Nadie lo recordará Capítulo 36
86%

Capítulo 36

Llamamos a la policía, esta vez con un resultado ligeramente distinto al de la primera visita: un robo con allanamiento de morada, con la víctima presente en el domicilio, ya no era algo que un agente joven pudiera despachar con un simple "andaremos atentos".

Tomaron huellas, fotografiaron la puerta trasera forzada, y nos aseguraron que abrirían una investigación, aunque la mirada que intercambiaron entre ellos, al oír el nombre de Ignacio Monclús entre las posibles conexiones del caso, me dejó bastante claro lo incómodos que se sentían solo con la posibilidad.

Llegamos a la cita con Sara con menos de tres horas de sueño encima, pero con una determinación que el robo, lejos de debilitar, había terminado de solidificar. Ella nos esperaba ya en una mesa del fondo del café, con un portátil abierto y una carpeta propia, mucho más gruesa de lo que yo esperaba.

—He estado tirando del hilo esta misma mañana, en cuanto colgamos —nos explicó, girando el portátil hacia nosotros—.

Los contratos municipales que os mencioné anoche tienen un patrón que encaja de manera bastante sospechosa con las fechas en las que, según me contáis, vuestra madre intentó contactar con él.

Es como si, en cuanto supo que el pasado podía llamar a su puerta, hubiera empezado a mover dinero con más urgencia de la habitual.

—¿Estás diciendo que esto podría no ser solo una historia familiar? —preguntó David.

—Estoy diciendo que un hombre acorralado por un secreto personal, en plena carrera hacia un cargo regional, es exactamente el tipo de persona capaz de cometer errores que en circunstancias normales jamás cometería. Y esos errores, cuando se investigan, casi nunca aparecen solos.

Mientras hablábamos, mi teléfono vibró sobre la mesa. Un número oculto. Dudé un instante antes de contestar, con la mano de David posándose brevemente sobre la mía en un gesto silencioso de apoyo.

—¿Diga?

—Has cometido un error, Elena. —La voz de Ignacio, reconocible incluso distorsionada por la mala cobertura, sonaba distinta a la de la noche anterior: más tensa, menos controlada—.

Sea lo que sea que pienses que tienes, sea a quien sea que hayas llamado esta mañana, te aseguro que puedo hacer que cualquier historia que cuentes parezca la venganza despechada de una mujer que no soporta la idea de compartir la herencia de su madre con dos desconocidos.

—No se trata de ninguna herencia, Ignacio. Y ya es tarde para que decidas cuál es la versión que se publica.

Hubo un silencio al otro lado de la línea, un silencio distinto a los de Pilar, distinto al de mi tía Rosario: el silencio de alguien que, por primera vez en mucho tiempo, no tenía preparada la siguiente frase.

—Nos vemos pronto, Elena —dijo por fin, y colgó antes de que yo pudiera responder nada más.

Me quedé mirando el teléfono en la mano, con la pantalla ya apagada, mientras Sara y David esperaban en silencio a que dijera algo.

Sentí un frío repentino recorrerme entera, no tanto por lo que había dicho exactamente, sino por el tono: ya no era el hombre calmado y calculador de la noche anterior, sino alguien que empezaba a perder, poco a poco, el control sobre su propio discurso.

—Ha dicho que nos vemos pronto —repetí en voz alta, y noté cómo la mano de David se cerraba sobre la mía con más fuerza.

—Eso no es una despedida —dijo Sara, ya cerrando el portátil con un gesto decidido—. Eso es una amenaza con fecha. Tenemos que movernos ya mismo.