Nadie lo recordará Capítulo 16
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Capítulo 16

Crucé la calle con las piernas mucho más torpes de lo que me hubiera gustado en un momento así, consciente en todo momento de que David se había quedado deliberadamente un paso atrás, dándome ese espacio necesario sin decir absolutamente nada, simplemente por si acaso lo necesitaba cerca en cualquier segundo.

Mateo me vio acercarme desde el otro lado de la acera y esbozó la sonrisa educada, casi automática, de quien espera que un desconocido esté a punto de preguntarle simplemente una dirección o la hora.

—Perdona —dije, y la voz me salió, para mi propia sorpresa, mucho más entera y firme de lo que había anticipado durante todo el trayecto en coche—. ¿Eres Mateo Ferreira?

La sonrisa se mantuvo en su cara, aunque adquirió un matiz algo más cauto, más alerta.

—Sí, soy yo. ¿Nos conocemos de algo?

—No. No exactamente. —Sentí que el corazón me latía con fuerza directamente en la garganta, como si se hubiera desplazado de sitio—. Me llamo Elena. Elena Salcedo. Creo que... creo que podríamos ser hermanos, tú y yo.

Vi cómo la sonrisa se le congelaba de golpe en la cara, no todavía de incomodidad exactamente, sino de puro desconcierto absoluto, la expresión típica de alguien que necesita un segundo entero, quizás dos, para procesar una frase que no encaja de ninguna manera en ningún guion previsto para esa hora del día.

—Perdona, ¿cómo has dicho?

—Sé perfectamente que suena a locura, créeme que lo sé.

Llevo semanas enteras intentando averiguar qué le pasó exactamente a un hermano que yo nunca supe que tenía, un niño llamado Mateo, nacido hace treinta y un años, entregado en adopción a una familia de apellido Ferreira, aquí mismo, en Zamora.

—Saqué la fotografía del bolso con dedos que no terminaban de estar firmes, la del bebé en el columpio del jardín, y se la tendí con la mano temblando visiblemente—.

Encontré esto entre las cosas de mi madre, hace apenas unas semanas. Murió hace poco.

Mateo miró fijamente la fotografía sin llegar a cogerla en ningún momento, como si el simple hecho de tocarla físicamente fuera a hacer que todo aquello se volviera de golpe irreversiblemente real, sin posibilidad de marcha atrás.

Cuando por fin habló, tras varios segundos de silencio absoluto en mitad de la acera, su voz había perdido por completo toda la cordialidad profesional y relajada de apenas un minuto antes.

—Yo soy adoptado, eso es cierto. Lo he sabido siempre, desde muy pequeño, mis padres nunca me lo ocultaron ni un solo día.

Pero jamás me dijeron el nombre de mi madre biológica.

Siempre decían que ellos mismos no lo sabían, que todo el proceso se gestionó a través de un abogado externo, en un proceso muy discreto y confidencial, cerrado por completo.

—Carmen Salcedo. Así se llamaba ella. —Hice una pausa breve, buscando cómo continuar—.

Y nuestro... —dudé de nuevo, sin saber muy bien cómo referirme exactamente a un hombre que en teoría compartía media sangre conmigo y al que solo conocía desde hacía escasos cuarenta segundos— nuestro abuelo, el padre de ella, fue quien organizó personalmente tu adopción hace tantos años.

Por pura vergüenza familiar. Porque las fechas del embarazo, según parece, no encajaban con cuándo mi padre había estado realmente en el país en aquella época.

Mateo se pasó lentamente una mano por la cara, de la frente a la barbilla, un gesto de agotamiento repentino y profundo, como si le acabaran de pedir, sin ningún aviso previo, que reordenara treinta años enteros de su propia vida en cuestión de apenas unos segundos en mitad de una acera cualquiera.

—Necesito sentarme un momento —dijo por fin, con la voz visiblemente afectada—.

Hay una cafetería tranquila a la vuelta de esta misma esquina.

No te prometo absolutamente nada todavía, pero...

dame al menos media hora de tu tiempo. Solo para escuchar con calma lo que sea que tengas que contarme, sin que se me caiga encima todo el instituto entero mirando la escena desde las ventanas.

Caminamos los tres juntos en un silencio bastante extraño hasta la cafetería indicada, con David manteniéndose deliberadamente un paso por detrás de nosotros dos, respetando con delicadeza un espacio que de pronto, sin que nadie lo hubiera decidido conscientemente, parecía pertenecer exclusivamente a Mateo y a mí.

Mientras cruzábamos juntos la puerta del local, Mateo se detuvo un instante en el umbral, se giró hacia mí con una expresión completamente distinta a la de hacía un momento, y me hizo la única pregunta que, de todas las que yo había imaginado repetidamente durante el viaje en coche que podría hacerme, no había previsto en absoluto que fuera a formular.

—Esa mujer, Carmen... ¿llegó a ser feliz alguna vez en su vida? ¿O se pasó toda su vida entera arrepintiéndose amargamente de lo que le obligaron a hacer conmigo?

No supe qué responderle enseguida, sorprendida por la profundidad inesperada de la pregunta.

Pensé de inmediato en el diario azul, en esa última frase escrita con la tinta tan hundida en el papel que casi lo había rasgado.

Ya está. Se acabó. Nadie lo recordará. Ni siquiera ella.

Pensé también en treinta años enteros de silencio absoluto guardado cuidadosamente en el fondo de un armario oscuro.

—Creo que no —dije al fin, con una honestidad repentina que me sorprendió incluso a mí misma al pronunciarla en voz alta—. Creo que te llevó siempre consigo, de la única manera que le permitieron hacerlo, durante todos estos años.