Nadie reclama a los ahogados Capítulo 10 — El nombre falso #8
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Capítulo 10 — El nombre falso #8

Se levantó, fue al baño y se lavó la cara con agua fría.

El espejo pequeño estaba mal colocado y le cortaba la cabeza por arriba si no se inclinaba un poco.

Había algo grotesco en tener que agacharse para verse completo.

Como si incluso la habitación le pidiera una forma de humildad que él no sabía practicar.

—Papá —dijo en voz baja.

La palabra no le pertenecía.

Se la habían prestado.

La estaba usando mal.

Volvió a la mesa y respondió:

«Buenos días desde la isla. Luego te mando foto de día.»

Irene contestó rápido.

«Vale. Que sea bonita.»

Daniel miró la ventana. Afuera el cielo empezaba a aclararse entre árboles.

«Haré lo que pueda. Soy fotógrafo mediocre.»

«Ya lo sé.»

Daniel sonrió.

Eso era lo peor.

Seguía pudiendo sonreír.

Incluso allí.

Incluso así.

Bajó al comedor cuando la luz ya había crecido. Lian estaba colocando tazas sobre una mesa. Amara, la niña de la noche anterior, comía con uniforme escolar, la mochila apoyada contra una pata de la silla. La mujer mayor removía una olla al fondo.

—Morning —dijo Lian.

—Morning.

—You sleep?

Daniel dudó.

—Enough.

Lian lo miró un segundo.

—Enough again.

—It’s my favorite word now.

Ella sonrió apenas.

—Dangerous favorite.

Daniel se sentó junto al borde del comedor. Desde allí se veía una línea de mar entre dos árboles. No era la vista perfecta que se habría vendido bien en internet. Había una barca vieja, unas redes, un perro escarbando en la arena, una botella de plástico atrapada entre piedras.

La realidad, cuando no estaba encuadrada, siempre tenía algo de objeción.

Lian le llevó café y un plato con fruta, pan tostado y huevo.

—You want island tour today?

Daniel levantó la vista.

—Maybe.

Lian soltó aire por la nariz, casi una risa.

—Maybe man.

—It’s a good name.

—No. Bad name.

Daniel removió el café.

—Why?

—Because maybe man never stay, never go. Always middle.

La frase era demasiado exacta para venir de una mujer que apenas lo conocía.

O quizá era exacta por eso.

La gente que no conocía tu historia tenía la ventaja de no perderse en los detalles. Veía la forma general. La postura. La demora antes de responder. Las palabras repetidas. La manera de mirar la salida cuando alguien preguntaba por familia.

—Maybe I go around the island —dijo Daniel.

—Scooter?

—No.

Recordó los veinte minutos en Bali y su regreso humillante.

—I prefer not dying today.

Lian dejó el plato sobre la mesa.

—Good preference.

Amara levantó la vista.

—He afraid scooter?

Lian le dijo algo en una lengua que Daniel no entendió. La niña se rió.

Daniel señaló su pecho.

—Very afraid.

Amara sonrió por primera vez.

Tenía un diente un poco torcido.

Daniel sintió una ternura inmediata y se odió por eso.

La ternura no lo hacía mejor. Solo demostraba que todavía sabía reaccionar ante cosas pequeñas. Muchos hombres horribles aman a los perros, a los niños, a las canciones tristes. La sensibilidad no absuelve. A veces solo decora.

—There is boat later —dijo Lian—. Small tour. Some people go snorkeling. You can ask at beach.

Daniel sostuvo la taza de café.

Boat.

Barca.

Tour.

Palabras turísticas.

Inofensivas.

Palabras que podían existir en un mensaje a Irene sin levantar sospechas.

Voy en una barca.

Voy a ver peces.

Voy al mar.

El mar.

Daniel bebió café. Estaba demasiado dulce.

—Maybe —dijo.

Lian lo miró.

—Of course.

Después de desayunar, Daniel caminó hasta la orilla para tomar la foto prometida.

La luz de la mañana hacía la isla más amable.

El agua tenía un color limpio, transparente en las zonas bajas, azul más oscuro lejos.

Un par de barcas descansaban sobre la arena.

Había niños caminando hacia alguna parte, un perro tumbado con la cabeza sobre las patas, una mujer barriendo hojas como si la playa fuera una habitación más de la casa.

Daniel sacó el móvil.

Hizo una foto del mar.

Otra de las barcas.

Otra de un árbol inclinado.

Revisó las imágenes y eligió la más bonita.

No la más verdadera.

La envió a Irene.

«Foto de día.»

Irene respondió al cabo de unos minutos:

«Esa sí.»

Daniel escribió:

«Crítica aprobada.»

«Parece de película.»

Daniel miró la playa. En la foto, sí. En persona había humedad, insectos, olor a gasolina de una barca cercana, piedras incómodas, algas secándose y un hombre de cuarenta y dos años pensando cosas imperdonables.

«Un poco», escribió.

Después añadió:

«Hoy quizá voy en una barca.»

Antes de enviar, se detuvo.

La frase quedó allí.

Hoy quizá voy en una barca.

No era grave.

No tenía por qué serlo.

Miles de turistas escribían cosas así cada día sin convertirlas en prólogo de una catástrofe. Pero Daniel ya no podía escribir frases inocentes sin escuchar debajo la maquinaria.

Envió.

Irene respondió:

«Haz vídeo.»

Daniel cerró los ojos.

Vídeo.

Claro.

La época exigía pruebas en movimiento.

«Si puedo.»

«Y no se te caiga el móvil.»

Daniel miró el agua.

«No prometo nada.»

