Capítulo 32
Entré en casa temblando, cerré la puerta con doble vuelta de llave por primera vez desde que había llegado al pueblo, y desperté a David, que se había quedado dormido en el sofá esperando mi vuelta.
Le conté cada palabra de la conversación con Ignacio, y vi cómo su expresión pasaba del sueño a la alarma en cuestión de segundos.
Mateo, que dormía en la habitación de invitados, bajó también al oír nuestras voces, y los tres nos quedamos otra vez en la cocina, esta vez con un miedo mucho más concreto flotando entre nosotros que en cualquier conversación anterior.
—Tenemos que hacer esto público —dijo David, con una determinación que no admitía mucha discusión—. Si un hombre como ese ha llegado a amenazarte cara a cara, la única protección real que tenéis es que la historia deje de depender de que vosotros sigáis vivos para contarla.
—¿Público cómo? —preguntó Mateo—. ¿Ir a la prensa con esto, sin ninguna prueba definitiva más allá de dos diarios y un expediente antiguo?
—Tenemos más que eso. Tenemos el expediente de Marta, con nombres, fechas, firmas. Tenemos la página arrancada del registro civil, que ya de por sí es un indicio de delito. Y os tenemos a los dos, dispuestos a contar la misma historia desde ángulos distintos que encajan perfectamente entre sí.
—¿Y si se cumple lo que ha dicho? —preguntó Mateo, con la voz más baja de lo habitual—. ¿Y si de verdad puede hacer que parezca una venganza despechada, como ha dicho que haría?
—Entonces que lo intente delante de todo el mundo —dijo David—. Es mucho más difícil sostener esa versión cuando hay una periodista seria haciendo preguntas incómodas, con nombres y fechas por delante, que cuando solo hay un pueblo entero mirando para otro lado.
Mateo se quedó callado un momento, mirando alternativamente a David y a mí, con una expresión que no supe leer del todo.
—Si hacemos esto público, mi vida también cambia para siempre —dijo, en voz baja—. Paula, Valeria, mis alumnos, mis padres... todo el mundo va a saber de golpe algo que yo mismo llevo solo veinticuatro horas sabiendo.
—Lo sé —le dije—. Y no voy a decidir esto por ti. Si prefieres quedarte al margen, lo entiendo.
Se pasó una mano por la cara, el mismo gesto de agotamiento que ya le había visto hacer en la acera del instituto.
—No. Quiero que se sepa. Llevo treinta y un años siendo el hijo de nadie en los papeles. Prefiero ser el hijo de alguien en un titular, aunque sea un titular feo, que seguir siendo un hueco en un registro.
Me quedé mirando la libreta azul, la de tapas rojas, la fotografía del jardín, todo alineado sobre la mesa de la cocina como las piezas de un rompecabezas que por fin empezaba a mostrar su imagen completa.
Pensé en mi madre, adolescente, escribiendo listas de nombres para un bebé que sabía que nunca podría quedarse.
Pensé en Ignacio, de pie frente a mi casa, calculando hasta qué punto podía permitirse amenazar a una desconocida antes de que aquello se le girara en contra.
—Conozco a una periodista —dije por fin, recordando un nombre que llevaba años sin mencionar—. Trabajaba conmigo hace tiempo, ahora está en un digital de tirada regional. Si alguien puede publicar esto con el rigor suficiente para que no parezca una venganza personal, es ella.
David asintió, ya con el teléfono en la mano.
—Entonces hazlo esta misma noche. Antes de que él decida que el silencio de una nota anónima ya no es suficiente.