Capítulo 21
—No sabemos los detalles exactos —dijo Fernando, al fin, escogiendo cuidadosamente cada palabra con el cuidado propio de quien no quiere prometer más certeza de la que realmente tiene—.
Pero el abogado que gestionó en su día la adopción de Mateo, el mismo despacho de Zamora, nos comentó en una ocasión, sin darle aparentemente mayor importancia en aquel momento, que "esta familia" —así lo dijo textualmente, "esta familia", refiriéndose sin ninguna duda a la vuestra— ya había recurrido a él con anterioridad.
Para un asunto bastante parecido al de Mateo.
—¿Antes de Mateo, dice usted? ¿Está seguro de eso?
—Eso entendimos nosotros en su momento, sí, aunque nunca llegó a darnos ningún nombre concreto ni ninguna fecha exacta. Simplemente lo mencionó de pasada, como quien comenta casualmente que ya conoce a un determinado cliente de ocasiones anteriores, sin darle mayor trascendencia al comentario.
Sentí que el suelo bajo mis pies, que ya llevaba semanas enteras resbaladizo y poco firme, se volvía de golpe directamente líquido, como si fuera a tragarme entera en cualquier momento.
Si mi propio abuelo había recurrido a aquel mismo abogado "con anterioridad" a Mateo, eso significaba, sin lugar a ninguna duda razonable, que Mateo no había sido en absoluto el primer caso.
Que en algún momento anterior a su nacimiento concreto, alguien más de mi propia familia —¿mi propia madre, quizás, en una etapa todavía más temprana de su vida?
¿Alguna hermana de mi abuelo? ¿Alguna prima lejana?
— había pasado exactamente por lo mismo: un embarazo considerado inconveniente para la reputación familiar, una entrega gestionada con total discreción, un silencio comprado a base de dinero y pura vergüenza social.
—¿Tienen ustedes el nombre completo de ese abogado, por casualidad? —preguntó David, siempre mucho más práctico que yo en los momentos exactos en que mi propia cabeza amenazaba con quedarse completamente en blanco por la impresión—. ¿Sigue en activo todavía, o ya se habrá jubilado?
—Se llamaba Anselmo Bravo, si no recuerdo mal después de tantos años.
Tenía su despacho en la calle principal de Zamora, muy cerca de la catedral, en un edificio antiguo con el nombre grabado en una placa de latón junto a la puerta.
No sabría decirles si seguirá vivo hoy en día, la verdad sea dicha; ya era un hombre mayor cuando llevó personalmente el asunto de Mateo, y de eso ya hace más de treinta años completos.
Mateo, que había permanecido casi todo el rato en silencio durante aquella larga conversación en el porche, dejando deliberadamente que fueran sus padres quienes llevaran el peso de la palabra, intervino entonces con una pregunta muy pertinente que a mí, sinceramente, ni se me había pasado por la cabeza plantear hasta ese momento.
—¿Y por qué nos amenazan justamente ahora, después de tantísimo tiempo enterrado? Si todo esto lleva escondido tres décadas enteras sin ningún problema, ¿por qué le importa tanto a alguien, precisamente ahora, que Elena se ponga a removerlo todo de repente?
Fue Lucía quien respondió esta vez, con una intuición certera que sonó, de lejos, mucho más acertada que cualquier otra cosa que hubiéramos escuchado juntos esa misma tarde en aquel porche.
—Porque mientras Carmen seguía viva, el secreto entero tenía una guardiana natural y permanente.
Era ella, por encima de cualquier otra persona, quien más interesada estaba en que absolutamente nadie hablara jamás de ello, precisamente para no destrozar su propia vida cotidiana con el pueblo entero enterándose.
Pero ahora que ella ha muerto por fin...
—Lucía dejó la frase deliberadamente suspendida en el aire, mirándome directamente a los ojos con una intensidad que no esperaba—.
Ahora ya no queda absolutamente nadie protegiendo el secreto desde dentro de la propia familia.
Solo queda ya alguien protegiéndolo con uñas y dientes desde fuera.
Y esa persona en concreto, Elena, tiene mucho más que perder en juego que un simple recuerdo incómodo del pasado, si es que ha llegado ya hasta el extremo de entrar por la fuerza en tu propia casa para robar páginas enteras de un diario privado.
Aquella idea concreta se me quedó completamente clavada durante todo el largo camino de vuelta hasta la casa de mi madre, mientras David conducía en un silencio absoluto y yo miraba pasar distraídamente los campos ya oscurecidos por completo por el atardecer que caía sobre la carretera: quien fuera que estuviera detrás de todas las notas anónimas, de la entrada forzada en la casa, de haber alertado con tanta urgencia a Rosario justo a tiempo en la residencia de ancianos, no lo hacía en absoluto por ninguna lealtad sentimental hacia una mujer ya muerta y enterrada.
Lo hacía por algo bastante más concreto y mucho más presente, algo que seguía teniendo, a día de hoy, consecuencias muy reales y tangibles en el aquí y ahora de su propia vida.