Capítulo 1 — El domingo de Irene #2
Daniel dejó la bandeja sobre la mesa.
—Estoy cansado, Irene.
Era una frase segura. Nadie podía discutirle el cansancio a un hombre con ojeras. El cansancio era la coartada universal de los adultos. Servía para no explicar la tristeza, la deuda, la adicción, el miedo y esa sensación constante de estar viviendo con una puerta cerrándose despacio detrás de uno.
Irene comió dos patatas.
—Mamá dice que trabajas mucho.
Daniel casi sonrió.
Clara seguía protegiéndolo en algunos lugares. Incluso después de todo. Incluso después de las mentiras, las llamadas, los préstamos, las noches sin volver, los recibos devueltos, la vergüenza. Clara todavía no había dicho a Irene la palabra exacta.
Ludópata.
La palabra era fea. Sonaba a diagnóstico y a insulto, a sala de espera y a persiana bajada.
Daniel prefería “problemas con el juego”, como si el juego y él hubieran tenido una mala relación de pareja, diferencias irreconciliables, incompatibilidad de caracteres.
Pero la palabra verdadera estaba ahí, esperándolo con paciencia.
—Trabajo lo que puedo —dijo.
—¿Y por eso no puedes venir más?
Daniel miró su café. El camarero había dibujado una espuma triste que ya se deshacía.
—A veces es complicado.
—Todo es complicado.
—Cuando seas mayor verás que sí.
—No quiero que todo sea complicado.
Daniel levantó la vista.
Irene no lo decía como reproche. Lo decía como quien expresa una preferencia razonable: no quiero brócoli, no quiero lluvia, no quiero que la vida sea una cosa difícil que convierte a mi padre en alguien que siempre llega tarde.
—Yo tampoco —dijo él.
La vio comer en silencio. Tenía las manos de Clara, finas y nerviosas, pero los ojos eran suyos. Eso le provocaba una mezcla de orgullo y terror. Había algo cruel en dejarle a una hija los ojos de un hombre que no sabía mirar su propia vida sin apartarse.
Después de comer, entraron en una tienda de libros y regalos. Daniel pensó que podía comprarle algo pequeño. Un cuaderno, quizá. Irene siempre había tenido una debilidad por los cuadernos bonitos, aunque luego escribiera tres páginas y los abandonara como si fueran proyectos familiares.
—Elige uno —dijo.
—No hace falta.
—Quiero comprártelo.
—Papá.
—No me quites el placer burgués de comprar papelería.
Irene tocó varios cuadernos. Eligió uno azul oscuro, con una luna dorada en la portada. Costaba doce euros con noventa. Daniel vio la etiqueta y sintió un pequeño descenso interno, como si un ascensor se hubiera soltado un piso dentro de él.
Doce noventa.
Era ridículo. Había perdido quinientos euros en veinte minutos una madrugada de miércoles y ahora doce noventa le parecían una montaña. La economía de la ruina tenía ese sentido del humor: no te hacía pobre de golpe, te convertía en alguien que temía objetos pequeños.
Fueron a caja.
La dependienta pasó el cuaderno por el lector.
—Doce con noventa.
Daniel sacó la tarjeta de crédito. La buena, pensó. La última que todavía respiraba.
La acercó al datáfono.
Pitido.
La pantalla mostró un mensaje breve.
Operación denegada.
La dependienta no cambió la expresión. Las dependientas de Madrid habían visto tarjetas rechazadas, rupturas, niños vomitando, adultos gritando y hombres buscando regalos de último minuto con culpa en los bolsillos. Una tarjeta más no merecía juicio visible.
Irene sí lo vio.
Daniel notó que la niña bajaba la mirada hacia el cuaderno.
—Perdón —dijo él, demasiado rápido—. Esta tarjeta está dando problemas estos días.
Sacó otra.
Sabía que era peor.
La pasó.
Operación denegada.
El pitido pareció más alto la segunda vez, aunque seguramente fue solo su sangre intentando escapar del cuerpo por los oídos.
