Capítulo 41
Los domingos con Rosario se convirtieron, sin que ninguna de las dos lo planeara del todo, en el punto fijo de mis semanas durante aquellos meses.
Siempre el mismo ritual: yo llegaba a las dos, ella ya tenía la mesa puesta con el mantel de cuadros, y comíamos algo sencillo mientras hablábamos de todo lo que treinta y nueve años de silencio nos habían robado poder hablar antes.
Un domingo de finales de mayo, con las ventanas abiertas y el olor del limonero entrando en la cocina, Rosario dejó los cubiertos a medio comer y me miró con una seriedad que no le había visto desde aquella primera mañana con la nota anónima sobre la mesa.
—Quiero decirte algo, y quiero que me dejes terminar antes de contestar.
—Te escucho.
—He estado pensando mucho en mi padre este último año.
En cómo he pasado toda mi vida defendiéndolo sin darme cuenta de que lo hacía, poniendo excusas por él que ni siquiera sabía que estaba poniendo.
"Era otra época." "Así se hacían las cosas entonces.
" Llevo diciéndome esas frases desde que tengo memoria, y este año, viéndote a ti reconstruir lo que él intentó borrar, me he dado cuenta de que esas frases nunca fueron verdad.
Solo eran más fáciles de sostener que la alternativa.
—¿Cuál es la alternativa?
—Que mi padre hizo daño a gente que quería, a propósito, durante años, y que yo lo dejé hacer porque también me convenía a mí mantener la paz en esta casa.
—Le tembló un poco la voz—. Y lo siento, Elena.
No solo por no haberte dicho antes lo que sabía, que ya te lo he dicho.
Siento no haber protegido a tu madre cuando yo todavía podía haberlo intentado, siendo más joven, teniendo más tiempo por delante para hacer algo distinto.
Alargué la mano por encima de la mesa y cogí la suya, que todavía sujetaba el tenedor sin usarlo.
—No puedes cargar con lo que hizo él, tía. Ya cargaste bastante solo con guardarlo en silencio.
—Puedo intentar hacerlo mejor ahora, al menos.
—Se recompuso, secándose los ojos con la servilleta—.
Por eso quiero preguntarte algo. ¿Te importaría que empezáramos a incluir a Mateo en estas comidas de domingo?
Y a su familia, si quieren venir. Me gustaría conocer a esa niña que, por lo que cuentas, tiene la misma manera de fruncir el ceño que tenía Carmen a su edad.
Sentí que se me llenaban los ojos de lágrimas, las mismas que llevaba conteniendo desde que había entrado por esa puerta.
—Le va a encantar, tía. A los dos les va a encantar.
Y así, el domingo siguiente, la mesa de Rosario tuvo cuatro sillas más de las habituales, y Valeria pasó toda la comida enseñándole a su tía abuela el truco de las cuatro notas en la barandilla del patio, sin que ninguna de las dos supiera todavía, del todo, cuánto pesaba esa melodía para el resto de la familia sentada alrededor de la mesa.