Capítulo 2 — Clara ya no gritaba #2
Daniel miró la maleta negra en la esquina.
Algo.
La palabra pareció encenderse sola.
—No sabes cómo estoy —dijo.
—Sí lo sé.
—No. No lo sabes.
—Sé cómo estás porque he vivido al lado de cada versión de esto. La versión arrepentida, la versión optimista, la versión agresiva, la versión enferma, la versión de “última vez”, la versión de “ahora sí”.
Daniel tragó saliva.
—Eso no es justo.
—Lo justo se acabó hace mucho.
Por el pasillo del piso compartido se oyó una puerta. Pasos. Un grifo. Alguien carraspeó con la intimidad grotesca de los desconocidos que comparten techo. Daniel bajó la voz sin querer.
—No quiero hacerle daño a Irene.
—Ya lo sé.
La respuesta de Clara fue tan rápida que lo dejó sin aire.
—Entonces, ¿por qué me hablas así?
—Porque no querer hacer daño no te ha impedido hacerlo.
Daniel se sentó en la cama. El colchón se hundió bajo él con un quejido metálico.
Durante unos segundos ninguno habló.
Clara fue la primera.
—Irene tiene una excursión el mes que viene.
Daniel parpadeó. El cambio de tema lo descolocó.
—¿Qué excursión?
—Segovia. Con el instituto.
—Ah.
—Son treinta y cinco euros.
Daniel sintió que algo pequeño y miserable se cerraba en su pecho.
Treinta y cinco euros.
La cifra era insultantemente humana.
—Claro —dijo—. Te hago un Bizum.
Silencio.
—Daniel.
—Te lo hago.
—No me digas “te lo hago” si no vas a hacerlo.
—Tengo dinero ahora.
La frase salió sola.
Demasiado rápido.
Clara lo notó.
—¿Ahora?
Daniel cerró los ojos.
—Me ha entrado algo.
—¿De dónde?
—De un trabajo pendiente.
La mentira apareció sin esfuerzo. Pequeña, flexible, entrenada. Una mentira de andar por casa, con zapatillas.
Clara no preguntó más. Eso fue peor.
—Vale —dijo.
—Te lo envío hoy.
—Hazlo antes de decirle nada a Irene.
Daniel apretó el móvil.
—No soy un niño.
—No. Ojalá. Los niños, al menos, tienen excusa.
Aquello sí dolió. Y Clara debió de saberlo, porque se quedó callada después.
Daniel quiso responder con crueldad. Tenía frases.
Algunas muy buenas. Podía recordarle que ella también se había cansado, que no todo había sido culpa suya, que Clara sabía ser fría como una mesa de quirófano, que a veces lo había mirado más como expediente que como marido. Podía hacer daño. Todavía sabía.
No lo hizo.
Quizá por cansancio.
Quizá porque Irene estaba en algún lugar de aquel piso, desayunando cereales o peinándose frente al espejo, sin saber que sus padres seguían discutiendo incluso cuando hablaban en voz baja.
—Te mando lo de la excursión —dijo él.
—Gracias.
La palabra salió correcta, pero sin confianza.
Daniel miró la carta sin abrir sobre la mesa. En el sobre aparecía el logo de una financiera.
—Clara.
—Dime.
Durante un instante estuvo a punto de decirlo.
Estoy mal.
Muy mal.
No como antes.
Peor.
No sé qué hacer.
Ayúdame.
La frase llegó hasta la garganta, pero allí encontró la vieja aduana de su orgullo. Daniel podía pedir dinero con más facilidad que ayuda. El dinero tenía números, plazos, excusas. La ayuda exigía ponerse de rodillas sin contrato.
—Nada —dijo—. Que se lo digas a Irene. Lo de la excursión. Que vaya tranquila.
—Se lo diré cuando esté pagado.
Claro.
Siempre Clara, haciendo de la realidad una cosa verificable. Qué vulgaridad tan necesaria.
—Está bien.
—Adiós, Daniel.
—Adiós.
Clara colgó.
Daniel se quedó sentado con el móvil en la mano. La pantalla se apagó. En el reflejo oscuro vio su cara partida por una grieta de luz de la persiana.
Se levantó y fue al baño compartido. El espejo tenía manchas de pasta de dientes y una esquina negra.
Daniel se lavó la cara. El agua estaba fría.
Se miró durante unos segundos, intentando encontrar al hombre que Clara había amado al principio.
No lo encontró. Encontró una versión cansada, algo hinchada, con la barba desigual y los ojos demasiado atentos, como los de alguien que lleva años esperando una mala noticia y aun así se sorprende cuando llega.
Volvió a su habitación.
Hizo el Bizum de treinta y cinco euros a Clara.
