Nadie lo recordará Capítulo 24
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Capítulo 24

Encontramos el despacho de Anselmo Bravo a la mañana siguiente, bastante temprano, en la calle exacta que Fernando nos había indicado la tarde anterior, muy cerca ya de la propia catedral de Zamora, con sus dos torres asomando por encima de los tejados cercanos.

El rótulo original del bufete ya no existía en absoluto; en su lugar, una placa metálica bastante más nueva anunciaba ahora un despacho de gestoría administrativa, llevado por una mujer joven llamada Marta Rueda, que resultó ser, para nuestra completa sorpresa, nada menos que la propia nieta de Anselmo, fallecido ya hacía ocho años enteros.

—Mi abuelo llevaba casos muy delicados en su época, la verdad —nos explicó Marta, una vez que le expliqué con la mayor discreción posible el motivo exacto de nuestra visita inesperada—.

Adopciones discretas, sobre todo, en una época en la que este tipo de cosas se gestionaban de una manera completamente distinta a como se hacen hoy en día, con muchísimo menos control legal.

Todavía guardo parte de su archivo antiguo en la trastienda, aunque legalmente muchos de esos expedientes concretos deberían seguir protegidos por confidencialidad profesional, incluso después de tantísimos años transcurridos.

—No le estoy pidiendo en ningún momento que rompa ninguna confidencialidad profesional —dije, con una calma que en realidad no sentía en absoluto por dentro—.

Solo necesito saber si mi propia familia, los Salcedo, recurrió a su abuelo en más de una ocasión a lo largo de los años.

Y si es así, si existe todavía algún expediente antiguo de un caso anterior al de Mateo Ferreira.

Marta dudó visiblemente, mirándonos alternativamente a los tres, uno por uno, sopesando con cuidado algo que se le notaba en la cara que la incomodaba bastante profundamente.

—Voy a hacer algo que probablemente no debería hacer bajo ningún concepto —dijo por fin, tras un largo silencio—, pero mi abuelo, ya en sus últimos años de vida, empezó a sentirse realmente mal por algunos de los casos concretos que había llevado durante su carrera.

Decía, cada vez con más frecuencia, que había ayudado a mucha gente adinerada a proteger su reputación social a costa del bienestar futuro de niños inocentes que nunca pidieron nacer en el momento equivocado para sus familias.

Me dejó una carta manuscrita, poco antes de morir, pidiéndome expresamente que si alguna vez alguno de "esos niños" venía a buscar respuestas años después, hiciera todo lo posible por ayudarle de verdad, aunque tuviera que forzar un poco las normas establecidas para conseguirlo.

Se levantó de su silla y desapareció en una trastienda del despacho durante varios minutos que se me hicieron completamente eternos, con David y Mateo esperando en silencio a mi lado.

Cuando por fin volvió, traía entre las manos una carpeta fina, de cartón ya amarillento por el paso del tiempo, con una etiqueta escrita a mano en la esquina superior: Salcedo, 1987.

Mil novecientos ochenta y siete. Ocho años enteros antes de que naciera Mateo. Cuatro años completos antes de que naciera yo misma.

—Esto es de mucho antes de que yo naciera siquiera —dije, con la voz reducida a poco más que un susurro apenas audible, mientras Marta dejaba la carpeta sobre la mesa, entre los tres, sin llegar a abrirla del todo todavía—.

Eso significa, necesariamente, que la persona entregada en este caso concreto no puede tratarse de Mateo bajo ningún concepto.

Tiene que ser alguien más, otra persona completamente distinta.

David me puso una mano firme en la espalda, notando probablemente cómo me temblaban ya los hombros de manera visible, mientras Marta abría por fin la carpeta con dedos cuidadosos y empezaba a leer, en voz baja, el primer folio completo del expediente antiguo.

—Aquí dice... —Marta frunció el ceño, recorriendo las líneas manuscritas con el dedo índice, descifrando la letra ya algo desvaída—.

Aquí dice claramente que el caso no fue gestionado directamente por tu abuelo en persona, Elena.

Fue gestionado, según consta por escrito, por una tal Carmen Salcedo.

Dieciséis años de edad. Menor de edad en el mismo momento exacto de la entrega del menor.

Tardé varios segundos enteros en llegar a comprender del todo lo que aquella información en realidad significaba.

—Mi madre —dije al fin, con apenas un hilo de voz quebrada—. Mi madre tuvo un hijo mucho antes que a Mateo. Antes incluso de casarse con mi propio padre. Con solamente dieciséis años de edad.

Antes de Mateo hubo otro niño. Mi madre tenía dieciséis años, no treinta, y nadie en la familia había mencionado nunca ni una palabra de aquello.

En algún lugar de este país, en algún punto que todavía desconocíamos por completo, existía una persona más —mayor que Mateo, mayor incluso que yo misma— que también llevaba toda su vida sin saber que Carmen Salcedo había sido su madre.