Nadie lo recordará Capítulo 26
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Capítulo 26

—¿Hay algún nombre concreto en ese expediente? —pregunté, casi sin atreverme siquiera a respirar con normalidad—. ¿A quién exactamente se lo entregaron en su momento?

Marta pasó las páginas amarillentas con mucho más cuidado esta vez, buscando de forma específica ese dato tan importante entre líneas manuscritas y sellos ya casi ilegibles por el tiempo transcurrido.

—Aquí está. —Señaló con el dedo una línea concreta, con la letra ya bastante desvaída por el paso de las décadas—. Entregado a la familia Monclús. De Benavente, según consta. El nombre que finalmente le pusieron al niño fue: Ignacio.

Ignacio Monclús. Ignacio Monclús, treinta y nueve años de edad, si mis cálculos mentales eran correctos en ese momento de tensión.

Cerré los ojos un instante, intentando digerir con calma que aquel nombre completamente desconocido para mí pertenecía, en teoría, a un hermano mayor del que ni siquiera Rosario, ni Pilar, ni tampoco el propio doctor Elorza habían mencionado jamás ni una sola palabra en ninguna de nuestras conversaciones anteriores, como si aquel primer secreto estuviera todavía más profundamente enterrado que el de Mateo.

—Espera un momento. —David se inclinó bruscamente sobre el expediente abierto, con el ceño visiblemente fruncido, la mirada fija en algo muy concreto de la página que teníamos delante—. Elena, ese apellido... ¿no te suena de nada a ti, de haberlo visto antes?

No me sonaba de nada al principio, sinceramente.

Hasta que, de repente, recordé con total claridad dónde exactamente lo había visto antes: en un cartel electoral bastante grande, colgado en la plaza mayor del pueblo, hacía apenas unos meses, durante mi última visita antes del funeral.

Ignacio Monclús no era, ni mucho menos, un completo desconocido para nadie de la zona.

Era el alcalde de nuestro propio pueblo desde hacía ya casi una década entera, y llevaba semanas apareciendo con cierta frecuencia en la prensa regional como el candidato favorito indiscutible a la Diputación provincial en las próximas elecciones autonómicas.

—Es el alcalde —dije, con la voz completamente vacía de aire, casi sin poder articular las palabras con normalidad—. Ignacio Monclús es nuestro propio alcalde, David. El mismo hombre de los carteles.

David se quedó mirándome fijamente, atando cabos mentalmente a exactamente la misma velocidad frenética que yo en ese preciso instante.

—Un hombre que está a punto de dar el salto definitivo a la política regional —dijo despacio, sopesando cada palabra—, no puede permitirse bajo ningún concepto que salga a la luz pública que en realidad es hijo de una entrega irregular gestionada en su día por un abogado en 1987.

Y mucho menos todavía puede permitirse que salga a la luz que su madre biológica real es precisamente la misma mujer cuya propia hija lleva semanas enteras removiendo activamente el pasado de todo el pueblo, generando rumores y visitas incómodas por todas partes.

Marta cerró la carpeta despacio, con un gesto casi ceremonioso, como si de repente aquellos pocos folios pesaran mucho más entre sus manos de lo que pesaban apenas unos minutos antes.

—Esto ya no es simplemente una historia familiar privada —dijo, mirándonos fijamente a los tres, uno por uno, con expresión grave—.

Si tengo razón en lo que estoy pensando ahora mismo, esto es exactamente el tipo de secreto explosivo por el que un hombre con toda una carrera política en juego, y mucho que perder de la noche a la mañana, estaría perfectamente dispuesto a hacer bastante más que limitarse a dejar notas anónimas bajo un limpiaparabrisas en mitad de la noche.

—¿Y si nos hemos equivocado de nombre? —preguntó Mateo, con una voz que sonaba más a esperanza que a duda real—. ¿Y si hay otro Ignacio Monclús, y este solo comparte apellido por casualidad?

—En un pueblo de este tamaño, con esta fecha exacta y este apellido exacto —dijo David, señalando el expediente—, no hay ninguna casualidad posible. Lo sabes tan bien como nosotros.