Capítulo 4 — La última apuesta #2
Un silencio breve, administrativo.
Marcador: 1-2.
Daniel miró la pantalla sin entender del todo. No porque el resultado fuera imposible. Precisamente porque era demasiado posible. La realidad tenía esa vulgaridad: casi nunca te destruía con milagros, sino con consecuencias.
El chico de la sudadera soltó una carcajada fea.
—Siempre igual.
Siempre igual.
Daniel dejó los tickets en la máquina.
La apuesta inicial perdida.
La segunda perdida.
La tercera perdida.
El dinero no desapareció de forma espectacular. No hubo golpe de música, ni cámara lenta, ni iluminación dramática. Solo números descontados, tickets sin valor, una pantalla ofreciendo nuevas cuotas para gente que todavía quería discutir con la evidencia.
Daniel metió la mano en el bolsillo interior.
Los quinientos euros seguían allí.
Podía parar.
Todavía.
La frase llegó limpia:
Recupero lo perdido y me voy.
Esa era la frase más peligrosa del idioma.
No “te odio”.
No “me voy”.
No “firma aquí”.
Recupero lo perdido y me voy.
La puerta de todos los infiernos con felpudo de lógica.
Daniel miró otra pantalla.
Baloncesto.
Partido en directo. Un equipo perdía de ocho al final del tercer cuarto. Cuota interesante. Había remontadas todo el tiempo. Ocho puntos no eran nada. En baloncesto ocho puntos eran una mala racha, un triple, una pérdida, dos tiros libres. Ocho puntos eran una opinión.
Sacó cien euros de los quinientos.
Los miró.
No.
Los volvió a guardar.
Sacó la tarjeta.
La introdujo en la máquina.
Denegada.
La máquina no hizo drama. Solo informó.
Daniel sintió que alguien lo había visto desnudo.
Probó otra tarjeta.
Denegada.
El empleado del mostrador levantó la vista, apenas.
Daniel retiró la tarjeta.
Miró el reloj.
Siete y cincuenta y tres.
El teléfono vibró.
“Última vez. ¿Dónde estás?”
Daniel salió del local.
El aire frío le golpeó la cara con una violencia justa. Caminó unos metros sin dirección. Luego se detuvo junto a una papelera y sacó los quinientos euros.
Diez billetes.
Podía entregarlos.
Podía decir que no había podido antes.
Podía cerrar eso.
Pero ahora la pérdida en el local le ardía en la cabeza.
No por la cantidad. Por el mecanismo interrumpido.
La apuesta perdida no se sentía como una decisión mala, sino como una conversación cortada antes de poder explicarse.
La mente de Daniel no aceptaba el final. Quería una réplica. Una última palabra.
Miró hacia la acera de enfrente.
Otro local.
Más pequeño.
Cristales oscuros.
Sin vinilos brillantes. Peor. Más discreto. Más de barrio. Menos teatro, más hábito.
Daniel cruzó.
Mientras esperaba el semáforo, se dijo que solo cambiaría un billete. Cincuenta euros. Nada más. Una apuesta rápida. Algo con cuota baja. Recuperar parte, calmar la cabeza, pagar lo de Sergio.
El semáforo se puso verde.
Daniel cruzó hacia el local como quien se acerca a una explicación.
Dentro había menos luz. Dos máquinas, una barra pequeña, una pantalla con carreras, otra con fútbol sudamericano. Un hombre con chaleco hablaba por teléfono cerca de la puerta. El encargado, un tipo de barba canosa, apenas lo miró.
Daniel cambió un billete de cincuenta.
La máquina tragó.
Apostó a una cuota baja.
Perdió.
Cambió otro.
Apostó.
Ganó algo.
No lo suficiente.
Reinvirtió.
Perdió.
Entonces ya no estaba jugando para ganar dinero.
Jugaba para corregir la escena anterior.
Para demostrar que el error no era él, sino el momento, la elección, la mala suerte, el árbitro, la cuota, la máquina, la configuración secreta del universo.
Cambió otro billete.
Y otro.
A las ocho y dieciocho, Daniel Salcedo seguía allí.
A las ocho y veintisiete, le quedaban doscientos euros de los quinientos.
A las ocho y treinta y uno, el número desconocido llamó.
Daniel miró el móvil vibrar sobre la repisa de la máquina.
No contestó.
A las ocho y cuarenta y dos, le quedaban cincuenta.
A las ocho y cuarenta y seis, no le quedaba nada.
El último ticket perdió en una carrera de galgos que Daniel ni siquiera había visto.
Apostó porque el perro llevaba el número tres y el tres era el día del cumpleaños de Irene.
Esa fue la explicación que su cabeza fabricó después de pulsar, tarde, como un abogado borracho intentando defender un asesinato ya confesado.
El galgo número tres salió mal, corrió peor y terminó penúltimo.
Daniel miró la pantalla.
No sintió rabia.
Eso fue lo peor.
