Capítulo 5 — Solo ida
Daniel no compró el billete aquella noche.
Lo tuvo delante durante cuarenta y tres minutos, que era una forma bastante sofisticada de no tomar una decisión mientras la decisión te miraba desde la pantalla.
Madrid — Denpasar.
Una escala larga.
Un precio que cambiaba cada vez que actualizaba, como si incluso los algoritmos hubieran aprendido a oler la desesperación.
Solo ida.
Esa expresión seguía ahí, limpia, pequeña, casi inocente.
Dos palabras que podían significar muchas cosas.
Un mochilero. Un nómada digital. Un divorciado con ansiedad.
Un hombre haciendo algo espontáneo por primera vez en su vida.
Un imbécil convencido de que el océano Pacífico tenía servicio de lavandería moral.
Daniel apoyó los codos sobre la mesa y se frotó la cara.
El corte bajo la mandíbula volvió a abrirse un poco. Notó el escozor. Se tocó y vio una mancha roja en la yema del dedo.
Seguía sangrando por sitios pequeños.
La habitación olía a ropa usada, papel viejo y miedo encerrado. En el pasillo, el opositor hablaba por teléfono con su madre en voz baja. Daniel escuchó fragmentos.
“No, mamá, estoy bien.”
“Sí, he cenado.”
“Mañana estudio más.”
Una mentira doméstica. Decente. De esas que se dicen para no preocupar a alguien que te quiere. Daniel sintió una envidia absurda. Hasta sus mentiras parecían vivir en una clase social inferior.
Miró el móvil.
No había mensajes nuevos de Clara.
No había mensajes de Irene.
Sí había tres llamadas perdidas del número desconocido y un mensaje que no abrió. No hacía falta. Las amenazas tenían poca creatividad. Uno podía leer una y entender el género completo.
Abrió la app del banco.
El saldo seguía allí, mutilado por su estupidez de la tarde.
El préstamo había entrado como una promesa y ya parecía un animal herido.
Podía usarlo para comprar tiempo.
Podía pagar una parte a unos, otra a otros, calmar a Sergio, respirar una semana, quizá dos. Podía llamar a la asociación de la tarjeta que Eduardo le había ofrecido. Podía decirle a Clara la verdad. Podía pedir ayuda.
Las opciones correctas tenían todas el mismo defecto: lo mantenían en Madrid.
Y Madrid ya no era una ciudad.
Era un sistema de reconocimiento facial.
Cada calle sabía algo de él. Cada bar, cada número desconocido, cada puerta, cada estación de metro. Madrid tenía la cara de Clara mirando el reloj, la voz de Irene diciendo “no pasa nada”, el pitido de la tarjeta rechazada, el silencio de Eduardo guardando la tarjeta de la asociación en un cajón.
Madrid no lo perseguía.
Madrid lo recordaba.
Eso era peor.
Daniel cerró la aplicación del banco y volvió a la página de vuelos.
El botón de reserva seguía ahí.
No lo pulsó.
En su lugar, abrió otra pestaña y buscó hoteles en Bali.
No porque pensara dormir bien allí.
Porque necesitaba vestir la idea de vacaciones.
La palabra “vacaciones” era útil. Tenía una respetabilidad casi infantil.
La gente la entendía. La gente no desconfiaba de un hombre que decía necesitar vacaciones después de un divorcio, problemas económicos y una temporada mala.
Al contrario. Lo animaban. Le decían que se despejara.
Que cambiara de aire. Que volviera con otra energía.
Qué hermosa era la sociedad cuando colaboraba con la huida usando frases de autoayuda.
Miró alojamientos baratos.
Habitaciones con ventiladores.
Camas blancas.
Piscinas pequeñas.
Desayuno incluido.
Fotos de templos, playas, motos, arrozales.
Todo parecía diseñado para personas que querían encontrarse a sí mismas. Daniel, en cambio, buscaba perderse con cierta eficacia.
Abrió la libreta.
Indonesia.
Filipinas.
No volver.
Se quedó mirando las tres líneas.
Todavía podía arrancar la página.
Eso lo sorprendió.
No porque fuera difícil hacerlo. Al contrario. La página era fina, barata, vulgar. Podía arrancarla, romperla en cuatro pedazos, tirarla a la basura y despertar al día siguiente siendo el mismo Daniel de siempre: arruinado, amenazado, cobarde, pero todavía localizable.
Arrancar la página era más fácil que continuar.
Quizá por eso no lo hizo.
Debajo escribió:
Vacaciones.
La palabra quedó ridícula. Tan limpia al lado de “no volver” que parecía escrita por otra persona.
Luego añadió:
Necesito ordenar mi cabeza.
Eso ya sonaba mejor. Era una frase que podía decirle a Clara. Incluso podía creérsela durante unos segundos, que siempre ayudaba a mentir con naturalidad.
Se levantó y fue hasta la maleta negra.
La abrió.
Dentro había ropa doblada de cualquier manera, una toalla, un cargador antiguo, unos papeles, una camiseta de Irene que se había llevado por error hacía meses. Daniel la sacó despacio.
Era una camiseta blanca con un dibujo de una ballena azul. Le quedaría pequeña ya. La recordaba usándola un verano en una piscina municipal, saltando al agua con gafas rosas y esa falta de vergüenza corporal que los niños pierden antes de que nadie les explique por qué.
La sostuvo demasiado tiempo.
Después la dejó sobre la cama.
No sabía si devolverla.
No sabía si guardarla.
No sabía si tenía derecho a tocarla.
El móvil vibró.
Esta vez era Clara.
Daniel sintió un sobresalto absurdo, como si ella pudiera ver la libreta desde Arganzuela.
