Nadie lo recordará Capítulo 20
48%

Capítulo 20

Carmen tiene veinticuatro años y una hija de cuatro llamada Elena que duerme en el asiento trasero del coche, agotada de tanto jugar en un jardín con un porche azul que no volverá a pisar en su vida consciente.

Lleva las manos apretadas sobre el volante con una fuerza que le blanquea los nudillos, aunque el coche está parado en el arcén, a las afueras de Zamora, esperando a que se le pase el temblor antes de arrancar de vuelta a casa.

Su padre lo ha organizado todo de nuevo, con la misma frialdad eficiente de ocho años atrás, aunque esta vez con menos urgencia y más cansancio en la voz, como quien repite un trámite desagradable pero ya conocido.

El doctor Elorza ha hecho las gestiones médicas.

El mismo abogado de Zamora de la primera vez, con más canas y menos prisa pero igual de discreto, ha preparado otra vez los papeles con nombres cambiados y firmas dobles.

A Carmen no le han preguntado en ningún momento si quería quedarse con el niño esta segunda vez, exactamente igual que no se lo preguntaron la primera.

La diferencia, esta vez, es que su padre le ha permitido una despedida, una sola tarde, como si con los años se le hubiera ablandado algo por dentro, o como si simplemente calculara que negársela sería más peligroso que concedérsela.

Ha traído a Elena a propósito. No sabe explicar del todo por qué, ni siquiera a sí misma, solo que necesitaba que alguien más estuviera allí ese día, alguien de su propia sangre que no fuera su padre ni el médico ni el abogado, aunque esa persona fuera una niña de cuatro años incapaz de entender nada de lo que estaba presenciando.

La ha visto jugar con el bebé en el jardín durante horas, empujando el columpio con un cuidado extraño para su edad, riéndose cada vez que el pequeño Mateo agitaba las manos hacia ella, y por un momento, solo por un momento, Carmen ha permitido que la felicidad de esa escena fuera más grande que el dolor que sabe que viene después.

Al despedirse, Lucía le ha prometido que lo va a querer bien, y Carmen la ha creído, porque algo en la manera en que esa mujer sostiene al bebé, con esa mezcla de emoción y responsabilidad, le dice que es verdad.

Antes de subir al coche, se ha inclinado sobre el moisés una última vez y le ha tarareado las cuatro notas de la nana que su propia madre le cantaba a ella, la misma que ya le tarareó una vez a otro hijo ocho años atrás, deseando que de algún modo la melodía se le quedara grabada al niño en algún lugar donde nadie pudiera arrancársela, ni siquiera el tiempo.

En el coche, de vuelta, el médico le ha dado a Elena algo suave para el mareo, dice él, aunque Carmen sabe exactamente para qué es en realidad, y observa a su hija dormirse en apenas diez minutos, con la cabeza apoyada contra la ventanilla, sin saber que dentro de esa cabecita dormida se está a punto de sellar el segundo secreto de su vida, el segundo hijo borrado, la segunda tarde que nadie en esta familia va a volver a mencionar jamás.

Aquella noche, ya en casa, Carmen escribe en la libreta azul la última frase que se atreve a escribir sobre este asunto durante los treinta años siguientes.

La escribe con la mano temblando, apretando tanto el bolígrafo que la tinta se hunde en el papel: Ya está.

Se acabó. Nadie lo recordará. Ni siquiera ella.

No sabe, mientras cierra la libreta y la esconde en el fondo del armario, envuelta en un jersey verde con un agujero de polilla en la manga, que se equivoca en la última palabra de esa frase.

Porque su hija, aunque no lo recuerde con la mente, va a llevar ese jardín y ese columpio y esas cuatro notas guardadas en algún lugar del cuerpo durante los siguientes treinta y un años, esperando, sin saberlo, el día en que alguien vuelva a tararearlas delante de ella.