Nadie lo recordará Capítulo 37
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Capítulo 37

Sara insistió en que publicara el artículo esa misma tarde, adelantando la fecha que habíamos barajado inicialmente, precisamente por la llamada de Ignacio.

"Cuanto antes salga esto a la luz, menos margen tiene para hacer ninguna tontería", nos dijo, ya tecleando en su portátil con una urgencia que contagiaba.

Volvimos al pueblo separados, Mateo y yo en mi coche, David en el suyo, con la intención de encontrarnos todos en casa de mi madre antes de que la noticia se publicara online a las ocho de la tarde.

Llegué primero. La casa estaba tal y como la habíamos dejado esa mañana, con la puerta trasera todavía sin arreglar, cubierta con un tablón provisional que David había clavado deprisa antes de salir.

Entré con la sensación de vacío que ya empezaba a asociar a aquellas paredes, y fue al cruzar el pasillo cuando vi la sombra, quieta, esperándome junto a la puerta del salón.

—Sabía que llegarías tú primero. —Ignacio salió de la penumbra con una calma que ya no intentaba disimular como cordialidad—. Los hombres siempre tardan más en aparcar bien el coche.

El miedo me recorrió entera, pero con él llegó también algo que no esperaba: una rabia fría, concentrada, que me sostuvo en pie en vez de hacerme retroceder.

—¿Cómo has entrado?

—Un tablón clavado en una puerta no detiene a nadie, Elena.

Un pueblo pequeño tiene esas ventajas: aquí todo el mundo sabe cómo se entra en cada casa.

—Dio un paso hacia mí—. He venido a proponerte algo razonable, Elena, antes de que sea demasiado tarde para los dos.

Retira lo que le hayas contado a esa periodista.

Di que fue una confusión, un malentendido familiar exagerado por el dolor de un duelo reciente.

A cambio, te prometo que Mateo y tú recibiréis una compensación generosa, discreta, que os permita rehacer vuestras vidas sin necesitar nada más de esta familia.

—¿Nos estás ofreciendo dinero para que sigamos callados, igual que hicieron con mi madre hace treinta y nueve años?

—Te estoy ofreciendo una salida que ella nunca tuvo.

—No la quiero. —Saqué el móvil del bolsillo, con el pulso acelerado pero la voz firme—.

El artículo se publica dentro de menos de dos horas, Ignacio.

Con o sin mi permiso, con o sin el tuyo.

Lo único que puedes decidir ahora es si prefieres que también se publique que viniste aquí, esta noche, a intentar comprar mi silencio.

—No serías capaz.

—Llevo un mes entero haciendo cosas de las que no me creía capaz, Ignacio. Empezando por abrir un armario que debería haber dejado cerrado, según tú. Así que no me digas de lo que soy o no soy capaz.

Vi algo quebrarse en su expresión, la máscara de control absoluto resquebrajándose por primera vez desde que lo conocía. Dio un paso más hacia mí, demasiado rápido, demasiado cerca, y por un instante pensé, con un terror muy físico, que iba a intentar quitarme el teléfono por la fuerza.

Fue entonces cuando la puerta principal se abrió de golpe, y la voz de David, seguida a escasos segundos por la de Mateo, llenó todo el pasillo.

—¡Elena!

Ignacio se detuvo en seco, calculando en una fracción de segundo la diferencia entre la situación que había planeado —una mujer sola, asustada, negociable— y la que tenía delante ahora: dos testigos más, uno de ellos su propio medio hermano biológico, entrando justo a tiempo para verlo de pie, demasiado cerca de mí, en la casa de la mujer a la que llevaba semanas amenazando.