Nadie lo recordará Capítulo 30
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Capítulo 30

Fui completamente sola esta vez, aunque David había insistido mucho en acompañarme y tuve que esforzarme bastante en convencerle de que me dejara hacer aquello a mi propia manera, sin ningún testigo presente.

Eran ya más de las once de la noche cuando llamé al timbre de la casa de Pilar, y tardó tanto en abrir la puerta que llegué a pensar, durante un buen rato, que había decidido deliberadamente no hacerlo esa noche.

—Elena, es muy tarde ya, yo...

Pilar se apoyó pesadamente en el marco de la puerta de entrada, y por primera vez desde que la conocía no intentó disimular nada ni justificarse enseguida como hacía siempre.

Simplemente se quedó allí de pie, envejecida de golpe ante mis propios ojos, como si el peso acumulado de aquella última mentira la hubiera vencido definitivamente por completo.

—Pasa, anda —dijo, con una voz que ya no tenía fuerzas suficientes para fingir absolutamente nada más—.

Te voy a contar de una vez todo lo que todavía queda por contar entre nosotras.

Y después, si tú quieres, no vuelvas a dirigirme la palabra nunca más en lo que me quede de vida.

Me lo tendré bien merecido, después de todo esto.

Nos sentamos de nuevo juntas en su cocina, aunque esta vez no me ofreció ningún café ni ningún otro gesto habitual de normalidad entre nosotras, como si ambas supiéramos que aquella iba a ser una conversación completamente distinta a todas las anteriores.

—Ignacio no sabía absolutamente nada de todo esto, hasta hace apenas tres meses —empezó por fin, con la mirada fija en algún punto indefinido de la mesa de formica—.

Nada de nada en todos estos años. Creció siempre pensando que era hijo biológico legítimo de los Monclús, una familia bien situada económicamente de Benavente, y así siguió creyéndolo tranquilamente durante treinta y nueve años seguidos.

Hasta que tu madre, ya con el diagnóstico terminal que finalmente acabó con su vida, decidió que no quería morirse sin al menos intentar verlo una vez más antes del final.

Sentí que el aire se me quedaba completamente atascado en el pecho al escuchar aquello.

—¿Mi madre llegó a contactar directamente con él?

—Le escribió una carta con sus propias manos.

No firmada del todo con su nombre completo, pero sí con suficientes detalles concretos como para que, si él se ponía a investigar solo un poco por su cuenta, pudiera atar todos los cabos sin ninguna dificultad.

Me pidió ayuda expresamente para hacérsela llegar en persona, porque yo era la única persona viva que sabía a través de quién exactamente se había gestionado aquella adopción en su momento original.

—Pilar cerró los ojos con fuerza—. Se la hice llegar sin dudarlo.

Y él reaccionó de una manera que a mí, sinceramente, me heló la sangre entera en las venas.

—¿Cómo reaccionó exactamente ante aquello?

—No fue a verla en ningún momento, ni una sola vez.

No respondió jamás con cariño genuino, ni siquiera con simple curiosidad natural, ni tampoco con una rabia sincera y comprensible.

Vino directamente a verme a mí, aquí mismo, a esta misma cocina donde estamos sentadas ahora, y me dejó completamente claro, sin ninguna ambigüedad posible, que si aquello llegaba a salir a la luz pública de cualquier forma imaginable, ya fuera antes o después de que tu madre muriera finalmente, él se encargaría personalmente de que las consecuencias recayeran sobre quien fuera necesario.

Sobre mí misma, sobre ti si hacía falta llegado el caso, sobre cualquiera que se pusiera en su camino de cualquier manera.

Me dijo, textualmente, con estas mismas palabras, que había trabajado demasiado duro durante demasiados años para llegar hasta donde estaba ahora como para dejar que "el pasado de una mujer que nunca lo quiso de verdad" se lo arrebatara absolutamente todo de la noche a la mañana.

Me quedé mirando fijamente a Pilar, entendiendo por fin, con una claridad helada que me recorrió el cuerpo entero, que las notas anónimas, la entrada forzada en la casa, el aviso urgente a Rosario en la residencia de ancianos, no habían sido en absoluto obra de un pueblo entero guardando colectivamente un secreto compartido por simple lealtad hacia mi madre fallecida.

Habían sido obra, desde el principio, de un solo hombre decidido, dispuesto a proteger su futuro político personal al precio que hiciera falta, y contando además con muchos más recursos económicos y mucho más poder real que cualquiera de los que se habían interpuesto en su camino hasta ese momento.