Nadie lo recordará Capítulo 42
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Capítulo 42

Volví a la casa de mi madre por última vez en primavera, casi un año después de aquella primera noche en que el olor a cera de muebles me recibió en el recibidor como si ella solo hubiera salido a comprar el pan.

Había decidido venderla; ni yo ni Mateo teníamos ninguna razón real para conservar un edificio lleno de fantasmas que ya habíamos terminado de desenterrar.

Antes de entregar las llaves a los nuevos propietarios, subí una última vez al armario del pasillo, ya completamente vacío salvo por un jersey de lana verde con un agujero de polilla en la manga, el mismo que había envuelto la primera libreta azul un año atrás.

No supe por qué, pero decidí quedármelo.

Algunas cosas no tienen ninguna utilidad práctica y aun así valen la pena conservarlas.

Los dos diarios de mi madre, recuperados finalmente por la policía tras un registro en casa de uno de los colaboradores de Ignacio, descansaban ahora en una caja, junto con el expediente de Marta y todas las fotografías que habíamos ido encontrando por el camino.

Pensé, durante mucho tiempo, qué hacer con ellos.

Al final decidí dárselos a Mateo, con una única condición: que algún día, cuando Valeria fuera lo bastante mayor para entenderlo, le contara la verdad completa, sin editar, sin suavizar, sin ningún secreto guardado "para protegerla".

La última vez que vi a Valeria antes de vender la casa fue un domingo de marzo, en el parque de al lado de la casa de Mateo, con Paula empujando el columpio y David a mi lado con dos cafés de máquina que sabían fatal y que nos bebimos igual, solo por tener algo caliente entre las manos.

Valeria tenía entonces cinco años recién cumplidos, y se había empeñado en que quería enseñarme "el truco de las cuatro notas", como ella lo llamaba, algo que su padre le había enseñado a tararear con los dedos sobre la barandilla del tobogán, golpeando suavemente el metal en un ritmo que a mí, en cuanto lo oí, me dejó sin aire un segundo entero.

—Es la canción de la abuela Lucía —me explicó muy seria, con esa gravedad absoluta que solo tienen los niños pequeños cuando hablan de música—. Pero papá dice que también es la canción de la abuela Carmen. Que las dos abuelas se la cantaban a la misma persona, solo que en años distintos.

—Es verdad —le dije, agachándome a su altura—. ¿Y tú a quién se la cantas?

Se lo pensó un momento, con el ceño fruncido de una manera que me recordó, con un vuelco en el estómago, al gesto exacto de mi madre concentrándose en un crucigrama.

—A mi muñeco. Y a ti, si quieres.

Y allí mismo, en un parque cualquiera de un pueblo cercano a Zamora, con el sol de marzo calentando poco y Paula sonriéndonos desde el columpio, mi sobrina de cinco años me tarareó cuatro notas que subían y dos que bajaban, la misma melodía que mi madre no pudo terminar de cantarle a su hijo hacía treinta y nueve años, la misma que Lucía retomó sin saber de dónde venía, la misma que Mateo me tarareó en un puente sobre el Duero una noche que ninguno de los dos vamos a olvidar.

Me acuclillé del todo en la hierba, sin que me importara mancharme los pantalones, y dejé que Valeria me pusiera las manos en las mejillas, como hacen los niños cuando quieren que los mires de verdad.

—Tía Elena, ¿por qué lloras si la canción es bonita?

—Porque es muy bonita —le dije, y era la verdad más simple y más completa que había dicho en meses—. A veces las cosas bonitas también hacen llorar.

Se quedó satisfecha con esa respuesta, como solo se quedan satisfechos los niños con las respuestas de los adultos, y volvió corriendo hacia el tobogán, dejando la melodía suspendida en el aire de aquel domingo cualquiera, una melodía que había sobrevivido a un abuelo que quiso borrarla, a treinta años de silencio, a una página arrancada y a un diario recortado, y que ahora, contra todo pronóstico, contra toda la intención de quienes intentaron enterrarla, seguía viva en la voz de una niña de cinco años que ni siquiera sabía todavía la historia completa que llevaba tarareando sin querer.

Cerré la puerta de la casa por última vez un martes de abril, con el jersey verde doblado bajo el brazo, y caminé hasta el coche sin mirar atrás, algo que llevaba un año entero sin poder hacer.

Pienso a veces, todavía, en aquella última frase que mi madre escribió en la primera libreta, la que me heló la sangre la noche en que la encontré escondida entre su ropa de invierno.

Ya está. Se acabó. Nadie lo recordará. Ni siquiera ella.

Durante meses creí que aquella frase hablaba de Mateo, del niño al que habían borrado de todos los registros, de todas las conversaciones, de toda una vida entera.

Ahora sé que también hablaba de mí. De la niña de cuatro años a quien drogaron suavemente en un coche de vuelta a casa para que no fijara el recuerdo de una tarde entera jugando con su hermano pequeño en un jardín con un porche azul.

De la mujer en la que me convertí después, viviendo durante décadas con un hueco que nunca supe nombrar, una ausencia con la forma exacta de alguien a quien nunca me dejaron conocer del todo.

Mi madre se equivocó en una sola cosa, la más importante de todas. Ella pensaba que borrar un recuerdo era lo mismo que borrar lo que había pasado. Que si nadie lo recordaba, de algún modo dejaba de ser cierto.

Pero las cosas que pasan de verdad dejan siempre un rastro, aunque tarden treinta años en encontrar a alguien dispuesto a seguirlo hasta el final.

Una libreta escondida en el fondo de un armario.

Una página arrancada de un libro sellado.

Un gesto heredado, encorvado, tímido, en un hombre que hace apenas un año no sabía que yo existía.

Nadie lo recordará, escribió mi madre aquella noche de hace treinta y nueve años, convencida de que estaba enterrando un secreto para siempre.

Se equivocó. Yo lo recuerdo. Y ahora, gracias a ella, sin haberlo querido nunca, también lo recuerda todo el mundo.

FIN