—Puede ser la conexión —dijo la dependienta con amabilidad profesional.
Daniel habría querido besarla por aquella mentira piadosa.
—Sí, seguro. Últimamente pasa mucho.
Sacó la cartera. Nueve euros con setenta. Una moneda de dos. Varias de veinte céntimos. Un billete de cinco doblado como si también estuviera avergonzado.
—Déjalo —dijo Irene.
—No.
—De verdad, no pasa nada.
Esa frase lo destruyó.
No pasa nada.
Los niños solo dicen “no pasa nada” cuando ya ha pasado algo y han aprendido que nombrarlo empeora la escena.
Daniel reunió las monedas. No llegaba.
—Mira, vamos a hacer una cosa —dijo con una sonrisa que le dolía en la cara—. Lo compramos por internet, que seguro está más barato. Aquí te cobran el alquiler del centro comercial, la iluminación y la dignidad del cliente.
Irene asintió.
—Vale.
La dependienta retiró el cuaderno con discreción.
—Se lo puedo guardar hasta mañana si quiere.
Daniel tuvo que hacer un esfuerzo para no odiarla por ser amable.
—No hace falta. Gracias.
Salieron de la tienda.
Durante varios metros ninguno dijo nada. El centro comercial seguía funcionando con su música ambiental, sus familias, sus bolsas, sus escaleras mecánicas llevando personas de una planta a otra como si el consumo fuera una religión con liturgia vertical.
Daniel caminaba deprisa. Irene tuvo que acelerar un poco para seguirlo.
—Papá.
Él se detuvo.
—Perdona.
—No pasa nada.
Otra vez.
Daniel se agachó un poco para quedar a su altura, aunque Irene ya no era tan baja y el gesto empezó a parecer teatral.
—Escúchame. Es un problema del banco. Me han bloqueado la tarjeta por seguridad. A veces pasa cuando detectan movimientos raros.
Irene lo miró.
Durante un segundo Daniel vio en los ojos de su hija la misma expresión de Clara. No todavía la dureza, no todavía el cansancio entero, pero sí el principio. La primera semilla. La pequeña oficina interna donde una hija empieza a archivar pruebas contra su padre.
—Vale —dijo Irene.
No le creyó.
O peor: eligió hacer como que sí.
Daniel habría preferido una acusación. Una rabieta. Un “mentiroso” infantil y furioso. Algo que le permitiera sentirse víctima, reaccionar, prometer, abrazarla. Pero Irene le regaló silencio, y el silencio lo dejó sin teatro.
Salieron de nuevo a la calle. La lluvia había parado. Madrid olía a asfalto húmedo, gasolina y pan reciente de alguna cafetería cercana. Daniel miró la hora. Las seis y cuarto.
Quedaban cuarenta y cinco minutos.
Cuarenta y cinco minutos para ser padre.
Luego volvería a ser expediente, deudor, número de teléfono bloqueado, hombre solo en una habitación de alquiler con una persiana rota y una bolsa de ropa limpia que nunca terminaba de guardar.
—¿Quieres un chocolate caliente? —preguntó.
Irene negó con la cabeza.
—Estoy llena.
Mentía. Había comido media hamburguesa y algunas patatas. Pero Daniel aceptó la mentira. Las familias rotas sobrevivían intercambiando mentiras pequeñas, como soldados cambiando cigarrillos en una guerra que nadie declaraba.
Caminaron de vuelta. Irene le habló de una compañera que quería cambiarse de clase, de una profesora que olía a chicle de menta, de un chico que siempre decía “literal” aunque nada de lo que contaba fuera literal.
Daniel escuchó con atención exagerada. Quiso memorizarlo todo. Quiso merecer aquella conversación.
A las siete menos cinco llegaron al portal de Clara.
Daniel se sintió orgulloso de la puntualidad con la miseria de quien celebra no haber provocado otro incendio.
Irene no llamó enseguida al telefonillo.
—Papá.
—Dime.
—¿El mes que viene vas a venir?
