Capítulo 33
Llamé a Sara, la periodista, pasadas las dos de la madrugada, disculpándome por la hora antes incluso de que pudiera saludarme. Para mi sorpresa, no sonó ni remotamente molesta: en cuanto mencioné el nombre de Ignacio Monclús, su voz se volvió inmediatamente atenta, profesional, del todo despierta.
—Llevamos meses con el ojo puesto en él, la verdad —me confesó, bajando la voz como si temiera que alguien pudiera escucharla incluso a esas horas—.
Hay rumores de irregularidades en la adjudicación de un par de contratos municipales, nada que hayamos podido demostrar todavía.
Si lo que me cuentas es cierto, esto podría ser justo la grieta que necesitamos para empezar a tirar del hilo entero.
—¿Por qué me crees así, sin más, a las dos de la madrugada, sin haberme visto nunca en persona?
—Porque llevo quince años en este oficio, Elena, y he aprendido a distinguir la voz de alguien que miente de la de alguien que está aterrorizado. Tú no suenas a lo primero.
Le expliqué, con la mayor claridad posible, la documentación que teníamos: los dos diarios, el expediente de Marta, la página desaparecida del registro civil, y el propio testimonio de Mateo y mío.
Quedamos en vernos al día siguiente, a media mañana, en un café discreto a las afueras de Zamora, lejos de cualquier mirada conocida del pueblo.
—Una cosa más —añadió Sara, antes de colgar—.
Manda ya esta noche, por correo, copias digitales de todo lo que tengas.
Fotografías de los diarios, del expediente, todo.
Si algo os pasa antes de que nos veamos mañana, quiero tener pruebas de que esta conversación existió y de qué es exactamente lo que ibais a entregarme.
Aquella frase, dicha con la naturalidad profesional de quien lleva años cubriendo casos de corrupción, se me quedó clavada de un modo que no había sentido hasta entonces con tanta intensidad: por primera vez, alguien ajeno a la familia, ajeno al pueblo, estaba tratando aquello no como un drama doméstico sino como lo que en realidad ya era, un asunto lo bastante peligroso como para tomar precauciones ante la posibilidad de que "algo nos pasara".
Pasamos la siguiente hora fotografiando cada página de ambos diarios, cada folio del expediente de Marta, enviándolo todo a la dirección de correo que Sara nos había dado, con una copia adicional a la cuenta personal de David, por si acaso.
Cuando terminamos, ya cerca de las cuatro de la madrugada, sentí un alivio extraño, casi físico: la sensación de haber sacado por fin toda aquella historia de la fragilidad de un armario y unos diarios, y haberla puesto a salvo en algún lugar que ni Ignacio ni nadie del pueblo podría hacer desaparecer con una simple página arrancada.
Antes de subir, David se quedó un momento apoyado en el marco de la puerta de la cocina, mirando la mesa vacía donde apenas unas horas antes habíamos tenido extendidos los diarios.
—¿Sabes qué es lo más raro de todo esto? —dijo—. Que hace una semana mi mayor preocupación era si llegábamos a tiempo a la boda de mi primo. Y ahora estoy montando guardia en la cocina de tu madre por si entra un desconocido a robar pruebas contra un alcalde.
—Puedes irte, si quieres. No te atas a nada de esto por quedarte.
—No he dicho eso. —Sonrió, cansado—. He dicho que es raro. No que me arrepienta.
Nos fuimos a dormir por turnos, con David insistiendo en quedarse despierto la primera guardia "por si acaso", una precaución que días antes me habría parecido excesiva y que esa noche, sencillamente, agradecí sin discutir.