La rabia habría sido humana. Habría permitido gritar, culpar, golpear una pared, prometer no volver. Pero no sintió rabia. Sintió una quietud inmensa. Como si algo dentro de él hubiera dejado de intentar salvar los muebles y se hubiera sentado a mirar el incendio.
El encargado lo observaba desde la barra.
—¿Todo bien?
Daniel giró la cabeza.
—Sí.
La palabra salió perfecta.
Sí.
Todo bien.
No tenía el dinero.
Había ignorado llamadas.
Había perdido los quinientos euros que no eran suyos.
Tenía deudas, un préstamo nuevo, una hija que le daba las gracias por una excursión, una exmujer que ya no gritaba, una amenaza esperando respuesta y dos nombres escritos en una libreta: Indonesia y Filipinas.
Todo bien.
Salió del local.
Madrid había oscurecido. Las luces de los coches dibujaban líneas rojas sobre el asfalto mojado.
En un balcón, alguien fumaba. Un autobús frenó con un suspiro mecánico.
Un grupo de adolescentes pasó riéndose, con esa crueldad involuntaria de la gente que todavía cree que la noche empieza por diversión y no por fuga.
Daniel caminó sin saber hacia dónde.
El móvil vibró otra vez.
Esta vez contestó.
—¿Dónde estás? —preguntó la voz.
Daniel miró la calle.
Podía mentir.
Siempre podía.
Pero estaba cansado.
—No tengo el dinero.
Silencio.
Luego una risa corta.
—¿Qué?
—No lo tengo.
—Pues consíguelo.
—No puedo.
—Daniel, escucha bien. No me importa si puedes o no.
Daniel cerró los ojos.
—Mañana.
—No.
—Mañana te doy algo.
—Hoy has tenido dinero.
Daniel abrió los ojos.
Un taxi pasó despacio junto a él. Durante un segundo vio su reflejo en la ventanilla: traje oscuro, cara pálida, el corte de afeitar todavía marcado bajo la mandíbula.
—Lo he perdido —dijo.
La frase quedó en el aire.
Simple.
Fea.
Verdadera.
La voz al otro lado tardó en responder.
—Eres gilipollas.
Daniel casi agradeció la precisión.
—Sí.
—Mañana a primera hora. Y no me vuelvas a colgar.
La llamada terminó.
Daniel bajó el móvil.
Durante unos segundos se quedó inmóvil en mitad de la acera. La gente lo rodeaba. Nadie lo miraba demasiado. Madrid tenía una capacidad casi profesional para no involucrarse en los hundimientos ajenos. Era una ciudad educada en ese sentido: te dejaba caer sin interrumpir el tráfico.
Empezó a caminar hacia su habitación.
No pensó en apostar más.
No pensó en pagar.
No pensó en pedir ayuda.
Pensó en el local de apuestas, en los billetes entrando uno a uno, en el galgo número tres perdiendo por una distancia ridícula, en Irene dando las gracias por treinta y cinco euros, en Clara diciendo: “No le prometas cosas que no sabes si vas a cumplir.”
Tenía razón.
Clara siempre tenía razón en los momentos menos útiles.
Al llegar al portal del piso compartido, se quedó fuera un rato. No quería entrar. Entrar significaba volver a ser un hombre en una habitación con cartas sin abrir. Quedarse fuera tampoco solucionaba nada, pero al menos la calle tenía amplitud suficiente para que la vergüenza respirara.
Sacó la libreta.
La abrió por la primera página.
Indonesia.
Filipinas.
Debajo, con la mano un poco más firme de lo que esperaba, escribió:
No volver.
Miró las tres palabras.
No volver.
Ya no eran una fantasía. Ya no eran una búsqueda de vuelos. Ya no eran cansancio.
Eran una dirección moral.
Una dirección espantosa, sí, pero dirección al fin.
Daniel guardó la libreta.
Subió las escaleras.
En el pasillo, uno de sus compañeros de piso hablaba por teléfono con su madre.
Decía que el examen había ido regular, que no sabía si aprobaría, que estaba cansado pero iba a seguir.
Una vida pequeña, normal, obstinada. Una vida que aceptaba la derrota sin convertirla inmediatamente en plan de fuga. Daniel sintió por él una envidia feroz.
Entró en su habitación.
Cerró la puerta.
Se quitó la chaqueta y la dejó sobre la silla. El traje ya no parecía una coartada. Parecía una prueba.
Abrió el portátil.
La página de vuelos seguía en el historial.
Madrid — Denpasar.
Solo ida.
Daniel apoyó los dedos sobre el teclado.
Por primera vez en todo el día, no intentó justificarse.
No se dijo que era temporal.
No se dijo que lo arreglaría.
No se dijo que era por Irene.
No se dijo que Clara estaría mejor.
No se dijo nada.
A veces la cobardía, cuando por fin deja de hablar, revela su verdadera forma.
Daniel miró la pantalla hasta que los ojos le ardieron.
Luego buscó fechas.
Y esta vez no cerró la pestaña.