Capítulo 35
Me despertó un ruido seco procedente de la planta baja, un golpe que no encajaba con ningún sonido normal de la casa, algo entre un chasquido y un crujido de madera forzada.
Miré el móvil, todavía medio dormida, con los ojos ardiéndome de cansancio: las ocho y cuarto de la mañana.
Ninguno de los dos había relevado al otro durante la noche; los dos habíamos dormido de más, vencidos por el agotamiento acumulado de tantas noches en vela, y solo aquel golpe seco nos devolvió de golpe a la realidad, con el corazón ya acelerado antes incluso de entender del todo qué estaba pasando.
Bajé las escaleras descalza, sin encender ninguna luz, aferrándome al pasamanos con una mano mientras con la otra me sujetaba el jersey contra el pecho, como si aquella tela pudiera protegerme de algo.
El corazón me golpeaba con tanta fuerza que me sorprendió no poder oírlo yo misma por encima del silencio denso de la casa, un silencio que ya no era el silencio tranquilo de siempre, sino uno cargado, expectante, el silencio de una casa que sabe que algo no está bien dentro de ella.
La puerta de la cocina estaba entreabierta, y a través de la rendija se colaba un resplandor tenue, no eléctrico, sino el de una linterna pequeña moviéndose de un lado a otro sobre la mesa, iluminando fragmentos: una esquina de papel, un dedo enguantado, el borde de una taza que habíamos dejado allí la noche anterior.
Me quedé paralizada en el umbral del pasillo, con la espalda pegada a la pared fría, intentando decidir en una fracción de segundo si gritar, si retroceder, si simplemente mirar.
Una silueta, de espaldas a mí, rebuscaba entre los papeles con una premura nerviosa y metódica a la vez, como quien ha hecho aquello antes y sabe exactamente qué buscar, metiendo algunos folios en una bolsa que llevaba colgada del hombro con un movimiento rápido, casi mecánico.
Reconocí, incluso en la penumbra, la altura, la forma de los hombros, la complexión atlética de alguien acostumbrado a moverse deprisa.
No era Ignacio. Era alguien mucho más joven, más ágil, alguien que sin ninguna duda trabajaba para él, contratado precisamente para este tipo de trabajo silencioso.
Debí de hacer algún ruido sin darme cuenta —quizás una respiración demasiado brusca, quizás el roce de mi pie descalzo contra el suelo frío—, porque la silueta se giró de golpe, con una rapidez felina que no dejaba ningún margen de duda sobre su entrenamiento, y por un instante eterno, larguísimo, los dos nos quedamos paralizados, mirándonos fijamente en la oscuridad de aquella cocina que yo conocía de memoria y que de repente se había convertido en un territorio completamente ajeno.
No le vi bien la cara. Llevaba algo cubriéndosela, quizás una bufanda subida hasta la nariz, y solo alcancé a distinguir unos ojos oscuros, alerta, calculando en tiempo real las opciones disponibles.
Antes de que pudiera gritar o moverme siquiera un centímetro, el hombre se abalanzó hacia mí y me empujó con una fuerza brutal directamente contra el marco de la puerta, un golpe seco que me sacó el aire de los pulmones y me hizo perder el equilibrio, cayendo de lado contra el quicio de madera.
Salió corriendo de inmediato hacia la puerta trasera de la cocina, que encontré después forzada con una limpieza casi quirúrgica, sin ninguna marca de violencia excesiva, con una herramienta claramente profesional que no dejaba lugar a dudas sobre la experiencia de quien había planeado aquello con antelación.
—¡Elena! —La voz de David llegó desde el salón, ronca todavía de sueño, seguida casi de inmediato por el ruido de sus pasos descalzos golpeando el suelo a toda velocidad—. ¿Qué ha pasado? ¿Estás bien? ¡Elena, contéstame!
Me incorporé despacio, con el hombro dolorido palpitando allí donde había golpeado contra el marco, y con manos que todavía no dejaban de temblar encendí por fin la luz de la cocina, inundando de golpe la habitación con una claridad que hizo daño a los ojos después de tanta penumbra.
La mesa estaba prácticamente vacía. Los dos diarios habían desaparecido por completo.
El expediente de Marta, también, hasta la última hoja.
Solo quedaba, tirada en el suelo junto a una pata de la silla, la fotografía de Mateo bebé en el columpio, boca abajo, como si a quien fuera que hubiera entrado le hubiera faltado, literalmente, una mano más para llevárselo absolutamente todo consigo.
—Se lo han llevado —dije, con una calma extraña, casi irreal, la calma que a veces sustituye al pánico cuando este resulta demasiado grande para sentirlo de golpe y el cuerpo decide, por pura supervivencia, posponerlo—. Se han llevado las pruebas físicas, David. Todas.
David llegó a mi lado, sin aliento, y me cogió la cara entre las manos, girándomela hacia la luz para comprobar que no sangraba, que no tenía ningún corte visible, repitiendo mi nombre en voz baja como quien comprueba que algo sigue funcionando.
Cuando por fin se convenció de que estaba entera, aunque dolorida, se quedó mirando la mesa vacía, y después otra vez a mí, con una expresión que mezclaba a partes iguales el alivio de encontrarme ilesa y el horror crudo de comprender lo cerca que había estado de no serlo.
—Han entrado mientras estabas aquí dentro, Elena. Han entrado sabiendo perfectamente que estabas en la casa, y aun así han entrado sin ningún reparo.
Fue entonces, con el hombro todavía palpitando y las piernas flojas apoyadas contra la encimera, cuando lo entendí con una claridad absoluta que me heló por dentro mucho más que cualquier golpe físico: aquello ya no era una simple advertencia destinada a que dejara de investigar.
Era una demostración deliberada de poder, la prueba de que eran capaces de llegar hasta donde hiciera falta, incluso estando nosotros dentro de la propia casa, dormidos a apenas unos metros de distancia.
Saqué el teléfono con las manos todavía temblando, tan fuerte que tardé dos intentos en desbloquear la pantalla, y marqué el número de Sara.
—Nos han robado los diarios y el expediente —le dije, en cuanto contestó al segundo tono, con la voz todavía pastosa de sueño—. Alguien ha entrado esta noche en la casa mientras estábamos aquí dentro, David y yo. Nos han empujado. Se lo han llevado todo.
Hubo un silencio breve al otro lado de la línea, apenas un segundo, pero lo bastante largo como para que yo contuviera la respiración esperando su respuesta.
—¿Estáis los dos bien? —preguntó primero, antes que cualquier otra cosa, y aquella pregunta, tan simple, me conmovió más de lo que esperaba en medio de todo aquel caos—.
Pero me enviasteis las copias digitales anoche —continuó, ya con la voz completamente despierta y alerta, casi acelerada—.
Eso significa que, sea quien sea que os haya robado los originales, ya es demasiado tarde para ellos.
La prueba ya no depende de un papel que puedan hacer desaparecer con un allanamiento.
Está a salvo, Elena. Escúchame bien: está a salvo.