Capítulo 18
Los padres adoptivos de Mateo, Fernando y Lucía Ferreira, vivían todavía en aquella misma casa del porche azul que yo había visto solo en un fragmento de recuerdo hasta apenas una hora antes, a las afueras del pueblo, ya jubilados de sus respectivos trabajos y dedicados por completo a un huerto extenso que Fernando nos enseñó con visible orgullo antes incluso de que nos sentáramos formalmente a hablar de nada realmente importante, como si necesitara ese pequeño ritual de bienvenida antes de enfrentarse a lo que se avecinaba.
Mateo les había llamado por teléfono directamente desde la cafetería, con una brevedad claramente nerviosa que dejaba muy claro lo extraño que le resultaba a él mismo pedirles algo así de repente, y ellos, sin hacer demasiadas preguntas por teléfono, habían aceptado recibirnos esa misma tarde.
Lucía, una mujer menuda de manos ásperas y curtidas de tanto trabajar la tierra durante décadas, me miró con una atención muy especial en cuanto entré por la cancela del jardín, como si estuviera comparando cuidadosamente mi cara actual con la de alguien que llevaba guardado en la memoria desde hacía muchísimo tiempo, buscando coincidencias.
—Tú eres la niña —dijo, casi hablando para sí misma en voz baja, antes incluso de que nadie hubiera tenido tiempo de explicarle nada en concreto—. La hermanita. Vinisteis una vez, hace... Dios mío, treinta años ya, casi treinta y uno.
Sentí que las piernas me flaqueaban ligeramente al oír aquello, y David, justo a mi lado, me sostuvo con discreción por el codo, sin decir nada, simplemente ofreciéndome un punto de apoyo físico.
—¿Se acuerda usted de mí, después de tantísimo tiempo?
—Cómo no me voy a acordar, hija. —Lucía nos hizo un gesto amable con la mano para que nos sentáramos en el porche, el mismo porche pintado de azul que había asomado, fragmentado y confuso, en mi recuerdo apenas unas horas antes—.
Fue solo una vez, poco después de que nos entregaran oficialmente a Mateo.
Tu madre vino sola hasta aquí, contigo de la mano, sin avisar previamente de nada.
Nos dijo que necesitaba verlo una última vez, verlo bien de cerca, antes de "hacerse a la idea de que ya nunca más volvería a verlo en su vida".
Le dejamos quedarse aquella tarde entera con nosotros.
Tú jugabas con él en el jardín, aunque él todavía era apenas un bebé de meses y tú tampoco tendrías más de cuatro o cinco años en aquel momento.
—No recuerdo absolutamente nada de eso. Hasta este mismo día, ni siquiera sabía que ella había venido hasta aquí.
Lucía y Fernando cruzaron entre ellos una mirada larga que no supe interpretar del todo con exactitud, una mezcla compleja de tristeza genuina y algo que se parecía mucho a la culpa compartida entre los dos.
—Tu madre nos hizo prometerle que nunca lo mencionaríamos jamás, si alguna vez volvíamos a veros a cualquiera de los dos —dijo Fernando, con la voz mucho más ronca de la que había usado hasta ese momento de la conversación—.
Decía que tu abuelo se había ocupado personalmente de que tú "no te acordaras de nada en absoluto", que te habían dado algo suave para dormir esa misma tarde, después de la visita, algo de las farmacias de aquella época, para que durmieras profundamente durante todo el trayecto de vuelta en coche y no llegaras nunca a fijar el recuerdo en tu memoria de niña.
Decía... —dudó un momento, como si le costara físicamente repetir aquello en voz alta después de tantos años callándoselo— decía que su propio padre había insistido mucho en que aquello era lo mejor para todos los implicados, que un recuerdo tan confuso y doloroso solo podía terminar haciéndote daño también a ti, siendo una niña tan pequeña e indefensa.
Me quedé mirando fijamente el huerto que se extendía más allá del porche, con las hileras de tomateras perfectamente cuidadas, intentando encajar aquella información nueva en algún lugar de mí misma que no fuera pura rabia incontrolable.
No solo me habían arrebatado a un hermano entero.
Me habían arrebatado también, de manera completamente deliberada y calculada, el único recuerdo bueno que había llegado a tener de él en toda mi vida: una tarde entera jugando juntos en un jardín soleado, borrada a propósito con la excusa conveniente de que era "lo mejor" para una niña de cuatro años a la que nadie, en ningún momento, se molestó siquiera en preguntar qué era lo que ella realmente quería recordar de su propia infancia.
—¿Saben ustedes si mi abuelo hizo esto mismo con alguien más, aparte de con Mateo? —pregunté, con la voz ya bastante más recompuesta, mucho más firme que hacía apenas un minuto—. ¿Hubo otros niños en circunstancias parecidas, otras familias implicadas, además de la nuestra?
Fernando y Lucía se miraron de nuevo entre ellos, esta vez de forma mucho más prolongada, y el silencio incómodo que siguió a continuación me dijo, incluso antes de que ninguno de los dos llegara a abrir finalmente la boca para responder, que la respuesta a mi pregunta era, sin ninguna duda, que sí.