Capítulo 27
Antes de volver al pueblo, Marta nos enseñó algo más en su ordenador: la agenda pública del propio ayuntamiento, colgada en su web oficial.
Aquella misma tarde, a las siete, Ignacio Monclús presidía un acto de precampaña en la plaza mayor, justo donde yo había visto su cartel meses atrás sin prestarle ninguna atención especial.
—Deberíamos ir —dijo David—. No a hablar con él. Solo a verlo. A saber contra quién nos enfrentamos.
Llegamos con tiempo de sobra y nos quedamos al fondo, entre un grupo de vecinos que sujetaban banderitas de plástico y un puesto de churros que llenaba el aire de olor a aceite caliente.
Habían montado una pequeña tarima con un cartel enorme detrás, su cara sonriente ampliada varias veces el tamaño real, con un lema en letras blancas: Monclús, la fuerza tranquila de nuestra tierra.
Salió puntual, entre aplausos, con un traje gris bien cortado y esa seguridad física de quien lleva media vida subiendo a tarimas.
Hablaba sin papeles, con las manos abiertas, y tenía un don que reconocí enseguida porque mi madre lo tenía también, aunque en ella se manifestara solo dentro de las paredes de casa: esa manera de ocupar el espacio pidiendo disculpas por ocuparlo, ese gesto ligeramente encorvado al saludar a la gente mayor, como si se sintiera obligado a hacerse pequeño delante de ellos.
Habló del futuro de la comarca, de una nueva depuradora, de ayudas para jóvenes agricultores.
Habló de "las raíces que nos sostienen" y de "no olvidar nunca de dónde venimos", y sentí un escalofrío frío al oírle pronunciar esa frase concreta delante de doscientas personas que le aplaudían sin saber lo que yo sabía.
—Mírale las manos —susurró Mateo, a mi lado—. Yo hago eso.
Tenía razón. Cuando terminaba una frase importante, Ignacio juntaba brevemente las manos, casi rezando, antes de dejarlas caer de nuevo a los costados.
No supe decir de qué me sonaba ese gesto hasta que miré de reojo a Mateo, a mi lado, y lo vi hacer exactamente lo mismo sin darse cuenta, al final de su propia frase.
Al final del acto, mientras la gente se acercaba a saludarle, una mujer mayor le cogió ambas manos entre las suyas y le dijo, con la voz que se oía perfectamente desde donde estábamos:
—Tu madre estaría tan orgullosa de ti, Ignacio. Qué suerte tuvo esa mujer de tener un hijo así.
Ignacio sonrió, le dio las gracias, y por un instante, solo un instante, algo en su expresión se quebró, un parpadeo demasiado largo, una tensión repentina en la mandíbula, como si aquella frase inocente le hubiera costado más de lo que cualquiera a su alrededor podía imaginar.
—Vámonos —dije, tirando suavemente de la manga de David—. Ya lo he visto suficiente.
Caminamos de vuelta al coche en silencio, los tres, con el olor a churros todavía pegado a la ropa. Fue Mateo quien habló primero, ya sentado en el asiento trasero, mirando por la ventanilla las luces de la plaza que se iban quedando atrás.
—Parecía buena persona ahí arriba.
—Mi abuelo también lo parecía en misa —dije—. Eso no significa nada.
No volvimos a hablar del acto durante el resto del trayecto.
Pero yo no dejé de pensar en aquel instante concreto, en la grieta minúscula que se le había abierto en la cara a un hombre acostumbrado a no dejar ver nada, y en que esa misma noche, sin que él lo supiera todavía, tres personas que llevaban su misma sangre acababan de verle en directo por primera vez en su vida.