Lo hizo rápido, casi con furia, como quien paga una multa injusta aunque sepa que la merece.
Después abrió la lista de movimientos.
El dinero del préstamo seguía allí, reducido apenas por aquella cantidad mínima. Daniel empezó a calcular.
Si pagaba el atraso de la tarjeta, le quedaría poco.
Si pagaba a la financiera, otra llamaría mañana.
Si pagaba al número desconocido, quizá se calmarían una semana.
Si pagaba el alquiler de la habitación, seguiría teniendo techo pero no salida.
Si pagaba una parte a todos, todos seguirían enfadados.
La aritmética de la ruina tenía una crueldad especial: cualquier operación daba el mismo resultado.
Abrió una de las cartas.
Leyó palabras sueltas.
Requerimiento.
Impago.
Intereses.
Procedimiento.
Fichero.
La lengua administrativa siempre le había parecido obscena. Podía convertir la destrucción de una vida en una escalera de sustantivos. Daniel la conocía bien. Había trabajado con ella. Había usado palabras parecidas para vender tranquilidad a personas que no entendían del todo lo que firmaban.
La tranquilidad era un producto magnífico.
El problema era cuando el vendedor se quedaba sin existencias.
Su móvil vibró.
Mensaje de Clara.
“Recibido.”
Luego otro.
“Gracias.”
Daniel miró la palabra.
Gracias.
Treinta y cinco euros habían comprado una gratitud mínima, casi burocrática. Ni siquiera era gratitud. Era confirmación de pago con educación.
Aun así, durante unos segundos, se sintió mejor.
Y esa fue la parte más miserable: lo fácil que era confundir una cuota pagada con una reparación moral.
Se sentó frente a la mesa. Apartó las cartas. Encendió el portátil viejo que usaba para buscar trabajo, mentir en formularios y apostar de madrugada cuando el móvil le parecía demasiado pequeño para perderse entero.
La pantalla tardó en responder. Daniel esperó con una paciencia que nunca había tenido para las personas.
Abrió el navegador.
Durante un rato miró ofertas de empleo sin leerlas. Comercial de seguros. Captador de clientes. Gestor de ventas. Asesor energético. Teleoperador con incentivos. Todas las ofertas parecían versiones rebajadas de sí mismo, trajes colgados en una tienda de segunda mano.
Luego, sin decidirlo del todo, escribió:
Vuelos baratos Indonesia marzo.
Se quedó mirando la búsqueda antes de pulsar Enter.
Indonesia.
No sabía por qué había escrito Indonesia y no otra cosa.
Quizá porque sonaba lejos de una forma limpia.
Quizá porque había visto un vídeo de Bali semanas antes, una playa imposible, motos, templos, gente sonriendo frente a un atardecer que parecía diseñado para vender cursos de libertad financiera a idiotas.
Quizá porque el nombre tenía suficientes sílabas para que Madrid pareciera pequeño.
No era Filipinas todavía.
Todavía no.
Uno no empieza pensando en fingir su muerte. Eso habría sido demasiado teatral incluso para Daniel. Uno empieza pensando en desaparecer unos días. En no contestar. En dejar que el móvil se descargue. En mirar el mar desde un país donde nadie pronuncie tu nombre con reproche.
Pulsó Enter.
Aparecieron precios, escalas, aerolíneas, fechas.
Daniel sintió algo parecido a la calma.
No la calma buena, sino otra: la calma de los hombres que encuentran una dirección para su cobardía.
Miró de nuevo el saldo.
No podía pagar sus deudas.
Podía pagar una salida.
La diferencia era pequeña en la pantalla y enorme en la conciencia.
El portátil zumbaba. En el pasillo, uno de sus compañeros hablaba por teléfono sobre un temario de oposiciones. Fuera, Madrid seguía empujando coches, niños, desayunos tardíos y vidas que, de algún modo incomprensible, todavía sabían continuar.
Daniel abrió una pestaña nueva.
Esta vez escribió:
Filipinas islas menos turísticas.
No supo por qué lo hizo.
O sí lo supo, pero decidió no formularlo todavía.
Había pensamientos que, mientras no se decían con palabras completas, conservaban una especie de inocencia técnica.
Miró la maleta negra en la esquina.
Por primera vez en meses, no le pareció un síntoma de fracaso.
Le pareció una herramienta.
Y Daniel, que había sido muchas cosas —marido, padre, vendedor, deudor, mentiroso—, descubrió aquella mañana algo nuevo sobre sí mismo.
Todavía era capaz de hacer planes.
Eso debería haberlo tranquilizado.
En cambio, lo asustó.
Porque los planes de Daniel Salcedo siempre empezaban con una promesa.
Y siempre terminaban con alguien más pagando la factura.