Nadie lo recordará Capítulo 19
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Capítulo 19

Paula llegó a casa de sus suegros a media tarde, cuando ya llevábamos horas hablando en el porche, con Valeria de la mano y la cara de alguien que ha conducido más deprisa de lo prudente después de recibir una llamada que no terminaba de entender del todo.

Mateo salió a recibirla antes de que llegara a la cancela, y los vi hablar en voz baja durante un par de minutos, ella con los brazos cruzados, él gesticulando con las manos abiertas, en ese mismo gesto suyo tan parecido al mío que ya no me sorprendía.

Cuando por fin entró en el porche, Valeria salió corriendo hacia el huerto de Fernando, y Paula se quedó de pie, mirándome con una curiosidad que no intentó disimular.

—Así que tú eres Elena.

—Así que yo soy Elena —contesté, sin saber muy bien qué más añadir.

Se sentó frente a mí, en la silla que Lucía le acercó sin que nadie se la pidiera, y durante un momento no dijo nada, solo me observó con la misma atención con que un médico observa una radiografía antes de dar un diagnóstico.

—Llevo diez años casada con un hombre que siempre ha tenido una pregunta sin respuesta metida dentro —dijo al fin—.

No hablaba de ella casi nunca, pero yo la notaba, en ciertos silencios, en cómo se quedaba mirando a los bebés de otras familias en las bodas.

Y ahora apareces tú, un martes cualquiera, con esa pregunta ya resuelta, y sinceramente no sé si darte las gracias o pedirte que hubieras tardado un poco más en aparecer.

—Lo entiendo.

—No, no creo que lo entiendas del todo, y no te lo digo con mala idea. —Suavizó el tono, aunque no la mirada—. Entiendo que necesitabas encontrarlo. Lo que no sé todavía es qué va a pasar con la vida que él ya tenía antes de que tú llegaras. Con la que tenemos los dos. Con la que tiene Valeria.

Mateo, que se había quedado de pie junto a la puerta, intervino entonces con una firmeza que no le había visto usar hasta ese momento.

—Nada va a cambiar de lo que ya teníamos, Paula. Esto es una cosa que se suma, no que sustituye.

—Eso lo dices ahora. —Paula no apartó los ojos de mí—. Pero yo he visto a mi marido llorar esta tarde, hablando por teléfono con una mujer a la que no conocía hace veinticuatro horas, y no le había visto llorar así en diez años juntos. Eso no es "sumar" sin más, Mateo. Eso remueve cimientos.

Me quedé sin saber qué decir, con la sensación incómoda de estar, por primera vez desde que había empezado todo aquello, del lado equivocado de una conversación. Fue Lucía, desde la puerta de la cocina con un paño en las manos, quien rompió el silencio.

—Paula, hija, ven aquí un momento.

Se levantó y siguió a su suegra hacia el interior de la casa. No supe qué hablaron, pero cuando volvió a salir al porche, unos minutos después, algo en su expresión se había suavizado, aunque no del todo.

—No voy a fingir que esto me hace ilusión —me dijo, ya de pie, lista para irse a buscar a Valeria—.

Pero tampoco voy a ponerme en medio de algo que él necesita.

Solo te pido una cosa, Elena: que si esto se complica, y por lo que me ha contado Mateo tiene toda la pinta de complicarse mucho, no dejes que le pase nada a mi familia por el camino.

—Te lo prometo —dije, y era una promesa que, en ese momento, no sabía todavía lo difícil que sería cumplir del todo.