Nadie lo recordará Capítulo 29
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Capítulo 29

Leímos juntos el segundo diario esa misma noche, sentados los cuatro alrededor de la mesa de la cocina, pasándonos las páginas amarillentas en un silencio casi religioso, cada uno absorbiendo a su propio ritmo lo que allí se contaba con tanto detalle.

La letra era claramente distinta a la del diario dedicado a Mateo: mucho más infantil, más insegura, la letra propia de una adolescente de apenas dieciséis años que todavía no había terminado de formar del todo su caligrafía adulta definitiva.

Mi madre —porque aquella niña de las páginas era, sin ninguna duda posible, mi propia madre de joven— relataba un embarazo del que apenas hablaba con detalle explícito, como si escribir directamente sobre ello le resultara sencillamente insoportable, y en su lugar llenaba las páginas enteras de listas interminables de posibles nombres para el bebé, de pequeños dibujos de cunas, de fantasías infantiles sobre una vida futura que sabía, incluso entonces, con solo dieciséis años, que nunca le iban a permitir vivir de verdad.

Solo una entrada concreta, hacia la mitad del diario, nombraba directamente al padre biológico del niño.

Se lo he contado a papá esta tarde. Me ha preguntado quién es el padre y se lo he dicho sin más rodeos: don Emilio, el socio de la fábrica.

Papá se ha puesto tan pálido de golpe que pensé de verdad que se iba a caer redondo al suelo.

Ha dicho que don Emilio tiene familia propia formada, que tiene ya cincuenta años cumplidos, que si esto llega a saberse arruina el negocio familiar entero y arruina también mi vida entera para siempre.

Ha dicho que él mismo se va a encargar personalmente de todo el asunto, que yo no tengo que preocuparme de absolutamente nada, que nadie en el mundo va a saberlo jamás.

Sentí que se me revolvía el estómago entero al leer aquello en voz alta para los demás.

Mi madre no había tenido, ni mucho menos, un simple romance adolescente inconveniente como yo había imaginado en un primer momento.

A los dieciséis años, un hombre ya de cincuenta cumplidos, socio de negocios de mi propio abuelo desde hacía años, la había dejado embarazada sin ningún escrúpulo, y la respuesta inmediata de mi abuelo no había sido en ningún momento proteger a su propia hija menor de edad, sino proteger únicamente el negocio familiar y silenciar por completo cualquier consecuencia visible, empezando precisamente por hacer desaparecer discretamente al niño que resultó de todo aquello.

—Dios mío —susurró Mateo, que había estado leyendo con atención por encima de mi hombro durante todo ese rato—.

Esto ya no es simplemente vergüenza familiar sin más.

Esto significa que tu propio abuelo protegió activamente a un auténtico abusador de menores para salvar una simple sociedad comercial.

David, mucho más pálido de lo habitual en él, pasó lentamente la página siguiente, y se detuvo en seco al llegar a un nombre que ninguno de los tres esperaba encontrar allí escrito, de puño y letra de mi propia madre adolescente, en una entrada fechada bastante después del parto.

La comadrona que ha ayudado a que todo esto quedara completamente en secreto se llama Pilar. Vive solo dos casas más abajo de la nuestra. Le ha jurado solemnemente a papá que se llevará todo esto consigo a la tumba, pase lo que pase.

Pilar no solo había gestionado personalmente, en 1995, la entrega forzada de Mateo años después.

Treinta años antes de aquello, siendo entonces apenas una joven recién instalada en el pueblo, ya había participado activamente en ocultar por completo el nacimiento de Ignacio, el primer hermano de todos, el que años más tarde acabaría siendo alcalde.

La misma mujer exacta que me había abierto la puerta de su propia casa con lágrimas aparentemente sinceras, jurándome entre sollozos que solo sabía "lo que yo sé de verdad" sobre todo aquel asunto, llevaba en realidad casi cuarenta años enteros sosteniendo, de principio a fin, los dos extremos completos del mismo secreto familiar devastador.