Daniel miró hacia el portal. Vio su reflejo en el cristal: el pelo un poco revuelto, la barba mal afeitada, la chaqueta demasiado ligera, los ojos de alguien que seguía actuando incluso cuando no había público suficiente.
—Claro.
Irene sostuvo la mirada.
—Seguro.
No era una pregunta exactamente. Era una cuerda tendida sobre un agujero.
Daniel podría haber dicho la verdad. Podría haber dicho no lo sé, estoy mal, necesito ayuda, he vuelto a perder dinero, tengo miedo, tu padre es un desastre con zapatos. Podría haberle dado a su hija, por una vez, una frase limpia.
Pero la verdad tenía la mala costumbre de exigir otra verdad después.
—Seguro —dijo.
Irene asintió.
—Vale.
Él le apartó un mechón de la frente.
—El mes que viene hacemos algo mejor.
La frase salió sola, como una moneda falsa de una máquina vieja.
Irene sonrió con educación.
Daniel deseó que no hubiera sonreído.
Clara abrió desde arriba y el portal emitió un zumbido largo. Irene empujó la puerta.
—Adiós, papá.
—Adiós, princesa.
Ella entró. Antes de que la puerta se cerrara, Daniel la vio subir los primeros escalones. No miró atrás.
Quizá porque ya era mayor.
Quizá porque estaba aprendiendo.
Quizá porque a veces los hijos dejan de mirar atrás antes que los padres, no por falta de amor, sino por instinto de supervivencia.
Daniel se quedó unos segundos frente al portal. Luego sacó el móvil.
Tenía nueve llamadas perdidas.
Tres mensajes nuevos.
Uno de Clara:
“Ha llegado bien. Gracias por traerla puntual.”
La frase parecía amable. En realidad era un recibo. Clara todavía sabía escribirle como si le estuviera dejando constancia de algo ante un juez invisible.
Otro mensaje era de un número desconocido:
“Último aviso. Mañana antes de las 14:00.”
El tercero era de una aplicación financiera que Daniel había instalado dos semanas antes y luego había borrado sin borrar del todo, porque nada desaparecía de verdad, ni siquiera las apps miserables.
“Tu solicitud sigue preaprobada. Dinero disponible en minutos.”
Daniel apagó la pantalla.
Caminó sin rumbo durante diez minutos. Luego entró en un bar estrecho cerca de Delicias, pidió una caña que no debería pagar y se sentó en una mesa del fondo.
El camarero le sirvió sin mirarlo. En la televisión hablaban de fútbol.
Dos hombres discutían sobre un penalti con la pasión moral que el país reservaba para las cosas verdaderamente importantes.
Daniel encendió el móvil otra vez.
Abrió la aplicación.
La pantalla le pidió confirmar datos.
Nombre: Daniel Salcedo.
DNI.
Cuenta bancaria.
Importe solicitado.
Sus dedos se movieron con una calma obscena. La misma calma con la que había firmado pólizas, solicitudes, refinanciaciones, aplazamientos. La calma profesional de los hombres que saben que el papel puede convertir una desgracia en trámite.
Durante unos segundos pensó en Clara. En Irene. En el cuaderno azul con la luna dorada. En la frase “el mes que viene hacemos algo mejor”.
Después pensó en pagar una parte. En ganar tiempo. En ordenar algo. En llamar a alguien. En pedir ayuda de verdad, esa humillación tan poco elegante.
La aplicación mostró una última pantalla.
Aceptar.
Daniel apoyó el pulgar.
Confirmado.
El bar siguió igual. La televisión siguió igual. Madrid siguió igual. Nadie levantó la cabeza. Ningún trueno sonó sobre Delicias para señalar el instante exacto en que un hombre volvía a cavar hacia abajo creyendo que había encontrado una salida.
Minutos después, recibió la notificación.
Dinero ingresado.
Daniel miró la cifra como quien mira una puerta.
Por primera vez en semanas no pensó en pagar.
Pensó en irse.
Y, casi al mismo tiempo, con una claridad que le dio miedo, pensó en morir lejos.