Nadie lo recordará Capítulo 31
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Capítulo 31

Salí de casa de Pilar pasada la medianoche, con la cabeza todavía intentando ordenar todo lo que acababa de escuchar, y caminé los pocos metros que separaban su puerta de la de mi madre con la sensación de que cada sombra del jardín podía esconder algo.

Fue una sensación que, esa noche, no resultó del todo infundada.

Un coche negro, grande, estaba aparcado justo frente a la casa, con el motor todavía en marcha y los faros apagados.

Me detuve en seco, con el corazón acelerándose, hasta que la puerta del conductor se abrió y reconocí, incluso en la penumbra, la cara que llevaba todo el día viendo en los carteles electorales de la plaza mayor.

—Elena Salcedo. —Ignacio Monclús caminó hacia mí con las manos visiblemente abiertas, en un gesto calculado de no amenaza que resultaba, precisamente por lo calculado, mucho más inquietante que cualquier amenaza directa—. Llevas unos días muy ocupada.

—Sé quién eres —dije, plantándome donde estaba, negándome a retroceder—. Sé lo que le hicieron a mi madre a los dieciséis años. Sé lo que le hicieron después con Mateo. Y sé que le escribiste, o más bien que le respondiste, amenazando a Pilar en vez de responderle a ella cuando se estaba muriendo.

Ignacio no pareció sorprendido por nada de lo que dije, lo cual, de algún modo perverso, resultó todavía más aterrador que si lo hubiera negado.

—Vas a escucharme un momento, y luego decides lo que quieras hacer —dijo, con la voz calmada de quien está acostumbrado a dar discursos, a controlar salas enteras con el tono justo—.

Yo no elegí nacer en las circunstancias en las que nací.

No elegí que mi madre biológica tuviera dieciséis años, ni que la familia que me entregó decidiera borrarme de su vida como si nunca hubiera existido.

Construí todo lo que tengo desde cero, sin la ayuda de ningún apellido, sin ningún favor familiar.

Y no pienso permitir que ese mismo apellido, treinta y nueve años después, decida ahora sí reclamarme, solo para arrastrarme con ellos al fondo cuando les convenga.

—Nadie quiere arrastrarte a ningún fondo, Ignacio. Solo queremos la verdad.

—La verdad, para alguien en mi posición, no es un concepto abstracto, Elena.

Es un arma. Y ahora mismo tú la tienes apuntando directamente a mi carrera, a mi familia, a los veinte años que llevo construyendo una reputación en esta provincia.

—Dio un paso más hacia mí, lo suficiente para que pudiera ver, incluso en la oscuridad, que sus manos ya no estaban tan abiertas ni tan calmadas como al principio.

—Así que te voy a pedir, con toda la educación que me queda, que dejes esto aquí.

Que guardes esos diarios, esas fotografías, y que dejes que cada uno siga con la vida que ha construido, la tuya incluida.

Porque si no lo haces, Elena, tendré que empezar a preguntarme hasta dónde estás dispuesta a llegar tú, y hasta dónde voy a tener que llegar yo para protegerme.

No fue un grito. No fue siquiera, técnicamente, una amenaza explícita.

Pero algo en su tono, en la manera en que pronunció aquella última frase, me dejó absolutamente clara una cosa: aquel hombre no iba a detenerse ante nada que se interpusiera entre él y la vida que había construido, y yo, en ese preciso instante, me había convertido oficialmente en ese obstáculo.

Se dio la vuelta y caminó de nuevo hacia su coche, sin prisa, con la tranquilidad de quien está acostumbrado a que la última palabra sea siempre suya. Antes de subir, se detuvo un instante con la mano en la puerta y me miró por encima del hombro.

—Por cierto —dijo, casi como una ocurrencia tardía—, dale recuerdos a tu tía Rosario de mi parte. Y dile que algunas conversaciones de residencia deberían quedarse dentro de la residencia.

Arrancó el motor y se marchó calle abajo, dejándome con la certeza fría de que sabía exactamente cada paso que habíamos dado ese día, incluida mi visita al doctor Elorza. Me quedé plantada en la acera, temblando, hasta que las luces traseras de su coche desaparecieron del todo tras la curva.