Nadie reclama a los ahogados Capítulo 4 — La última apuesta
5%

Capítulo 4 — La última apuesta

A las siete y diecisiete de la tarde, Daniel Salcedo estaba delante de un cajero automático con quinientos euros en la mano y la sensación humillante de estar a punto de hacer lo correcto.

El cajero había escupido los billetes con una lentitud obscena.

Diez de cincuenta, nuevos, rígidos, casi limpios.

Daniel los sostuvo unos segundos antes de guardarlos en el bolsillo interior de la chaqueta, junto al móvil, cerca del pecho.

Le pareció un lugar adecuado. El dinero y el miedo siempre habían sabido encontrar el corazón.

El mensaje del número desconocido seguía en la pantalla.

“Antes de las ocho. No hagas tonterías.”

No hagas tonterías.

Daniel casi sonrió.

Tarde para eso, campeón.

Había pasado la tarde caminando por Madrid con el portátil en la mochila y la libreta en el bolsillo. Indonesia. Filipinas. Dos nombres escritos con bolígrafo negro como si fueran destinos turísticos y no los primeros ladrillos de una tumba administrativa.

A las seis y media, después de mirar la cuenta del banco durante demasiado tiempo, decidió sacar el dinero. Pagar los quinientos. Comprar un poco de silencio. Eso era lo sensato. Lo adulto. Lo casi digno.

Y ahora tenía los billetes.

Solo tenía que llamar.

Solo tenía que quedar en algún sitio.

Solo tenía que entregar el dinero y volver a su habitación, abrir el portátil, seguir buscando vuelos, pensar con calma.

Calma.

Daniel hacía años que usaba esa palabra como otros usan estampitas religiosas.

Guardó el dinero y empezó a caminar hacia Delicias.

El aire era frío. Los escaparates encendidos daban a la calle un brillo falso, de ciudad que sabe fingir prosperidad incluso cuando la mitad de sus habitantes están calculando cuánto queda hasta la próxima nómina.

Pasó frente a una farmacia, una tienda de móviles, una frutería con cajas de mandarinas en la entrada y un local de apuestas con los cristales cubiertos de vinilos brillantes.

Se detuvo.

No de golpe.

No como en las películas, donde la tentación aparece con música y luces rojas, porque la vida real suele ser más cutre y, por tanto, más peligrosa.

Solo redujo el paso.

En la pantalla exterior del local aparecían cuotas de fútbol, baloncesto, tenis.

Números cambiando. Promesas disfrazadas de matemáticas.

Una ruleta digital giraba en silencio junto a la imagen congelada de un delantero celebrando un gol con los brazos abiertos, como si hubiera resucitado para anunciar depósitos mínimos.

Daniel miró el reloj.

Siete y veintidós.

Tenía tiempo.

Ese fue el primer error.

Pensar “tengo tiempo”.

El segundo fue pensar “solo voy a mirar”.

El tercero fue entrar.

Dentro olía a café quemado, ambientador dulce y derrota masculina.

Había cinco personas. Dos hombres mayores mirando carreras de galgos en una pantalla.

Un chico con sudadera gris haciendo combinadas en una máquina.

Una mujer sentada frente a la ruleta electrónica con el bolso sobre las rodillas y la expresión vacía de quien ya no juega para ganar, sino para que el tiempo no avance.

Detrás del mostrador, un empleado joven levantó la vista.

—Buenas.

—Buenas.

Daniel no era habitual de ese local concreto. Esa era parte de la mentira que se contó al entrar. No era “su” sitio. No lo conocían. No contaba. Como si la adicción respetara la geografía.

Se acercó a una máquina y tocó la pantalla.

Solo mirar.

Fútbol.

Partidos en directo.

Baloncesto europeo.

Tenis en Doha.

Caballos.

Ruleta.

Casino.

Promociones.

El mundo entero reducido a probabilidades con colores agradables.

Daniel metió la mano en el bolsillo interior de la chaqueta y tocó los billetes. El papel le dio seguridad. No iba a usarlos. No esos. Esos tenían destino. Esos eran para comprar silencio, no esperanza.

Sacó el móvil.

Abrió la aplicación bancaria.

Todavía quedaba dinero del préstamo. No mucho, si uno lo comparaba con sus deudas. Demasiado, si uno lo comparaba con su capacidad para destruirlo.

Volvió a la pantalla de apuestas.

Había un partido empezado. Segunda división. Un equipo perdiendo en casa al descanso, cuota alta para remontada o empate. Daniel conocía la categoría lo justo para saber que no conocía nada, pero eso nunca había detenido a nadie con una intuición y una enfermedad.

Miró estadísticas.

Posesión.

Tiros.

Córners.

Tarjetas.

El equipo que perdía había tirado más. Había tenido dos ocasiones claras. El rival jugaba con un central amonestado. En la cabeza de Daniel, los datos empezaron a ordenar una historia.

No era azar.

Era lectura.

No era impulso.

Era análisis.

No era ludopatía.

Era oportunidad.

La mentira no necesitaba ser buena. Solo necesitaba llegar antes que la vergüenza.

Metió veinte euros.

Solo veinte.

La máquina aceptó el billete con un ruido breve, casi educado.

Daniel seleccionó empate o victoria local.

Dudó. El empate era más prudente. La victoria local pagaba mejor.

Si apostaba veinte a victoria, podía sacar una cantidad decente.