Contestó.
—¿Sí?
—¿Estabas dormido?
—No.
—Te he escrito antes.
Daniel miró la pantalla. No había visto el mensaje. O sí lo había visto y su cabeza lo había archivado en ese lugar donde guardaba las cosas que podían exigirle algo.
—Perdona. He estado liado.
—Ya.
Ese “ya” de Clara tenía más historia que algunas novelas familiares.
—¿Pasa algo? —preguntó Daniel.
—Irene tiene que llevar una autorización firmada para la excursión. Te la mandé por correo hace dos semanas.
Daniel cerró los ojos.
Claro.
La autorización.
Un papel. Una firma. Una responsabilidad tan pequeña que casi daba risa. Daniel era perfectamente capaz de fallar incluso en tareas que cabían en un folio.
—La tengo —mintió.
—No la tienes.
—Clara.
—El tutor me ha escrito. Falta tu firma.
Daniel miró la mesa. Cartas sin abrir. Papeles. Sobres. Publicidad. La autorización podía estar allí, bajo algún requerimiento de deuda, aplastada por la biografía administrativa de su fracaso.
—La busco y te la mando mañana.
—La necesitas escanear.
—Lo haré.
—¿Seguro?
Daniel odió la pregunta.
No porque fuera ofensiva.
Porque era necesaria.
—Sí.
Hubo un silencio.
—Daniel, si no puedes con estas cosas, dímelo. No pasa nada.
No pasa nada.
Otra vez.
La frase que Irene había aprendido.
La frase que Clara usaba cuando ya había pasado todo.
Daniel miró la camiseta de la ballena sobre la cama.
—Puedo con una autorización, Clara.
—No va solo de una autorización.
—Últimamente nada va de lo que va.
—Porque tú conviertes todo en símbolo.
Daniel soltó una risa seca.
—Eso suena a frase de terapia.
—Quizá deberías probarla alguna vez.
La respuesta le entró limpia, sin violencia.
Daniel caminó hasta la ventana. La calle estaba oscura. En el edificio de enfrente, alguien cenaba frente a la televisión. La luz azul parpadeaba sobre una mesa pequeña.
—Estoy pensando en irme unos días —dijo.
La frase salió antes de que pudiera medirla.
Al otro lado, Clara no respondió.
Daniel sintió que acababa de abrir una puerta que tal vez no sabría cerrar.
—¿Irte dónde? —preguntó ella.
—Fuera.
—Eso no es un sitio.
—Indonesia.
Silencio.
Esta vez fue más largo.
Daniel imaginó a Clara apartando el móvil de la oreja, mirando la pantalla, comprobando que seguía hablando con el mismo hombre que no había podido comprar un cuaderno de doce euros.
—¿Indonesia? —repitió.
—Sí.
—Daniel.
—Necesito salir de aquí.
—¿Con qué dinero?
Ahí estaba Clara. Siempre directa hacia el hueso. Nunca respetaba las envolturas bonitas. Una falta de educación espantosa para alguien que intentaba mentirse con estética.
—He cobrado algo.
—¿Algo?
—Un trabajo pendiente.
La mentira ya estaba usada, pero todavía caminaba.
—¿Y en vez de pagar deudas te vas a Indonesia?
Daniel apretó los dedos contra el marco de la ventana.
—No es tan simple.
—Nunca lo es contigo.
—Necesito ordenar mi cabeza.
La frase de la libreta funcionó peor en voz alta.
Incluso Daniel lo notó.
Clara respiró despacio.
—¿Desde cuándo estás pensando eso?
—No lo sé. Poco.
—¿Poco es hoy?
Daniel no respondió.
—Daniel.
—No quiero discutir.
—Yo tampoco. Por eso te estoy preguntando con calma.
La calma de Clara era una forma de precisión quirúrgica. Abría sin manchar.
—Unos días fuera me pueden venir bien —dijo él—. Volver con otra perspectiva.
—¿Y qué perspectiva esperas encontrar a once mil kilómetros que no puedas encontrar aquí hablando con un médico?
—No empieces con eso.
—No estoy empezando. Estoy señalando que quizá tu problema no sea Madrid.
Daniel se giró hacia la habitación.
La maleta abierta.
La camiseta de Irene.
La libreta.
La página de vuelos brillando en el portátil.
Todo parecía declararlo culpable en silencio.
—No voy a hacer nada malo —dijo.
La frase quedó suspendida.
Qué frase tan curiosa, pensó Daniel. Nadie la dice antes de hacer algo claramente bueno.
—No sé qué significa eso —respondió Clara.
—Significa que necesito respirar.
—Tienes una hija.
—Lo sé.
—No. Saberlo no es lo mismo que actuar como si lo supieras.
Daniel cerró los ojos.
—Clara, por favor.
—¿Cuándo pensabas decírselo a Irene?
—Cuando lo tuviera claro.
—Entonces todavía no lo tienes claro.
Daniel miró la pantalla del portátil.
Madrid — Denpasar.
Solo ida.
—No —dijo.
Y por un segundo fue verdad.
No lo tenía claro.
No del todo.
La idea seguía siendo una forma sin nombre, un animal debajo de la cama. Todavía podía llamarla vacaciones. Todavía podía fingir que volvería. Todavía podía reservar una vuelta. Todavía podía hacer que todo pareciera razonable.
—No le digas nada hasta que sepas qué vas a hacer —dijo Clara.
—No soy idiota.
—No, Daniel. Ese nunca fue el problema.
La frase cayó despacio.
Él se apoyó en la pared.
—¿Entonces cuál fue?
Clara tardó.