Nadie lo recordará Capítulo 40
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Capítulo 40

Volví a la panadería casi un mes después de que estallara todo, con una excusa tan pobre como necesitar pan para el desayuno antes de una reunión con el notario.

Me temblaban un poco las piernas al empujar la puerta, con la campanilla anunciando mi entrada igual que siempre, y me preparé mentalmente para otro silencio incómodo, otro plato de napolitana ofrecido como manera de cerrar la conversación.

Consuelo levantó la vista del mostrador y, en cuanto me vio, dejó el paño que tenía en las manos.

—Elena.

—Hola, Consuelo.

Se quedó mirándome un momento, y por su cara pasaron, en apenas un segundo, varias cosas distintas: vergüenza, alivio, algo parecido a la curiosidad de quien ha leído sobre alguien en el periódico y ahora lo tiene delante en carne y hueso.

—Lo leí todo —dijo al fin, bajando la voz aunque no había nadie más en la tienda—.

Lo del periódico. Lo de tu madre, lo del niño, lo del...

—No llegó a decir el nombre de Ignacio. Nadie en el pueblo lo decía en voz alta todavía, como si nombrarlo pudiera invocarlo de vuelta—.

Cuando me preguntaste aquel día, yo ya sabía algo.

No todo, pero sabía que tu madre había estado fuera una temporada de joven, y sabía que no se hablaba de eso.

Y me callé, Elena. Te di una napolitana y te callé, como todos.

—Lo entiendo.

—No, escúchame. —Se secó las manos en el delantal, nerviosa—.

No lo entiendes, porque tú no llevas cuarenta años viviendo aquí, dependiendo de que la gente te siga comprando el pan cada mañana.

Yo tenía miedo de perder clientes si se me relacionaba con algo así.

Miedo de un hombre que llevaba una década siendo alcalde.

Eso no me justifica, pero es la verdad, y te la debía.

Me quedé callada, sin saber muy bien qué responder a una disculpa que no había pedido pero que, de algún modo, necesitaba oír.

—¿Sabes qué es lo más raro? —añadió Consuelo, ya con una sonrisa más suave—.

Desde que salió todo esto, la gente habla más en esta panadería que en los últimos diez años juntos.

Como si se hubiera abierto una válvula. La Pilar ya no viene por aquí, ¿sabes?

Dicen que se ha ido a vivir con una sobrina a Valladolid.

Y el anciano del periódico, el que te dijo aquello de "déjalo estar"...

ese murió hace dos semanas. Me hubiera gustado que llegara a leer el artículo.

Creo que habría sentido alivio, más que nada.

Pagué el pan, y esta vez no intentó regalarme nada. Antes de salir, ya con la mano en la puerta, me llamó.

—Elena. Si alguna vez vuelves a preguntar algo en este pueblo, y alguien te da la callada por respuesta, no pienses que es porque no les importa. Es solo que llevamos generaciones enteras sin saber hacerlo de otra manera. Pero eso también se puede aprender, ¿no?

—Se puede —le dije, y por primera vez en mucho tiempo, lo dije creyéndomelo del todo.