Nada espectacular. Lo suficiente para cubrir algo, quizá para pagar a Sergio y no tocar tanto el dinero de la cuenta.

Qué frase tan limpia: no tocar tanto.

Como si el problema fuera la conservación del saldo y no el movimiento de su mano.

Apostó.

El ticket salió con un zumbido.

Daniel lo sostuvo entre los dedos.

El papel era caliente.

Siempre le había impresionado eso. Que una apuesta recién impresa tuviera temperatura. Parecía viva durante unos segundos. Luego se enfriaba y se convertía en prueba.

Miró la pantalla.

Minuto cincuenta y uno.

El equipo local atacaba.

Daniel sintió un golpe en el pecho.

No miedo.

Algo peor.

Interés.

La vida, que media hora antes era una sucesión gris de amenazas, adquirió de pronto una forma simple: un balón, un marcador, una cuota.

Durante unos minutos no fue padre, ni deudor, ni exmarido, ni hombre que buscaba vuelos a países lejanos.

Fue solo alguien esperando que un desconocido centrara bien desde la derecha.

Eso era lo que nadie entendía.

No se jugaba solo por dinero.

El dinero era el uniforme.

Lo que Daniel compraba era desaparición momentánea.

Una anestesia con marcador.

El local gritó suavemente cuando hubo ocasión. El chico de la sudadera golpeó la máquina con dos dedos.

—Vamos, joder.

Daniel sonrió sin querer.

Pertenecer a una ruina colectiva siempre era menos humillante que arruinarse solo.

Minuto sesenta y dos.

Gol del equipo local.

El local reaccionó. No con alegría verdadera, sino con ese sobresalto común de los que creen haber visto una señal. Daniel apretó el ticket.

Empate.

Su apuesta iba bien.

Tenía que parar ahí.

Podía cobrar si el resultado se mantenía. O cerrar la apuesta, si la máquina lo permitía. Sacar algo. Poco, pero algo. Dar media vuelta. Irse. Pagar. Seguir vivo un día más con una derrota menos.

La pantalla ofreció cierre anticipado.

Ganancia pequeña.

Daniel la miró.

Pequeña.

Esa palabra le pareció insultante.

La pequeña ganancia era para gente pequeña. Para hombres que aceptaban migajas. Para personas capaces de mirar una oportunidad y decir “suficiente”, esa palabra repugnante con la que los cobardes disfrazaban su falta de ambición.

No cerró.

Minuto setenta.

El equipo local seguía empujando.

Daniel sacó el móvil. Miró la cuenta. Miró el reloj.

Siete y treinta y seis.

El número desconocido había enviado otro mensaje.

“¿Dónde estás?”

Daniel bloqueó la pantalla.

La realidad insistía demasiado.

Volvió a la máquina.

Había otra opción: siguiente gol, equipo local. Buena cuota. No absurda. Buena. Si marcaban, compensaba mucho más. Los datos lo apoyaban. La dinámica lo apoyaba. La necesidad lo apoyaba, y cuando la necesidad empieza a opinar sobre estadística, uno debería llamar a emergencias.

Daniel metió cincuenta euros.

No de los quinientos.

De la cuenta.

Técnicamente.

Como si el dinero tuviera compartimentos morales.

Apostó.

Minuto setenta y cuatro.

Córner.

El balón entró al área.

Un cabezazo.

Fuera por poco.

Daniel se llevó las manos a la nuca.

La mujer de la ruleta ni se movió.

Los galgos seguían corriendo en otra pantalla, animales flacos persiguiendo algo que nunca iban a alcanzar.

Daniel los vio de reojo y pensó que quizá alguien había inventado toda la industria del juego a partir de esa imagen: criaturas entrenadas para confundir la persecución con el sentido de la vida.

Minuto ochenta.

El equipo visitante hizo un cambio defensivo.

Buena señal.

El local iba a apretar.

Daniel metió otros cincuenta.

Esta vez no lo razonó.

La frontera entre decisión e impulso se cruzaba sin aduana.

Apostó a victoria local.

El empleado del mostrador bostezó.

La normalidad del local era insoportable. Para Daniel, cada minuto era una operación a corazón abierto. Para el empleado, era martes.

Minuto ochenta y cuatro.

Penalti reclamado.

No pitado.

El chico de la sudadera gritó algo contra el árbitro. Uno de los hombres mayores se rió con una tos seca. Daniel no dijo nada. Había aprendido hacía tiempo que insultar al árbitro no cambiaba el resultado, aunque proporcionaba una sensación momentánea de participación democrática.

Minuto ochenta y siete.

Gol anulado al local.

Fuera de juego.

La pantalla mostró la repetición. El delantero tenía medio hombro adelantado. Medio hombro. Una porción ridícula de cuerpo separando a Daniel de la reparación de su vida. El mundo siempre encontraba formas elegantes de burlarse.

Daniel miró el ticket inicial.

El empate todavía servía.

Respiró.

Siete y cuarenta y nueve.

Tenía once minutos.

Si quedaba empate, cobraría algo. No suficiente, pero algo. Si marcaba el local, mucho mejor. Si marcaba el visitante, todo se iba al demonio.

El pensamiento apareció antes que el gol.

Y quizá por eso, cuando el visitante recuperó el balón en el centro del campo, Daniel ya supo.

Contraataque.

Tres contra dos.

Pase a la banda.

Centro raso.

Gol.

El local quedó en silencio.