Nadie lo recordará Capítulo 22
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Capítulo 22

Dormimos en un hostal de la calle de San Torcuato, con paredes finas y una ventana que daba a un patio de luces.

David cayó rendido en cuanto apoyó la cabeza en la almohada.

Yo me quedé mirando el techo hasta pasada la medianoche, y a las doce y media me llegó al móvil un mensaje de un número que solo conocía desde hacía doce horas.

¿Estás despierta? Yo tampoco puedo dormir. Si quieres, doy una vuelta por el río.

Nos encontramos en la puerta del hostal quince minutos después.

Mateo llevaba una chaqueta de lana demasiado fina para el frío de la noche y las manos metidas en los bolsillos, y me saludó con un gesto torpe, entre el abrazo y el apretón de manos, que ninguno de los dos supo terminar.

Nos reímos los dos a la vez, con la misma risa breve y nasal, y eso nos dejó callados un momento.

Bajamos hacia el Duero por calles vacías, con las piedras de las fachadas brillando bajo las farolas.

Zamora de noche es una ciudad que parece haberse quedado dormida con las iglesias despiertas.

Llegamos al puente de piedra sin habernos dicho nada, y allí nos apoyamos en el pretil, con el río oscuro moviéndose despacio abajo.

—No sé cómo hacer esto —dijo Mateo al fin—. Quiero decir: no sé cómo se es hermano de alguien a los treinta y un años.

—Yo tampoco. Supongo que preguntando cosas.

—Vale. —Sonrió de lado—. Empieza tú.

Le pregunté cómo había sido su infancia, y me la contó sin adornos: un colegio público, un perro que se llamó Sultán y vivió diecisiete años, veranos en el huerto con su padre, un padre que arreglaba radios y que le enseñó a soldar a los diez.

Me habló de Paula, su mujer, a la que había conocido en la universidad, y de Valeria, que tenía cuatro años y se había empeñado en que su padre tenía que aprenderse una canción sobre una rana para poder dormirla.

—A veces creo que soy demasiado feliz —dijo—, y que por eso me da tanto miedo esto. Que saber quién fue mi madre me estropee algo.

—No tiene por qué estropearlo.

—No sé. Cuando era pequeño, mi madre, Lucía, me cantaba una nana cada noche. Era siempre la misma, una melodía de cuatro notas que subían y bajaban, sin letra apenas, medio tarareada. Todavía se la canta a Valeria. —Se rio, un poco avergonzado—. Perdona, no sé por qué te cuento esto.

—Cántamela —le pedí.

—¿Cómo?

—Cántamela, por favor. O tararea lo que puedas.

Miró alrededor, comprobó que el puente estaba vacío y empezó a tararear muy bajito.

Cuatro notas que subían, dos que bajaban, otra vez hacia arriba con una pausa en el medio, como una respiración.

Sentí que algo se me abría en el pecho, no de golpe sino despacio, igual que se abre una ventana que lleva mucho tiempo cerrada.

La conocía. No sabía de dónde, pero la conocía con una parte del cuerpo que no tiene palabras.

Era la voz de mujer que había oído en el fragmento de recuerdo, en el porche azul, con la mecedora al fondo.

No había sido mi madre. Había sido Lucía, con treinta y pocos años, cantándole a su hijo recién llegado mientras yo, una niña de cinco, jugaba a su lado en el jardín sin saber que aquel bebé era mío.

—Es esa —dije, y se me quebró la voz—. Es esa, Mateo. La recuerdo. No sabía que era una nana, ni de quién. Pero es esa.

Mateo dejó de tararear. Se quedó mirándome con los ojos muy abiertos, y por un momento pensé que se iba a enfadar, o a rechazar lo que le estaba diciendo. En lugar de eso se pasó la manga por la cara, rápido, con un gesto de niño, y apoyó los antebrazos en el pretil.

—Entonces es verdad —dijo—. Estuviste allí. Yo ya estaba y tú ya estabas, y no lo sabíamos ninguno de los dos.

Nos quedamos un rato callados, mirando el agua. Había una barca amarrada a la orilla, y los reflejos de las farolas temblaban sobre la corriente como cosas que se pueden deshacer con solo tocarlas.

—Cuéntame cómo era —me pidió—. Ella. No lo que hizo ni lo que le hicieron. Cómo era.

Pensé un momento antes de contestar. Descubrí, sorprendida, que tenía muchas cosas que contar y que no me había parado a ordenarlas nunca.

—Tarareaba mientras cocinaba, siempre lo mismo, siempre desafinada.

Lavaba las lentejas tres veces aunque el paquete dijera que no hacía falta.

Le gustaba el olor de la lluvia y abría la ventana cuando empezaba a llover, aunque hiciera frío.

Tenía manos pequeñas y era muy vergonzosa: nunca sabía qué hacer con los cumplidos.

No se reía casi nunca, pero cuando se reía, se tapaba la boca con la mano.

Y entraba en las habitaciones así —le enseñé el gesto, ligeramente encorvada, como pidiendo perdón—, como si fuera a molestar.

Mateo se rio, y esta vez la risa le salió mojada.

—Yo hago eso.

—Lo sé. Lo vi hoy al salir del instituto y casi me da un infarto.

Le enseñé en el móvil la fotografía que me había dado Rosario, la de mi madre a los dieciséis años, delante del limonero. La miró un buen rato sin decir nada, ampliándola con dos dedos, mirando cada detalle: el vestido, el pelo suelto, la sonrisa abierta.

—¿Puedes mandármela? —preguntó al final.

—Claro.

Le envié la foto allí mismo, y el móvil le vibró en el bolsillo del pantalón con un sonido diminuto que me pareció, por alguna razón, lo más solemne de toda la noche.

—Hay una cosa más —dijo Mateo, mirando todavía la pantalla—.

La carta que te conté, la de hace unos meses.

Iba dirigida a mí, con mi nombre completo, y a mi casa de Zamora.

Y me he estado acordando de una cosa: mi dirección no está en ninguna parte.

Vivo de alquiler, la línea del teléfono está a nombre de Paula, no salgo en ninguna guía.

Quien mandó esa carta tuvo que hacerse con mis datos. Y eso no lo hace cualquiera.

Sentí un escalofrío que no venía del frío del río.

—Alguien con medios.

—Alguien con medios —repitió—. Y con mucho interés en que yo no me enterara nunca de que existías.

Nos quedamos en aquel puente hasta que las campanas de alguna iglesia dieron la una y media. Volvimos al hostal sin hablar mucho, con los pasos acompasados sin habérnoslo propuesto. En la puerta, antes de separarnos, Mateo me pidió una sola cosa, con la voz muy baja:

—Sea lo que sea lo que salga de todo esto, no me hagas elegir entre ellos y tú. Ellos son mis padres. Pero tú eres mi hermana, y no quiero perderte ahora que te he encontrado.

—Te lo prometo —dije. Y era la primera promesa que hacía en semanas que sentía que podía cumplir.