Nadie reclama a los ahogados
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Capítulo 1 — El domingo de Irene
Daniel Salcedo llegó nueve minutos tarde al domingo de su hija y, durante los primeros ocho, todavía creyó que podía arreglarlo con una sonrisa.
Clara abrió la puerta antes de que él llamara al timbre. No dijo nada. Solo miró el reloj de la entrada, ese reloj absurdo con marco de madera clara que Daniel había comprado cuando aún vivían juntos y todavía existía la clase de futuro que se compraba en tiendas de decoración.
Esa mirada fue peor que un insulto.
Los insultos permitían defenderse. El silencio, no.
—Había tráfico —dijo Daniel.
Clara lo miró como si él hubiera elegido una mentira de saldo en una tienda cara.
—Es domingo.
—En Madrid siempre hay tráfico.
—Llegas tarde una vez al mes, Daniel.
Él abrió la boca para responder, pero vio a Irene detrás de su madre y decidió tragarse la frase. Había aprendido, demasiado tarde y por el camino más caro, que algunas discusiones solo servían para confirmar lo que la otra persona ya sabía de ti.
Irene llevaba una chaqueta vaquera demasiado fina para aquel febrero gris y una mochila pequeña colgada de un hombro.
Tenía doce años, aunque en los últimos meses Daniel había empezado a verla mayor de una forma que le incomodaba.
No más alta, no más seria, no más hecha.
Mayor en el sentido triste. Como si algunas decepciones le hubieran enseñado a esperar sin poner demasiada ilusión encima de la mesa.
—Hola, papá.
Daniel sonrió con una alegría inmediata, casi profesional.
—Hola, princesa.
Lo dijo como siempre. Como si la palabra aún le perteneciera. Como si no estuviera gastada de tanto usarla para tapar ausencias.
Irene se acercó y él la abrazó. Notó que el abrazo duraba menos que antes.
O quizá él lo imaginó. Últimamente imaginaba muchas cosas, casi todas contra sí mismo.
Ella olía a champú de manzana y a casa limpia.
Daniel olía a tabaco frío, a colonia barata aplicada con demasiada fe y a la humedad de la habitación donde vivía desde hacía ocho meses.
—¿Nos vamos? —preguntó él.
Irene miró a Clara, esperando permiso o quizá solo confirmación de que no estaba traicionando a nadie por querer irse con su padre.
Clara asintió.
—A las siete aquí.
—Claro —dijo Daniel.
Clara no apartó los ojos de él.
—A las siete, Daniel.
Él forzó una risa pequeña.
—He dicho claro.
—Lo sé. También lo dijiste el mes pasado.
Irene bajó la mirada hacia sus zapatillas.
Daniel sintió el impulso de decir algo elegante, algo que rebajara el golpe, algo con ese tono suyo de hombre razonable que siempre había sabido encontrar una frase a tiempo.
Durante años había vivido de eso: de vender calma, seguros, condiciones revisables, pólizas que nadie leía y promesas con letra pequeña.
Había hecho de la voz templada una profesión.
De la sonrisa, una herramienta. De la confianza ajena, una puerta abierta.
Pero delante de Clara ya no funcionaba.
Clara había comprado todas sus versiones y las había devuelto una por una, defectuosas.
—A las siete —repitió él, esta vez sin adornos.
Irene salió al rellano. Clara le colocó bien el cuello de la chaqueta con un gesto automático, de madre cansada y precisa. Luego miró a Daniel una última vez.
—Tiene que merendar algo. Y no la tengas con el móvil todo el día.
—No soy un criminal.
Clara no contestó.
Ese fue el problema.
Daniel bajó las escaleras con Irene a su lado.
No usaron el ascensor. Clara vivía en un tercero sin demasiada luz, en un edificio de Arganzuela donde los vecinos se saludaban con esa cortesía seca de quienes comparten paredes, tuberías y pequeñas derrotas.
Daniel había odiado ese piso cuando se mudaron allí.
Le parecía estrecho, mal distribuido, provisional.
Después, cuando lo perdió, empezó a recordarlo como si hubiera sido una casa decente.
La memoria era una estafadora más, y al menos esa no cobraba intereses.
En la calle, Madrid tenía color de plato sin lavar. Un cielo bajo, coches aparcados en doble fila, motos atadas a farolas, un perro temblando delante de una panadería y gente caminando deprisa hacia ninguna parte importante.
—¿Qué quieres hacer? —preguntó Daniel.
Irene se encogió de hombros.
—No sé.
—Venga, algo querrás hacer.
—Lo que quieras tú.
A Daniel le dolió más de lo razonable. Antes Irene pedía cosas con una naturalidad feroz: cine, helado, una tienda de cómics, el parque, patatas fritas, cualquier tontería que convertía el domingo en una pequeña negociación feliz. Ahora respondía como alguien que no quería ponerlo en aprietos.
Doce años y ya sabía no pedir demasiado.
Una educación magnífica, pensó Daniel. De esas que los padres destrozados ofrecen sin querer. Formación integral en decepción temprana.
—Podemos ir a Madrid Río —dijo él—. Caminamos un poco, comemos algo, luego vemos una tienda. ¿Te parece?
—Vale.
—¿Solo vale?
Irene lo miró de reojo.
—Vale está bien.
—Antes decías “supervale”.
—Antes tenía nueve años.
