Capítulo 28
Volvimos al pueblo esa misma noche, los tres juntos —Mateo había decidido, sin que nadie se lo pidiera explícitamente, que aquello ya le concernía tanto a él como a mí misma—, y pasamos varias horas seguidas en la cocina de mi madre discutiendo con calma cómo abordar exactamente algo que, cuanto más lo pensaba con detenimiento, más peligroso me iba pareciendo por momentos.
—No podemos ir sin más, así como así, al ayuntamiento y preguntarle directamente si es adoptado —dijo David, dando vueltas distraídamente al café que ya llevaba frío desde hacía un buen rato sobre la mesa—.
Si de verdad es él quien está detrás de todas estas amenazas, en cuanto se entere de que nosotros ya lo sabemos, puede hacer desaparecer sin ningún problema cualquier prueba que todavía quede pendiente, o directamente algo bastante peor para nosotros.
—¿Algo peor como qué exactamente? —preguntó Mateo, con una calma que empezaba a resultarme sinceramente admirable, teniendo en cuenta que hacía menos de veinticuatro horas completas ni siquiera sabía que yo existía en este mundo.
—Como usar su posición de poder actual para complicarnos la vida de verdad a todos nosotros.
Denuncias falsas presentadas contra ti o contra mí, presión directa sobre posibles testigos, contactos importantes que nosotros no tenemos y él sí tiene de sobra.
—David me miró fijamente a los ojos—. Necesitamos reunir pruebas sólidas e irrefutables antes de acercarnos siquiera a él.
Algo que no pueda negar tranquilamente ni enterrar con una simple llamada de teléfono a la persona adecuada.
Se me ocurrió entonces, de repente, algo que llevaba toda la tarde entera rondándome vagamente la cabeza sin terminar de aterrizar del todo en una idea concreta.
—El diario de mi madre menciona a Mateo por su nombre completo, con fecha exacta de nacimiento incluida.
Si encontramos algo parecido sobre 1987, algo que mencione directamente a Ignacio, o que al menos confirme sin ninguna ambigüedad posible que Carmen Salcedo fue realmente su madre biológica, tendríamos entre manos algo que ni siquiera él podría desmentir con facilidad delante de nadie.
—¿Y dónde exactamente buscarías tú algo así? Ya hemos revisado el armario entero de arriba abajo, varias veces.
—No me refiero al armario. —Me levanté de la silla de golpe, con una idea tomando forma en mi cabeza mucho más deprisa de lo que era capaz de verbalizarla en voz alta—.
Mi madre guardaba también varias cajas viejas en el trastero del edificio, cosas que ni siquiera yo había llegado a mirar nunca porque siempre pensé que eran simplemente muebles viejos y herramientas oxidadas de mi padre, sin ningún interés.
Nunca lo había revisado a fondo en realidad, porque después de la muerte de mi padre mi madre prácticamente había dejado de bajar allí por completo, y a mí, entre el funeral reciente y todo lo que había ido descubriendo poco a poco desde entonces, se me había olvidado por completo que aquel trastero siquiera existía todavía.
Bajamos los cuatro juntos hasta el sótano del edificio, con una única linterna del móvil iluminando débilmente cajas cubiertas de una gruesa capa de polvo, herramientas ya completamente oxidadas y muebles viejos que llevaban décadas enteras esperando pacientemente una mudanza que, evidentemente, nunca llegó a producirse.
En el fondo del todo, apoyada contra la pared de piedra desnuda, encontré una maleta vieja de cuero desgastado, cerrada con un pequeño candado oxidado cuya llave, como era de esperar, no teníamos entre nosotros.
David logró forzarlo con un simple destornillador en menos de un minuto completo, demostrando una pericia manual que no le conocía en absoluto y sobre la que preferí no preguntar de dónde exactamente la había sacado.
Dentro de la maleta, cuidadosamente envueltas en papel de periódico ya completamente amarillento por el paso de los años, había más cartas personales, más fotografías familiares antiguas, y un segundo diario, este de tapas rojas en vez de azules, con una fecha escrita a mano en la primera página que confirmó, sin ningún lugar posible a dudas razonables, exactamente lo que ya todos sospechábamos desde hacía un rato.
1987. Ignacio.