Nadie reclama a los ahogados Capítulo 5 — Solo ida #2
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Capítulo 5 — Solo ida #2

Cuando habló, su voz sonó más baja.

—Que eres inteligente para todo menos para dejar de hacerte daño.

Daniel no contestó.

La frase no era exacta.

Era peor: era incompleta.

Porque Daniel no solo se hacía daño a sí mismo. Esa era la mentira noble. El resto lo recibían los demás, por transferencia, por contacto, por vivir demasiado cerca de él.

—Busca la autorización —dijo Clara—. Mándamela mañana. Y si de verdad vas a irte, no conviertas eso en otra promesa para Irene.

—No lo haré.

—Buenas noches, Daniel.

—Buenas noches.

Clara colgó.

Daniel se quedó con el móvil en la mano.

Luego miró la camiseta de Irene sobre la cama y la dobló con una torpeza cuidadosa. La colocó dentro de la maleta. No porque fuera a llevársela, se dijo. Solo para no verla.

Volvió al portátil.

La sesión había caducado.

Tuvo que empezar de nuevo.

Madrid.

Denpasar.

Fechas.

Pasajero.

Daniel Salcedo.

Nombre completo, fecha de nacimiento, documento.

Cada campo parecía obligarlo a existir.

Al llegar a “tipo de viaje”, dudó.

Ida y vuelta.

Solo ida.

El cursor descansó sobre la segunda opción.

Solo ida era demasiado evidente, incluso para él. Demasiado desnudo. Demasiado honesto.

Eligió ida y vuelta.

La vuelta, a tres semanas vista.

No porque pensara volver.

Porque las mentiras también necesitaban decoración.

El precio subió.

Daniel lo aceptó.

Luego eligió un alojamiento barato para las primeras noches en Bali. Nada lujoso. Lo bastante decente para parecer que no estaba huyendo, lo bastante barato para no sentirse completamente imbécil. Aunque esa última parte ya iba con retraso.

Al introducir la tarjeta, la página tardó demasiado.

Daniel contuvo la respiración.

La primera tarjeta fue rechazada.

Por supuesto.

La segunda también.

La tercera quedó procesando.

El círculo giró en la pantalla.

Daniel sintió el cuerpo entero reducido a ese pequeño símbolo.

Procesando.

Procesando.

Procesando.

Confirmado.

Durante unos segundos no entendió la palabra.

Confirmado.

Reserva realizada.

Billete emitido.

Correo enviado.

Daniel no se movió.

La habitación siguió igual.

El pasillo siguió igual.

Madrid no tembló.

Nadie llamó a la puerta.

No hubo música.

No hubo trueno.

No hubo señal.

El mundo, con su habitual falta de sensibilidad literaria, permitió que una de las decisiones más cobardes de su vida ocurriera con la misma solemnidad que comprar una batidora.

Daniel abrió el correo.

Ahí estaba.

Su nombre.

Su vuelo.

Su salida.

Dentro de ocho días.

Ocho días.

El tiempo adquirió una forma nueva. Ya no era una masa informe de deudas y llamadas. Era una cuenta atrás.

Ocho días para fingir que preparaba vacaciones.

Ocho días para mentir bien.

Ocho días para ver a Irene, quizá.

Ocho días para no pensar demasiado en la palabra volver.

Abrió la libreta y escribió:

8 días.

Debajo:

Volver parece opcional.

Tachó la frase enseguida.

La tachadura la hizo más visible.

El móvil vibró.

Mensaje del número desconocido.

“Mañana a las 10. Si no, vamos a verte.”

Daniel miró el mensaje.

Luego miró el correo del billete.

Por primera vez en horas, la amenaza no lo atravesó igual. Seguía dándole miedo. Seguía siendo real. Pero algo había cambiado. Una parte de él ya no estaba completamente allí para recibir el golpe.

Eso lo asustó.

Y también lo alivió.

Se quitó el traje. Lo dejó sobre la silla, arrugado. Se puso una camiseta vieja y se sentó en la cama. La maleta abierta parecía observarlo.

Pensó en Irene.

En la excursión a Segovia.

En el cuaderno azul.

En la ballena de la camiseta.

En la frase de Clara: “No conviertas eso en otra promesa para Irene.”

Daniel abrió el chat de su hija.

Escribió:

“Princesa, me alegro de que vayas a la excursión.”

Borró “princesa”.

Lo volvió a escribir.

Lo dejó.

Añadió:

“Cuando vuelva, hacemos algo especial.”

Miró la frase.

Cuando vuelva.

No “el mes que viene”.

Cuando vuelva.

La mentira tenía ahora un calendario internacional.

No envió el mensaje.

Lo borró.

Escribió solo:

“Me alegro de lo de Segovia. Te quiero.”

Envió.

La respuesta llegó cinco minutos después.

“Yo también. Buenas noches papa.”

Sin tilde.

Irene siempre olvidaba esa tilde.

Daniel se quedó mirando el mensaje hasta que la pantalla se apagó.

Después apagó la luz.

No durmió.

La habitación quedó en penumbra, con la franja de la persiana rota dibujando una línea sobre la pared. Desde la cama, Daniel veía la maleta abierta y el traje en la silla. Dos versiones de sí mismo. El hombre que vendía confianza. El hombre que se iba.

Ninguna parecía verdadera.

A las tres y veintiséis de la madrugada volvió a encender el móvil.

Abrió el correo del billete.

Lo leyó otra vez.

Madrid — Denpasar.

Ocho días.

Daniel sintió un frío lento recorrerle el cuerpo.

No era miedo exactamente.

Era algo más parecido a la lucidez.

Había cruzado una línea.

No la línea final. Todavía no. Todavía podía cancelar, arrepentirse, pedir ayuda, decirle a Clara que se había asustado, llamar a la asociación, aceptar que su vida era una ruina pero no un cadáver.

Todavía podía.

Esa fue la parte más terrible.

La libertad seguía allí.

Pequeña, humillante, difícil.

Y Daniel, que siempre había sido muy bueno encontrando argumentos, empezó a preparar los necesarios para no usarla.