Capítulo 3 — El hombre que sabía vender #2
Las cosas eran la forma elegante que tenían los cobardes de decir “deudas”, “juego”, “divorcio”, “me han dicho que das problemas”. Daniel lo sabía porque él mismo había usado esa palabra mil veces cuando quería acercarse al daño sin mancharse los zapatos.
—Yo también he oído cosas de ti —dijo Daniel—. Casi todas aburridas.
—No juegues conmigo.
La palabra juego apareció en la habitación con una precisión cruel.
Daniel no pestañeó.
—No estoy jugando.
—Eso espero.
—Eduardo, si has oído que mi vida personal ha sido un desastre, no has oído una mentira. Si has oído que no sé vender, eso sí sería difamación.
Eduardo lo miró.
Daniel dejó que la frase respirara.
Era arriesgada. Reconocer una parte de la verdad desactivaba el resto. La gente confiaba más en una confesión pequeña que en una defensa completa. Daniel había vendido así durante años: concede algo, conserva lo importante.
—¿Estás limpio? —preguntó Eduardo.
Daniel sonrió apenas.
—Qué pregunta tan americana.
—Daniel.
—Estoy trabajando.
—No es lo mismo.
—Nunca lo es.
Eduardo se quedó callado.
Daniel vio la duda. No duda moral. Duda económica. Esa era más útil.
Sacó otra hoja.
—Te traigo diez nombres esta semana. Diez. No cien. No humo. Diez perfiles. Si de esos diez sacamos dos reuniones, hacemos números. Si no sale nada, me das la mano y me dices que sigo siendo un encantador hijo de puta sin mercado.
—No quiero líos.
—Por eso te lo propongo así. Sin adelanto.
Daniel dijo “sin adelanto” porque sabía que Eduardo esperaba oír lo contrario. Y porque pedir un adelanto en la primera reunión habría sido vulgar. La desesperación, cuando se vestía de prudencia, parecía profesional.
—¿Nada de adelanto? —preguntó Eduardo.
—Nada.
—¿Ni gastos?
—Ni gastos.
Eduardo bajó la mirada a la hoja.
La había mordido.
No entera, pero sí lo suficiente.
Daniel sintió el viejo placer. No alegría. Placer. La sensación de mover a alguien de un punto a otro sin que se diera cuenta del todo. Era un placer feo, íntimo, parecido al de una apuesta cuando el marcador todavía permitía imaginar la remontada.
—Pruébalo —dijo Eduardo al fin—. Diez nombres. Sin usar mi marca hasta que yo lo autorice. Sin prometer condiciones. Sin tocar documentación. Si veo algo raro, se acaba.
Daniel extendió la mano.
—Eso es un sí muy vestido de amenaza. Me sirve.
Eduardo le estrechó la mano.
—Y una cosa más.
—Dime.
—Si necesitas ayuda de verdad, esto no te la va a dar.
Daniel retiró la mano.
—No he venido a pedir ayuda.
—Eso ya lo sé.
Eduardo abrió un cajón y sacó una tarjeta. La dejó sobre la mesa, boca arriba.
Daniel no necesitó leerla entera. Vio “Asociación”, “Juego”, “Adicciones comportamentales”.
Por supuesto.
La vida tenía un sentido del humor pésimo y una logística impecable.
—Marcos me dio una igual una vez —dijo Daniel.
—Pues quizá era buena idea.
—Marcos siempre tuvo vocación de cura sin fe.
—Y tú de ahogado que critica la temperatura del agua.
Daniel sonrió, pero esta vez no salió bien.
—Me llevo lo de la colaboración —dijo.
—Llévate también la tarjeta.
—No.
—Daniel.
—No.
La palabra quedó limpia, dura, infantil.
Eduardo recogió la tarjeta lentamente y la guardó otra vez en el cajón. No insistió. Eso fue peor. La insistencia habría permitido a Daniel sentirse perseguido. La ausencia de insistencia lo dejaba a solas con su negativa.
Salió de la oficina a las doce y treinta y nueve.
En la calle, el frío le pareció más claro. Había conseguido algo. Una pequeña oportunidad. Diez nombres. Una puerta lateral. Nada que resolviera su vida, pero sí lo suficiente para que una parte de su cabeza intentara fabricar una esperanza.
Esa parte duró tres minutos.
El móvil vibró.
Número desconocido.
Esta vez contestó.
—¿Sí?
—Daniel Salcedo.
No era pregunta.
La voz era joven, masculina, áspera. No sonaba a oficina. No sonaba a banco. Los bancos tenían voces entrenadas para fingir que la violencia era un procedimiento. Esta voz ni siquiera se molestaba.
—¿Quién eres?
—Alguien que espera.
Daniel siguió caminando.
—Pues tendrás que concretar. Hay cola.
—No te hagas el gracioso.
La frase no venía con rabia. Venía con cansancio. Peor.
Daniel notó un punto frío en el estómago.
—Dile a Sergio que esta semana le doy algo.
—Hoy.
—Hoy no puedo.
—Has cobrado.
Daniel se detuvo en seco.
La gente tuvo que esquivarlo.
—¿Qué has dicho?
—Que has cobrado.
El ruido de Madrid bajó de volumen alrededor de él.
Daniel miró los coches, los balcones, una mujer con bolsas, un repartidor subido a una moto. Todo siguió normal. Esa era una de las crueldades favoritas del mundo: permitir que tu pánico ocurriera en un decorado perfectamente cotidiano.
—No sé qué te han contado —dijo.
—Hoy antes de las ocho. Quinientos.
