Nadie reclama a los ahogados Capítulo 2 — Clara ya no gritaba
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Capítulo 2 — Clara ya no gritaba

Daniel despertó a las nueve y trece con la boca seca, la ropa puesta y una sensación absurda de haber hecho algo importante.

Durante unos segundos no recordó qué.

La habitación seguía igual: una cama estrecha, una silla con ropa doblada a medias, una persiana que no bajaba del todo, una mesa pequeña donde convivían un vaso con agua vieja, dos cartas sin abrir y una caja de ibuprofeno comprada con la esperanza ridícula de que el dolor físico pudiera encargarse también del resto.

En una esquina, una maleta negra permanecía de pie desde hacía meses.

Daniel nunca la deshacía del todo. Decía que era por comodidad.

La verdad, como casi siempre, era menos práctica y más vergonzosa: no había conseguido convencer a su vida de que aquella habitación fuera un lugar definitivo.

El móvil estaba en el suelo, junto a la cama.

Lo recogió.

La pantalla se encendió con una violencia blanca que le obligó a cerrar un ojo.

Notificación bancaria.

Dinero ingresado.

Entonces recordó.

El préstamo.

La caña en Delicias.

La aplicación.

El pulgar aceptando.

Y, después, aquella idea final, limpia y terrible, apareciendo en su cabeza como si siempre hubiera estado allí esperando un hueco.

Morir lejos.

Daniel se incorporó despacio. Le dolía la espalda. No había bebido lo suficiente para tener resaca, pero su cuerpo ya no distinguía bien entre alcohol, miedo y cansancio. Todo terminaba dejando el mismo sabor a metal en la boca.

Abrió la aplicación del banco.

La cifra seguía ahí.

Durante un instante sintió alivio. No felicidad. No esperanza. Alivio. Esa forma menor y cobarde de la felicidad que consiste en que el verdugo se retrase unos días.

Luego vio el saldo real, las retenciones, los recibos pendientes, el descubierto en otra cuenta, la tarjeta al límite, las cuotas atrasadas. El dinero nuevo no arreglaba nada. Solo iluminaba mejor el tamaño del agujero.

Daniel dejó el móvil sobre la cama.

Había una época en la que recibir dinero significaba hacer planes. Ahora significaba elegir qué incendio no apagar.

Se levantó y abrió la ventana. Entró un aire frío con olor a gasóleo, humedad y pan tostado de algún bar de la calle.

Vivía en una habitación alquilada cerca de Delicias, en un piso compartido con dos hombres a los que apenas conocía.

Uno trabajaba de noche y dejaba platos con arroz seco en el fregadero.

El otro estudiaba oposiciones y hablaba por teléfono con su madre cada tarde como si le estuviera narrando una guerra silenciosa.

Daniel los había oído discutir una vez sobre quién había usado la sartén grande.

Le pareció una discusión envidiable. La gente con problemas pequeños siempre tenía una energía admirable para defenderlos.

El móvil vibró.

Clara.

No era una llamada. Clara ya casi nunca llamaba. Las llamadas exigían respiración, pausas, tonos. Los mensajes permitían dejar constancia. Clara había aprendido a comunicarse con Daniel como si cada frase pudiera acabar algún día impresa en un expediente.

“Irene me ha preguntado por el cuaderno.”

Daniel cerró los ojos.

El cuaderno azul.

La luna dorada.

Doce euros con noventa.

Un precio ridículo para una humillación tan bien terminada.

Escribió:

“Se lo compro esta semana.”

Antes de enviar, borró.

Volvió a escribir:

“Ayer hubo un problema con la tarjeta. Se lo compraré.”

Borró también.

La verdad tenía muchas versiones previas, todas cobardes.

Finalmente escribió:

“Sí. Lo siento. Se lo llevaré cuando pueda.”

Envió.

La respuesta llegó casi enseguida.

“No le prometas cosas que no sabes si vas a cumplir.”

Daniel leyó la frase dos veces. Luego una tercera, buscando en ella alguna injusticia a la que agarrarse. No encontró ninguna. Eso lo molestó más.

Escribió:

“No hace falta que aproveches todo para atacarme.”

No lo envió.

Escribió:

“Solo era un cuaderno.”

Tampoco lo envió.

Miró la habitación, las cartas, la maleta, la chaqueta tirada sobre la silla. Todo parecía estar esperando que eligiera una mentira.

Envió:

“Tienes razón.”

El mensaje quedó allí, breve, humillante, casi adulto.

Clara tardó más en responder.

“Lo sé.”

Daniel soltó una risa sin alegría.

Clara siempre había tenido talento para las frases cortas cuando ya no necesitaba ganar una discusión.

Al principio de su matrimonio discutía mucho.

Gritaba incluso. Lloraba. Pedía explicaciones.

Se sentaba en la cocina de madrugada con una taza intacta delante y le exigía a Daniel que la mirara mientras hablaban de dinero, de mentiras, de llamadas extrañas, de recibos que desaparecían del buzón antes de que ella los viera.

Entonces Daniel aún podía moverse.

Girar la culpa.

Prometer.

Decir que era temporal.

Decir que estaba controlado.

Decir que ella no entendía la presión.

Decir que él lo arreglaría.

La primera vez que Clara dejó de gritar, Daniel pensó que había ganado.

Recordarlo ahora le daba una vergüenza casi física.

Clara dejó de gritar la noche en que encontró el extracto de una tarjeta que él había jurado cancelar seis meses antes.