Ella respondió con un emoji de tiburón.

Daniel guardó el móvil.

El emoji, la broma, la foto, la mañana clara: todo parecía empeñado en dejar constancia de que el mundo todavía podía ser normal si él no lo rompía.

Y él seguía allí.

De pie frente al agua.

Pensando.

No en un plan completo.

Eso se decía.

No en un método.

No en detalles.

No en cómo.

Solo en la forma general de una ausencia.

Daniel había pasado años convirtiendo las cosas en narraciones útiles.

Esa era su deformación. Como vendedor, sabía que la gente no compraba hechos: compraba historias donde los hechos parecían inevitables.

Si un cliente dudaba, Daniel no le daba más datos.

Le daba una escena. Una familia. Una llamada. Una pérdida. Un futuro posible.

Ahora se estaba vendiendo una historia a sí mismo.

Un turista español.

Una isla.

Una excursión.

El mar.

Un accidente.

La palabra accidente tenía una belleza inmunda.

Permitía que nadie fuera culpable.

Permitía que Clara llorara sin saber.

Permitía que Irene odiara al destino, no a su padre.

Permitía que las deudas se quedaran buscando a un muerto.

Permitía que Daniel dejara de responder sin que el silencio pareciera elección.

Accidente.

Qué palabra tan generosa con los cobardes.

A media mañana caminó hasta una zona donde ofrecían salidas en barca. No estaba lejos. El cartel prometía tours, snorkeling, beach, sunset, palabras que habían sido diseñadas para que los turistas no tuvieran que pensar demasiado en nada.

Daniel se quedó a distancia.

No se acercó enseguida.

Se dijo que solo estaba mirando.

La frase volvió a él como un perro enfermo.

Solo mirando.

Había mirado vuelos.

Había mirado cuotas.

Había mirado Manila.

Había mirado Siquijor.

Casi todo lo malo de su vida había empezado con esa humildad falsa: solo mirar.

Un hombre con gorra le hizo un gesto.

—Tour? Snorkeling?

Daniel sonrió.

—Maybe.

El hombre sonrió también.

—Today good sea. Calm.

Mar tranquilo.

Qué oportuno.

Había otros turistas. Una pareja joven, quemada por el sol, con esa torpeza feliz de quienes confían en que el día solo va a ser un recuerdo. La mujer llevaba una cámara acuática. El hombre se ajustaba unas gafas de buceo sobre la frente.

Daniel pensó en irse.

Fue un pensamiento claro.

Podía volver a la guesthouse. Comer. Dormir. Hablar con Lian. Responder a Clara. Comprar un billete de vuelta. Escribir a Irene: «Me he asustado. Vuelvo.»

Podía.

El cuerpo incluso inició el movimiento.

Un paso atrás.

Luego el móvil vibró.

Clara.

No leyó el mensaje.

La vibración bastó.

Todo lo que esperaba al otro lado del teléfono cayó sobre él en una sola masa: preguntas, deudas, regreso, vergüenza, Eduardo, Sergio, explicaciones, la cara de Clara, Irene entendiendo poco a poco que su padre no estaba de viaje, sino deshaciéndose.

Daniel apagó la pantalla.

Dio el paso hacia la barca.

El precio fue pequeño.

Eso también le dio náuseas.

A veces el mundo parecía poner importes razonables a cosas que deberían haber sido imposibles de comprar.

Subieron.

La isla empezó a alejarse despacio.

Desde el agua, Siquijor parecía más inocente. Verde, baja, tranquila, con casas pequeñas entre árboles y una línea de costa que no sabía nada de él. Daniel miró hacia la zona de la guesthouse. No podía verla bien, pero imaginó el comedor, las mesas, Lian sirviendo café, Amara con su cuaderno.

Family there?

They know you are here?

Sí.

No.

Más o menos.

Mentiras por capas.

La barca avanzó sobre un mar dócil. Daniel no escuchaba las explicaciones completas. Entendía fragmentos: tiempo, peces, cuidado, volver, señal. Lo suficiente para asentir. Lo suficiente para parecer un turista más.

Siempre lo suficiente.

El agua cambiaba de color según la profundidad.

Claro.

Azul.

Verde.

Oscuro.

Las zonas oscuras le atraían la mirada.

No porque fueran bonitas.

Porque ocultaban.

En una parada, los turistas entraron al agua con entusiasmo. Daniel se quedó sentado al principio. Luego sacó el móvil. Había una señal débil y un mensaje de Clara recibido antes:

«Dime el nombre de la isla.»

Daniel lo leyó.

Dime el nombre de la isla.

No «por favor».

No «cuando puedas».

Dime.

Clara había dejado de pedir adornos.

Daniel abrió el chat.

Escribió:

«Siquijor.»

Lo miró.

El nombre, allí, en el chat con Clara, perdió parte de su poder secreto. Ya no era solo una palabra en la libreta. Era un dato. Una coordenada moral.

Podía enviarlo.

Eso lo haría localizable.

Eso no arreglaría nada, pero dejaría una línea.

Una línea es mucho cuando alguien empieza a borrarse.

Daniel mantuvo el dedo sobre enviar.

La pareja reía en el agua.

El guía joven decía algo.

La barca se balanceaba suavemente.

Daniel sintió una presión en el pecho.

Envió el mensaje.

Una raya.

Esperó.

La segunda no apareció.

Sin señal.

Daniel miró la pantalla.

Siquijor.

No enviado.

Durante unos segundos pudo insistir. Levantar el móvil. Buscar cobertura. Cuidar esa línea mínima que todavía lo unía a tierra.

No lo hizo.

Apagó el móvil.