—No debo quinientos.
—Ahora sí.
La llamada se cortó.
Daniel se quedó mirando la pantalla.
Quinientos.
No era la cantidad más grande. Ni de lejos.
Había cifras mucho peores orbitando su vida: tarjetas, préstamos, cuotas, intereses, nombres que ya evitaba pronunciar.
Pero aquellos quinientos tenían otra textura.
No venían con carta certificada. No venían con plazo legal.
Venían con alguien que sabía que el dinero había entrado.
Eso significaba que su ruina ya hablaba entre sí.
Se metió en el primer bar que encontró.
No era uno conocido. Mejor. Pidió un café, se sentó al fondo y abrió el portátil con manos demasiado tranquilas.
Había una calma que no nacía del control, sino de la saturación.
Cuando el miedo se acumulaba demasiado, el cuerpo empezaba a administrarlo como una secretaria eficaz: esto ahora, esto luego, esto lo archivamos hasta el colapso.
Daniel abrió el correo.
Un mensaje de Eduardo ya estaba allí.
“Asunto: Colaboración comercial.”
Dentro, dos líneas:
“Pásame los perfiles iniciales. Lo vemos esta semana. Sin promesas a clientes hasta que yo revise.”
Daniel leyó el mensaje.
Había ganado una pequeña partida.
Y aun así no sintió nada.
Ni alivio.
Ni orgullo.
Solo la certeza matemática de que aquella oportunidad llegaba tarde, pequeña y mal orientada. Podía trabajar. Podía captar. Podía cerrar. Podía ganar algo. Podía pagar una parte. Podía pedir más tiempo. Podía correr detrás de una vida que ya iba tres estaciones por delante.
Abrió la aplicación del banco.
Miró el saldo.
El dinero del préstamo seguía ahí. Reducido por lo de Irene. Suficiente para tapar algunas bocas. Insuficiente para cerrar ninguna.
Abrió otra pestaña.
Vuelos Madrid Denpasar.
La búsqueda apareció por autocompletado antes de que terminara de escribir.
Daniel la miró como si el ordenador lo hubiera delatado.
Pulsó Enter.
Fechas.
Escalas.
Precios.
Solo ida.
La expresión “solo ida” tuvo una belleza obscena.
No decía vacaciones.
Decía abandono con buena interfaz.
Daniel tragó saliva.
Después abrió otra pestaña.
Filipinas islas tranquilas extranjeros.
No pulsó Enter enseguida.
Miró la frase.
Sonaba inocente. Sonaba a turista cansado, a hombre buscando playa, a oficinista con ansiedad que necesitaba mirar el mar durante dos semanas para volver diciendo que había aprendido a relativizar.
No sonaba a lo que era.
Eso le gustó.
Pulsó Enter.
Aparecieron nombres, fotos, mapas. Palawan. Cebú. Bohol. Siquijor.
Siquijor.
Daniel repitió el nombre en voz baja.
Tenía algo de conjuro barato, de isla que no necesitaba hacer promesas porque ya sonaba a desaparición.
El móvil vibró.
Mensaje de Clara.
“Irene dice gracias por lo de la excursión.”
Daniel leyó la frase.
Durante un momento, el bar, el portátil, el dinero, Eduardo y la llamada desaparecieron. Solo quedó Irene, quizá en su habitación, quizá aliviada porque iba a ir a Segovia como los demás. Una niña agradeciendo treinta y cinco euros como si su padre hubiera hecho algo digno de mención.
Daniel escribió:
“Dile que la quiero.”
Clara respondió al cabo de un minuto.
“Díselo tú cuando la veas.”
Daniel miró la frase.
Cuando la veas.
No “si la ves”.
Clara todavía le concedía futuro gramatical.
Qué generosa.
Qué cruel.
Abrió el chat de Irene.
La última conversación era del día anterior.
“Papá, ¿me traerás algo?”
Él había respondido:
“Claro, princesa.”
Daniel dejó el dedo sobre la pantalla, pensando en escribirle. Podía mandarle algo sencillo. Te quiero. Me alegro de lo de la excursión. Perdona lo del cuaderno. El mes que viene lo arreglamos.
El mes que viene.
Siempre el mes que viene.
Apagó la pantalla.
En el portátil, una página mostraba una playa imposible, un mar azul, una línea de palmeras inclinadas sobre la arena.
Daniel miró aquella imagen y entendió que la esperanza, cuando uno estaba desesperado, podía ser indistinguible de una mala idea.
Sacó una libreta pequeña de la mochila.
En la primera página escribió:
Indonesia.
Debajo:
Filipinas.
Luego, durante casi un minuto, no escribió nada más.
La camarera pasó junto a su mesa con una bandeja de tostadas. Dos hombres discutían en la barra sobre el precio del alquiler. Una mujer hablaba por teléfono diciendo que no podía más. Madrid seguía fabricando pequeñas derrotas con puntualidad industrial.
Daniel miró los dos nombres escritos.
Indonesia.
Filipinas.
No había un plan todavía.
Solo una dirección.
Pero Daniel sabía vender. Sabía que ninguna venta importante empezaba con el producto. Primero había que crear la necesidad. Luego el miedo. Luego la promesa. Después, cuando el cliente ya estaba preparado, se le ofrecía la salida como si hubiera sido idea suya.
Aquella tarde, en una mesa pequeña de un bar cualquiera, Daniel empezó a hacerse a sí mismo la última venta.
No la llamó huida.
No la llamó abandono.
No la llamó cobardía.
Todavía no.
La llamó plan.