Capítulo 38
Ignacio recompuso la expresión con una rapidez pasmosa, la rapidez de alguien acostumbrado a media vida entera de discursos públicos y ruedas de prensa improvisadas, dando un paso atrás y alejándose de mí con las manos de nuevo abiertas, en ese mismo gesto calculado y tranquilizador de la primera noche en que se había presentado sin avisar frente a esta misma casa.
—Elena y yo solo estábamos hablando —dijo, dirigiéndose a David y Mateo con una sonrisa que no llegaba ni de lejos a sus ojos, una sonrisa de político entrenado para sonreír incluso cuando el mundo se le está desmoronando alrededor—. De asuntos de familia, nada más.
—No tenemos absolutamente nada más de qué hablar —dije, sorprendida de lo firme y clara que sonaba mi propia voz ahora que ya no estaba sola en la habitación, ahora que sentía a mi espalda el peso tranquilizador de dos personas dispuestas a no dejarme sola ni un segundo más—.
Vete de esta casa, Ignacio. Ya no existe ninguna negociación posible entre nosotros, ni ahora ni nunca.
Se quedó mirándonos a los tres, uno por uno, deteniéndose en Mateo durante un instante considerablemente más largo de lo que pareció cómodo para cualquiera de los dos, como si en aquella mirada silenciosa pasaran, comprimidos en apenas unos segundos, treinta y nueve años enteros de una vida que ninguno de los dos había elegido libremente para sí mismo.
Por un instante fugaz me pareció ver algo parecido al arrepentimiento cruzarle la cara, o quizás solo fue cansancio puro, el cansancio de un hombre que llevaba media vida sosteniendo un peso que ya no podía seguir cargando en solitario.
Después, sin añadir nada más, dio media vuelta y salió por la puerta principal, con el mismo paso seguro y calculado con el que probablemente llevaba ya una década entera recorriendo la plaza mayor del pueblo en cada campaña electoral sucesiva.
Nos quedamos los tres completamente en silencio durante un buen rato, escuchando el motor de su coche alejarse calle abajo, hasta que David reaccionó primero, cerrando la puerta principal con doble vuelta de llave y comprobando, casi con una obsesión que no le había visto nunca antes, cada una de las ventanas de la planta baja, tirando de cada pestillo dos veces para asegurarse.
—No va a volver esta noche —dijo Mateo, sentándose pesadamente en el sofá del salón, con las manos todavía temblando ligeramente—. No después de esto. Ahora mismo estará calculando sus próximos pasos, no planeando otra visita.
Cenamos algo ligero sin apenas hablar, incapaces los tres de concentrarnos en nada que no fuera el reloj de la cocina, contando los minutos que faltaban para las ocho, hora en que Sara nos había prometido que el artículo saldría publicado.
A las siete y media ya estábamos los tres sentados alrededor del portátil de David, en la mesa de la cocina, con la pantalla actualizándose cada pocos minutos sin que apareciera nada todavía.
A las ocho en punto, exactamente, vimos publicarse el artículo de Sara.
El titular ocupaba toda la pantalla, en letras grandes y negras: El secreto de treinta y nueve años que podría hundir al alcalde favorito a la Diputación.
El texto, cuidadosamente documentado y contrastado, exponía sin ningún sensacionalismo barato pero también sin ninguna ambigüedad posible la historia completa: el embarazo adolescente de Carmen Salcedo a los dieciséis años, la entrega gestionada por su propio padre para proteger a un socio de negocios de cincuenta años, la segunda entrega treinta años después con Mateo, la página misteriosamente desaparecida del registro civil, y las notas anónimas junto con la amenaza directa que Elena Salcedo había sufrido personalmente en los últimos días, todo ello respaldado por documentos, fechas y testimonios directos.
El teléfono de David empezó a sonar casi de inmediato, apenas dos minutos después de la publicación, y siguió sonando prácticamente sin descanso durante toda la noche entera: medios locales primero, después regionales, después incluso alguna cabecera nacional, todos pidiendo confirmación, pidiendo entrevistas exclusivas, pidiendo cualquier detalle adicional que Sara, con buen criterio profesional, había dejado deliberadamente fuera del artículo inicial para futuras entregas de la serie.
Mateo, sentado muy cerca de mí en el sofá, con la mirada fija en la pantalla mientras los comentarios y las reacciones se multiplicaban por segundos ante nuestros propios ojos, me dijo algo entonces que se me quedó grabado en la memoria mucho más profundamente que cualquier titular de toda aquella noche vertiginosa.
—Sea lo que sea lo que pase ahora con su carrera política, con su reputación, con todo esto que se le viene encima...
al menos el mundo entero sabe ya, a partir de esta misma noche, que nosotros existimos.
Que existimos de verdad, Elena, y que siempre existimos, aunque durante treinta y nueve años enteros nos borraran cuidadosamente de todos los papeles oficiales, de todos los registros, de todas las conversaciones permitidas.
Le apreté la mano sin decir nada, porque no había ninguna palabra que pudiera añadir algo a esa frase concreta.
Fuera, en la calle, algunas luces de las casas vecinas se habían encendido, y me pregunté cuántos de ellos, en ese mismo instante, estarían leyendo en sus propios teléfonos la misma historia que acababa de estallar sobre el pueblo entero como una tormenta que llevaba treinta y nueve años gestándose en silencio.