Nadie lo recordará Capítulo 34
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Capítulo 34

Me tocó a mí la segunda guardia. David me despertó a las cinco y media, con los ojos rojos de sueño, y se dejó caer en la cama sin ni siquiera quitarse los zapatos.

Bajé a la cocina con una manta sobre los hombros y me senté junto a la ventana, desde donde se veía la calle vacía y la farola parpadeando cada pocos segundos, como si también a ella le costara mantenerse despierta.

No tenía sueño. Tenía ese estado extraño de vigilia que llega después del miedo, cuando el cuerpo entero queda en alerta aunque la mente ya no sepa muy bien de qué.

Repasé mentalmente, una y otra vez, todo lo que habíamos mandado por correo unas horas antes: las fotografías de los diarios, el expediente de Marta, el hueco del registro civil documentado con capturas de pantalla.

Me pregunté si sería suficiente. Me pregunté, sobre todo, qué pasaría si no lo era.

A las seis y cuarto oí un ruido en la calle y el corazón me dio un vuelco, hasta que vi, a través de la cortina, que era solo el camión de la basura haciendo su ronda de siempre, con el mismo chirrido metálico de todas las mañanas de mi infancia.

Me reí de mí misma, sola en aquella cocina, con una risa nerviosa que se pareció más a un sollozo.

Saqué el móvil y releí el mensaje que Sara nos había enviado justo antes de que colgáramos: Guardado todo.

Copia de seguridad hecha en dos sitios distintos.

Descansad, mañana empezamos. Lo leí tres veces, como si las palabras pudieran cambiar de significado si les prestaba suficiente atención, y por primera vez en muchos días sentí algo parecido a un cimiento firme bajo los pies.

Pensé en mi madre. En que ella nunca había tenido a nadie así, ninguna Sara profesional al otro lado del teléfono dispuesta a creerla sin pedir nada a cambio, ningún David insistiendo en hacer guardias nocturnas, ningún hermano recién encontrado tarareando una nana en un puente a medianoche.

Había estado sola con dieciséis años en una clínica sin nombre, y sola después, durante treinta y nueve, cargando un secreto que ni siquiera podía compartir con su propia hermana.

Sentí, sentada en aquella cocina helada, una tristeza tan honda que por un momento tuve que apoyar la frente en el cristal de la ventana solo para poder respirar.

Fue entonces, mirando el reflejo de mi propia cara sobre el cristal, cuando decidí que en cuanto todo aquello terminara, fuera como fuera que terminase, iba a aprender esa nana entera, de memoria, con letra o sin ella.

Que algún día se la cantaría a quien hiciera falta, para que en esta familia, al menos a partir de ahora, hubiera una sola cosa que nadie pudiera arrancar ni borrar ni encerrar en un armario.

Cuando el cielo empezó a clarear del todo, dejé la manta sobre el respaldo de la silla y subí a despertar a David para la guardia siguiente.

Pero al pasar por delante de mi antigua habitación, el cansancio de tantas noches sin dormir bien me venció de golpe, y decidí tumbarme solo cinco minutos antes de despertarle.

Fueron más de cinco minutos. Me quedé profundamente dormida, vestida, encima del edredón de flores, sin darme cuenta de que David también se había rendido al sueño en el sofá del salón, sin relevarse el uno al otro, los dos completamente vencidos por el cansancio acumulado de tantos días.

Y fue así, con la casa entera desprotegida por primera vez en toda esa larga noche de guardias, como alguien encontró por fin el momento perfecto para entrar.