Daniel soltó una carcajada breve, auténtica. Irene también sonrió, apenas, pero sonrió. Él se agarró a esa sonrisa como un náufrago a una tabla ridícula, de esas que en las películas siempre flotan lo suficiente porque el guionista tiene piedad.
Fueron andando hacia Madrid Río. Daniel había pensado en coger el metro, pero tenía nueve euros con setenta en la cartera y no quería gastar antes de saber si la tarjeta seguía aguantando.
Técnicamente tenía dinero en una cuenta, pero no sabía cuánto duraría.
Técnicamente tenía una tarjeta de crédito, pero la palabra crédito ya le parecía una forma educada de decir soga.
Técnicamente, muchas cosas seguían existiendo. Técnicamente, él también.
—¿Qué tal el instituto? —preguntó.
—Bien.
—¿Solo bien?
—Normal.
—Bien y normal. Gran informe. Casi necesito una carpeta.
Irene volvió a sonreír.
—Lengua mal.
—¿Mal de suspender o mal de profesora pesada?
—Mal de que la profesora cree que todos queremos escribir redacciones sobre nuestras vacaciones.
Daniel notó un pinchazo en el pecho.
—Bueno, las vacaciones son un tema clásico.
—Sí, para la gente que va de vacaciones.
No lo dijo con crueldad. Ese era el problema. Irene no intentaba herirlo. Simplemente había contestado con la precisión involuntaria de los niños cuando todavía no saben que la verdad debería llevar funda.
Daniel miró hacia el río artificial, hacia los árboles desnudos, hacia un grupo de corredores vestidos como si estuvieran entrenando para sobrevivir al fin de la civilización con mallas caras.
—Podríamos hacer un viaje algún día —dijo.
Irene no respondió enseguida.
—¿A dónde?
—No sé. A la playa. Al norte. A Lisboa. Donde quieras.
—Mamá dice que primero tienes que ordenar cosas.
Clara estaba en todas partes. En las frases de Irene, en las normas, en los horarios, en el silencio de la puerta. Daniel sintió la vieja irritación subirle por la garganta, esa rabia infantil de quien sabe que el otro tiene razón y aun así se ofende por la forma en que se la recuerda.
—Tu madre tiene razón —dijo, y le sorprendió que la frase saliera limpia.
Irene lo miró.
—¿Sí?
—Sí.
—Casi nunca dices eso.
—Estoy madurando.
—Tienes cuarenta y dos.
—Nunca es tarde para empezar a fingir evolución personal.
Irene se rio. Esta vez de verdad. Daniel sintió algo parecido a la felicidad, pero más pequeño, más peligroso, como una cerilla encendida en una habitación con una fuga de gas.
Caminaron junto al río. Él le preguntó por sus amigas, por una excursión, por un trabajo de ciencias.
Irene fue respondiendo de forma irregular.
A veces hablaba con entusiasmo; otras, como si recordara de pronto que no debía acostumbrarse demasiado a conversar con él.
Daniel intentó no mirar el móvil, pero el aparato vibraba en el bolsillo con una insistencia casi animal.
Sabía quién podía ser.
Un número desconocido. Un recobro. Una financiera. Un mensaje de advertencia. Una app recordándole que la deuda no dormía, que la deuda no respetaba domingos con hijas, que la deuda tenía mejores hábitos que él.
No lo sacó.
Durante una hora quiso ser padre sin notificaciones.
No era mucho, pero era algo.
Entraron en un centro comercial porque empezó a lloviznar y porque Irene dijo que tenía frío.
Daniel la llevó a una hamburguesería de cadena en la planta superior, un sitio con luces demasiado blancas, mesas pegajosas y familias que parecían vivir en un anuncio de detergente con presupuesto limitado.
—Pide lo que quieras —dijo Daniel.
Irene miró el menú.
—No tengo mucha hambre.
—Has oído a tu madre. Tienes que merendar algo. Y yo, por una vez en mi vida, voy a obedecer instrucciones.
—Eso sí que es nuevo.
—No abuses. Estoy en fase beta.
Irene pidió una hamburguesa pequeña, patatas y agua. Daniel pidió café. Le habría gustado pedir comida también, pero no tenía hambre o, mejor dicho, tenía esa clase de hambre nerviosa que no se cura comiendo. Mientras Irene esperaba el pedido, él sacó el móvil por debajo de la mesa.
Cinco llamadas perdidas.
Dos mensajes.
Uno de ellos decía:
“Daniel, última oportunidad antes de iniciar procedimiento. Llame hoy.”
El otro, más breve, parecía escrito por alguien que había renunciado a la gramática porque la amenaza ya hacía todo el trabajo:
“Sabemos que has cobrado. No nos obligues.”
Daniel bloqueó la pantalla.
—¿Todo bien? —preguntó Irene.
—Sí.
—Has puesto cara rara.
—Es mi cara. Ha venido así de fábrica.
Ella lo miró con una mezcla de diversión y desconfianza. Daniel guardó el móvil.
Cuando llamaron su número, él fue a buscar la bandeja. Se la llevó a Irene con un gesto exageradamente solemne.
—Su banquete, señorita.
—Gracias, camarero endeudado.
La frase salió de la boca de Irene como una broma inocente. Daniel se quedó un segundo inmóvil, con la bandeja todavía en las manos.
Irene se dio cuenta.
—Era broma.
—Ya lo sé.
—Mamá no me ha dicho nada.
—No he dicho que te haya dicho nada.
—Pero has puesto cara de que sí.