Capítulo 17
Nos sentamos en una mesa del fondo del local, deliberadamente alejada de las demás, con David uniéndose a nosotros solo en el último momento, cuando Mateo, con un gesto casi imperceptible de la cabeza, pareció darle permiso tácito para hacerlo.
Pedimos tres cafés que ninguno de los tres llegó a tocar apenas, dejando que se fueran enfriando poco a poco sobre la mesa mientras hablábamos.
Mateo habló primero, con calma, de sus padres adoptivos, los Ferreira, describiéndolos como gente sencilla y profundamente cariñosa, que jamás le habían ocultado que venía de otra familia biológica distinta, aunque tampoco habían presionado nunca, ni una sola vez, para que él sintiera la necesidad de saber más de lo que quisiera por su cuenta.
"Siempre me decían que si algún día quería buscar mis orígenes, ellos mismos me ayudarían encantados.
Pero que no tenía por qué sentir que les debía nada por no haberlo hecho antes, que aquello era decisión mía y de nadie más", explicó, con una gratitud tan genuina que se le notaba en cada palabra pronunciada.
—¿Nunca sentiste curiosidad de verdad, en todos estos años? —le pregunté, con sinceridad.
—Claro que sí, muchas veces, sobre todo de adolescente.
Pero cada vez que me imaginaba a mí mismo buscando en serio, pensaba inevitablemente en todo lo que podría llegar a encontrarme.
Que quizás mi madre biológica no quisiera saber absolutamente nada de mí.
Que abrir esa puerta concreta pudiera acabar doliendo mucho más de lo que realmente valdría la pena a la larga.
—Hizo una pausa breve, jugueteando distraídamente con la cucharilla dentro de la taza de café ya frío —.
Aunque, ahora que lo pienso con calma, hace apenas unos meses pasó algo bastante raro que nunca supe muy bien cómo interpretar del todo.
Sentí que se me erizaba la piel entera antes incluso de que él terminara de formular la frase completa.
—¿Qué fue exactamente lo que pasó?
—Recibí una carta en casa. Sin ningún remitente indicado, enviada desde...
no recuerdo bien ahora mismo el matasellos, alguna localidad de por aquí cerca, creo recordar.
Decía, más o menos con estas palabras, que había ciertas personas que preferían que determinados asuntos del pasado siguieran enterrados para siempre, y que sería mucho mejor para todos los implicados si yo no intentaba "remover cosas antiguas" que ya no tenían remedio.
Al principio pensé que se trataba de una broma pesada de mal gusto, o que simplemente se habían equivocado de destinatario por error.
La tiré directamente a la basura sin darle mayor importancia en su momento.
David y yo cruzamos una mirada rápida y cargada de significado.
La misma letra irregular, en mayúsculas, deliberadamente anónima y disimulada que yo había encontrado bajo mi propio limpiaparabrisas apenas unos días atrás, parecía haber llegado también hasta aquí, hasta Zamora, meses antes incluso de que yo hubiera llegado siquiera a abrir aquel armario en casa de mi madre.
—Alguien sabía perfectamente que ibas a intentar encontrarlo, Elena, antes incluso de que tú misma tuvieras la menor idea de ello —dijo David, en voz baja, casi hablando más para sí mismo en voz alta que dirigiéndose realmente a ninguno de los dos.
Mientras seguíamos hablando, algo empezó a removerse lentamente en mi memoria, de forma incómoda, resbaladiza, como una palabra que se queda atascada en la punta de la lengua sin terminar nunca de salir del todo.
Mateo había mencionado, casi de pasada, sin darle ninguna importancia especial, que sus padres adoptivos vivían cerca de un río, en una casa con un porche de madera pintado de un azul característico.
Y al oírle decir aquello en voz alta, algo se soltó de golpe dentro de mí, una imagen completa que llevaba treinta años enteros enterrada bajo capas y capas de infancia y de olvido deliberadamente inducido: un porche pintado de azul, el sonido rítmico de una mecedora meciéndose despacio, y una voz de mujer —no la de mi propia madre, sino otra completamente distinta, más joven, más suave— cantando muy bajito una nana que yo hubiera jurado, hasta ese mismo instante exacto, no haber escuchado jamás en toda mi vida consciente.
—¿Qué te pasa, Elena? —preguntó David, alarmado al ver la expresión que debía de habérseme quedado dibujada en la cara en ese momento.
—Creo que he estado allí antes —dije, con la voz reducida a poco más que un hilo tembloroso—.
Creo que de niña, hace muchos años, estuve físicamente en esa misma casa que describes.
Creo que llegué a conocer a tus padres en persona, Mateo, antes de que alguien, deliberadamente, me borrara también a mí ese recuerdo concreto de la cabeza.