Capítulo 23
Carmen tiene dieciséis años y una habitación con vistas al patio de luces de la casa de la tía Asunción, en Valladolid, aunque todos en el pueblo creen que está en Zamora estudiando de interna, una mentira que su padre ha construido con la misma meticulosidad con la que lleva los libros de la fábrica.
Lleva tres meses sin ver el sol de frente, porque su padre le ha dicho que es mejor que nadie la vea así, que "así" se ha convertido en la única palabra que usan para referirse a su cuerpo, como si nombrarlo directamente pudiera empeorar las cosas.
Escribe en un cuaderno de tapas rojas que ha comprado ella misma en un quiosco, con el dinero que le queda de su última paga.
No se atreve a escribir el nombre de don Emilio más de una vez; le da miedo que las palabras, repetidas, se conviertan en algo todavía más real de lo que ya es.
Escribe en cambio sobre el niño. Sobre cómo se mueve por la tarde, después de comer, como si el cuerpo de Carmen fuera lo único en el mundo que no le hubiera fallado todavía.
Escribe listas de nombres. Escribe que quiere que se llame Ignacio, como su abuelo materno, un hombre que murió antes de que ella naciera y del que solo conoce una fotografía en la que sonríe con la misma boca torcida que después, sin saberlo, heredará su nieto.
La tía Asunción es amable pero distante, y por las noches, cuando cree que Carmen ya duerme, reza en voz baja delante de una estampa de la Virgen del Camino, pidiendo perdón por algo que no le corresponde a ella pedir perdón.
Carmen la oye a través de la pared y nunca dice nada.
Ha aprendido, en tres meses, que en esta historia todo el mundo pide perdón menos la única persona a la que se lo deberían pedir a ella.
El parto llega en agosto, dos semanas antes de lo previsto, en una clínica pequeña donde nadie pregunta apellidos si el sobre viene bien lleno.
Es un parto largo, complicado, y Carmen grita durante horas sin que nadie, ni siquiera la comadrona joven y nerviosa que le sostiene la mano en los peores momentos, le diga que puede parar, que puede decir que no, que puede quedarse con lo que está a punto de traer al mundo.
Se lo dejan diez minutos. Nadie le explica por qué diez minutos y no cinco, ni por qué diez y no una hora entera, ni por qué la decisión no es suya.
Sostiene un cuerpo diminuto y caliente que huele a algo que no ha olido nunca antes, y durante esos diez minutos completos no piensa en su padre, ni en don Emilio, ni en el negocio de la fábrica, ni en lo que dirá el pueblo si se entera.
Piensa solo en las cuatro notas de una canción que su propia madre, muerta hace ya cinco años, le cantaba a ella de pequeña, y las tararea muy bajito contra la cabeza del niño, como si pudiera dejarle algo suyo escondido dentro de esa melodía, algo que nadie más pudiera arrancarle jamás.
Se llama Ignacio, como el abuelo de la fotografía.
Se lo dicen en voz baja, al despedirse, como quien confirma la matrícula de un coche que ya no volverá a ver.
Carmen no llora entonces. Llorará después, mucho después, durante años, en habitaciones a oscuras con las persianas bajadas, cada agosto, sin que nadie en el pueblo entienda jamás por qué a Carmen Salcedo le daban tan fuerte las migrañas siempre en la misma época del año, ni por qué su hija pequeña, treinta años más tarde, sentada en el borde de esa misma cama, tampoco lo entendería hasta que fuera demasiado tarde para preguntárselo a nadie que pudiera responder con la verdad completa.