Capítulo 39
Las semanas siguientes transcurrieron con una velocidad que contrastaba, casi con crueldad, con la lentitud exasperante de todo lo que habíamos tardado en descubrir.
Ignacio Monclús presentó su dimisión como alcalde apenas cuatro días después de la publicación del artículo, alegando "motivos personales" en un comunicado escueto de cuatro líneas que ya nadie, en todo el pueblo, se creyó ni por un segundo.
Su candidatura a la Diputación provincial se retiró en silencio absoluto, sin ruedas de prensa, sin despedidas emotivas, sin ningún acto público de cierre, como si el propio partido hubiera decidido borrarlo también a él de sus propios registros con la misma eficacia silenciosa con la que mi abuelo había borrado a Mateo treinta años atrás.
Sara siguió tirando del hilo de los contratos municipales durante las semanas siguientes, publicando entregas sucesivas que fueron encontrando, una tras otra, nuevas irregularidades que nada tenían que ver con nuestra historia familiar pero que se alimentaban del mismo patrón: un hombre acostumbrado a que nadie le pidiera cuentas, acostumbrado a que el silencio de los demás fuera siempre la opción más cómoda.
Para cuando yo volví a leer una noticia sobre él, ya casi dos meses más tarde, hablaban abiertamente de una investigación judicial abierta por posible malversación de fondos públicos, completamente independiente de la historia familiar que yo había destapado sin buscarlo, casi sin querer, solo por haber abierto un armario equivocado en el momento equivocado.
Nunca volví a verlo en persona después de aquella noche.
Supe, por Sara, que se había mudado fuera de la provincia por completo, lejos de las miradas de un pueblo que durante una década entera lo había votado sin sospechar absolutamente nada del hombre que en realidad era por dentro.
A veces, sin poder evitarlo, pensaba en él con una mezcla extraña de rabia y de algo parecido a la lástima: un hombre que había construido toda una vida entera sobre la ausencia de una respuesta, y que cuando por fin le llegó esa respuesta, no supo hacer otra cosa que defenderse con uñas y dientes de la única familia que le quedaba.
Con Pilar las cosas resultaron mucho más complicadas de lo que ninguna sentencia judicial hubiera podido resolver jamás.
No la denuncié formalmente —no tenía ningún sentido práctico hacerlo, después de tantos años transcurridos, y una parte de mí, la que todavía recordaba con cariño a la mujer que me había cuidado de niña en aquellas tardes en que mi madre "tenía migraña", sencillamente no fue capaz de hacerlo, por mucho que la rabia me lo pidiera algunas noches—, pero tampoco volví a visitarla como antes, ni una sola vez.
La vi un par de veces por la calle, en esas primeras semanas, y cada vez el saludo fue un poco más corto, hasta que simplemente dejamos de cruzarnos del todo: se marchó del pueblo poco después, a vivir con una sobrina en Valladolid, y nadie volvió a saber mucho más de ella.
Rosario, en cambio, se convirtió, de una manera que ni yo misma hubiera podido predecir, en la persona con la que más hablé durante aquellos meses posteriores.
Quizá porque había sido la primera en decirme la verdad sin que yo tuviera que arrancársela a la fuerza, palabra por palabra, o quizá simplemente porque, de toda la familia que me quedaba viva, era la única con la que ya no sentía que hubiera una mentira todavía sin descubrir escondida detrás de cada conversación cotidiana.
Empezamos a comer juntas los domingos, en su cocina de mantel de hule, y poco a poco, sin proponérnoslo, fuimos construyendo algo parecido a la relación que quizás deberíamos haber tenido siempre.
Mateo y yo empezamos a vernos con una regularidad que al principio me sorprendió a mí misma, primero cada dos o tres semanas, después casi cada quince días sin falta, encontrándonos siempre a medio camino entre su pueblo y el de nuestra madre, en cafeterías anónimas de carretera donde nadie nos conocía ni sabía absolutamente nada de la historia que nos había terminado uniendo contra todo pronóstico.
Su hija, Valeria, de apenas cuatro años entonces, me llamó "tía Elena" la segunda vez que nos vimos, sin que nadie se lo hubiera sugerido ni preparado de antemano, con esa naturalidad absoluta que solo tienen los niños pequeños para aceptar a la familia nueva sin hacer preguntas, y recuerdo haber tenido que disimular las lágrimas aquella tarde fingiendo torpemente que se me había metido algo en el ojo.