No dijo nada. Puso el papel sobre la mesa, se sirvió agua y bebió medio vaso despacio.

Daniel preparó su defensa como quien prepara una presentación: error bancario, cargo duplicado, una apuesta pequeña para recuperar liquidez, una promoción, un ingreso pendiente.

Tenía frases para todo. Siempre las tenía.

Su cabeza funcionaba de maravilla en los incendios que él mismo provocaba.

Pero Clara no le pidió explicaciones.

Solo dijo:

—Mañana voy a llamar a mi hermana.

—¿Para qué?

—Para que Irene y yo durmamos allí unos días.

Daniel recordó su propia voz, demasiado alta:

—No exageres.

Y recordó la mirada de Clara. No furiosa. No rota. Peor. Una mirada ya organizada.

—No estoy exagerando —dijo ella—. Estoy haciendo inventario.

Aquella palabra lo asustó más que cualquier insulto.

Inventario.

Como si el matrimonio ya no fuera una herida sino una caja con objetos que separar.

Desde entonces Clara fue apagándose de una forma metódica.

Dejó de revisar sus bolsillos. Dejó de preguntarle por llamadas.

Dejó de esperarlo despierta. Dejó de creer en recaídas aisladas y empezó a hablar de patrones.

Daniel odiaba esa palabra. Patrón. Sonaba a cosa de psicóloga, a gráfico, a condena con terminología limpia.

Lo peor fue que tenía razón.

El móvil vibró de nuevo.

“Voy a comprarle yo el cuaderno.”

Daniel escribió rápido, antes de pensar:

“No. Lo compro yo.”

Esta vez Clara llamó.

Daniel miró la pantalla como si el nombre fuera una amenaza.

Contestó.

—Buenos días —dijo él.

—No conviertas un cuaderno en otra promesa.

La voz de Clara sonaba clara, sin sueño, sin ira. Daniel la imaginó en la cocina del piso de Arganzuela, de pie junto a la encimera, con el pelo recogido de cualquier manera y esa bata gris que nunca habría elegido para una vida feliz, pero que ya formaba parte del paisaje doméstico de Irene.

—Quiero comprárselo yo —dijo Daniel.

—Lo querías comprar ayer.

—Tuve un problema con la tarjeta.

—Daniel.

Solo dijo su nombre.

Él apretó la mandíbula.

—Fue un problema con la tarjeta.

—No me interesa cómo lo llames.

—¿Entonces para qué llamas?

Hubo un silencio breve al otro lado. Daniel supo que Clara estaba decidiendo si colgar. Clara ya no amenazaba con colgar. Colgaba. También eso lo había aprendido.

—Llamo porque Irene me preguntó si de verdad se lo vas a traer el mes que viene.

Daniel cerró los ojos.

—Se lo llevaré.

—No lo entiendes.

—Sí lo entiendo.

—No. Tú crees que esto va de un cuaderno.

Daniel caminó hasta la ventana. En la acera de enfrente, una mujer tiraba de un niño que no quería ir al colegio.

El niño arrastraba los pies con una resistencia solemne.

Daniel pensó que la infancia estaba llena de pequeñas tragedias que luego uno extrañaba por puro desconocimiento de lo que venía después.

—¿De qué va, Clara?

—Va de que no puedes seguir dejándole migas a Irene y esperar que las confunda con una casa.

Daniel no respondió.

La frase se quedó entre ellos, demasiado exacta para discutirla.

—Ayer volvió seria —dijo Clara—. Dijo que no pasaba nada. ¿Sabes cuántas veces me dice últimamente que no pasa nada?

Daniel apoyó la frente en el cristal frío.

—No quería que se sintiera mal.

—Pues deja de ponerla en situaciones donde tenga que protegerte.

—No me protege.

Clara respiró hondo.

—Claro que te protege. Tiene doce años y ya mide tus mentiras para que no te derrumbes delante de ella.

Daniel sintió rabia. Una rabia inmediata, defensiva, casi cómoda. La rabia era más fácil que la culpa. La rabia le daba bordes. La culpa lo volvía líquido.

—No soy el monstruo que crees.

—Nunca he dicho que seas un monstruo.

—Lo dices de otras formas.

—No, Daniel. Ese es el problema. Si fueras un monstruo sería más fácil. Los monstruos no prometen llevar a su hija a Lisboa algún día.

Daniel no recordaba haberle contado a Clara lo de Lisboa. Luego entendió que Irene se lo habría dicho. Claro. Las promesas viajaban más rápido que el dinero.

—Fue una conversación —dijo.

—Para ti todo son conversaciones.

—No empieces.

—No estoy empezando nada. Estoy terminando.

La frase cayó con la calma de una puerta cerrada.

Daniel se apartó de la ventana.

—¿Qué quieres de mí?

La pregunta salió más pobre de lo que esperaba. Casi sincera.

Clara tardó en contestar.

—Quiero que no le prometas viajes, ni cuadernos, ni domingos mejores, ni versiones tuyas que no existen. Si puedes venir, vienes. Si puedes pagar algo, pagas. Si no puedes, lo dices. Pero deja de pedirle a Irene que viva esperando al Daniel del mes que viene.

El Daniel del mes que viene.

A Daniel le habría gustado odiar la frase. Pero era demasiado buena. Clara siempre había escrito mejor sus derrotas que él sus excusas.

—Estoy intentando arreglarlo —dijo.

—No.

—¿Perdona?

—No estás intentando arreglarlo. Estás intentando aguantar hasta que algo pase.