vida. El hogar era territorio protegido. Él era visita con horario.
Llegó diez minutos antes.
Se sentó en una mesa junto a la ventana. Pidió agua. No café. Tenía las manos demasiado nerviosas para fingir que necesitaba más pulso.
Irene entró con Clara a las seis en punto.
Llevaba el pelo recogido en una coleta y una sudadera verde que Daniel no recordaba haber visto. Ese detalle le dolió. La ropa nueva de los hijos era una forma silenciosa de medir todo lo que uno no había presenciado.
Irene sonrió al verlo.
Una sonrisa pequeña, cautelosa, todavía suya.
—Hola, papá.
Daniel se levantó.
—Hola, princesa.
La abrazó.
Esta vez Irene sostuvo un poco más el abrazo. O quizá él necesitó creerlo.
Clara dejó que se saludaran y luego señaló la barra.
—Voy a pedir.
No era una ausencia. Era vigilancia a distancia con educación suficiente para no parecerlo.
Daniel e Irene se sentaron.
—¿Ya tienes preparada la excursión? —preguntó él.
—Sí. Vamos el jueves.
—Segovia es bonita.
—¿Has ido?
—Hace mucho.
—Mamá dice que el acueducto impresiona más en persona.
—Tu madre tiene razón en cosas molestas.
Irene sonrió.
—Dice que te vas de viaje.
Daniel sintió que la palabra viaje caía entre ellos como un objeto frágil.
—Sí.
—¿A Indonesia?
—Sí.
—Eso está lejísimos.
—Bastante.
—¿Cuántas horas?
—Muchas. De esas que cuando llegas ya no sabes si desayunar o pedir perdón.
Irene soltó una risa breve.
Daniel la miró como se mira una cosa que se está perdiendo en tiempo real.
—¿Por qué vas? —preguntó ella.
Ahí estaba.
La pregunta sencilla.
Siempre eran las preguntas sencillas las que arruinaban a los mentirosos. Las complicadas permitían rodeos. Las sencillas exigían una columna vertebral.
—Necesito descansar un poco —dijo.
—¿De qué?
Daniel bajó la vista al vaso de agua.
De las llamadas.
De las deudas.
De tu madre mirándome como si ya estuviera muerto.
De ti queriéndome todavía.
De ser yo.
—De Madrid —respondió.
Irene arrugó la nariz.
—Madrid no cansa tanto.
—Eso lo dices porque no pagas alquiler.
—Mamá sí.
Daniel sonrió menos.
—Touché.
Irene jugueteó con la servilleta. La dobló por la mitad, luego otra vez, luego la abrió. Tenía las uñas mordidas. No lo había notado antes. O sí y no había querido registrarlo.
—¿Vas solo?
—Sí.
—¿No es raro?
—Un poco.
—¿Y no te da miedo?
Daniel estuvo a punto de decir que no.
Era la respuesta de padre.
No, tranquila. Todo bien. Soy adulto. Controlo. Las mismas frases con las que los adultos fabricaban techos de cartón para que los niños durmieran debajo.
Pero algo en la cara de Irene lo detuvo.
—Un poco sí —dijo.
Ella levantó la mirada.
—¿Sí?
—Claro. Viajar tan lejos da miedo.
—Entonces, ¿por qué vas?
Daniel respiró despacio.
—Porque a veces da más miedo quedarse.
Irene no respondió.
Clara llegó con un café, un chocolate caliente y una napolitana. Dejó el chocolate frente a Irene, el café frente a Daniel y se sentó un momento.
—No hacía falta —dijo Daniel.
—Ya lo sé.
Clara se levantó otra vez.
—Voy a hacer una llamada.
Mentira.
Clara no necesitaba hacer una llamada. Necesitaba dejarle a Irene una conversación con su padre sin desaparecer del todo. Daniel quiso agradecerle eso y no supo cómo. Algunas gratitudes eran imposibles de decir sin revelar demasiado.
Irene bebió chocolate.
—¿Me traerás algo?
La misma pregunta.
La pregunta de antes.
La pregunta del cuaderno.
La pregunta de una hija que todavía quería un objeto porque pedir presencia ya era demasiado arriesgado.
Daniel sintió una presión en la garganta.
—Claro.
La palabra salió sola.
Vieja.
Podrida.
Perfectamente disponible.
Irene lo miró.
Daniel se corrigió.
—Intentaré traerte algo. Algo pequeño.
—No tiene que ser caro.
—Lo sé.
—Algo raro.