Capítulo 15
El viaje hasta Zamora duró casi dos horas, la mayor parte en un silencio que no resultaba incómodo, sino más bien concentrado, cada uno perdido en sus propios pensamientos mientras el paisaje de secano iba desfilando por la ventanilla, campos ya segados, algún pueblo disperso a lo lejos con su iglesia asomando por encima de los tejados.
David conducía con las dos manos en el volante, más tenso de lo habitual, y yo llevaba en el regazo una carpeta con todo lo que habíamos reunido hasta ese momento: la fotografía del jardín, una copia impresa de la imagen del colegio, un par de notas que había ido tomando sin mucho orden durante las últimas semanas, como si necesitara sentir el peso físico de las pruebas para no perder el valor por el camino.
El instituto donde Mateo daba clases resultó ser un edificio moderno de ladrillo rojo, bastante anodino, a las afueras de un pueblo mediano cercano a la propia Zamora, con un aparcamiento medio vacío a esa hora y un patio donde algunos alumnos rezagados apuraban los últimos minutos de recreo antes de que sonara el timbre que marcaba el final de la mañana lectiva.
Aparcamos al otro lado de la calle, con una vista despejada de la puerta principal del centro, y nos quedamos allí sentados en silencio, sin decir apenas nada, esperando a que terminaran definitivamente las clases de la mañana.
—Todavía podemos irnos, ¿sabes? —dijo David, no porque quisiera de verdad marcharse en ese momento, sino porque supongo que necesitaba pronunciarlo en voz alta, dejar constancia clara de que aquello seguía siendo una decisión consciente que estábamos tomando entre los dos, y no simplemente un arrastre inevitable de los acontecimientos.
—No voy a irme, David. He llegado hasta aquí y no pienso dar media vuelta ahora.
A la una y cuarto exactas empezaron a salir grupos enteros de adolescentes, ruidosos, empujándose entre risas, completamente ajenos a que a apenas cincuenta metros de distancia una mujer llevaba semanas enteras destrozándose la cabeza por un secreto que ellos ni siquiera podían imaginar que existía.
Reconocí a Mateo antes incluso de que David tuviera tiempo de señalármelo con el dedo, porque llevaba tanto tiempo mirando aquella fotografía de la reunión de antiguos alumnos, ampliándola una y otra vez en la pantalla del móvil durante noches enteras de insomnio, que su cara se me había quedado grabada en la memoria con una nitidez que ni yo misma esperaba tener.
Salió del edificio con una carpeta de cartón bajo el brazo, hablando animadamente con otro profesor, riéndose de algo que la distancia no me permitió escuchar.
Tenía un modo particular de caminar ligeramente encorvado, como si intentara ocupar menos espacio físico del que su propia altura le obligaba a ocupar en el mundo, un gesto sutil que me resultó extrañamente familiar desde el primer segundo, aunque no supe decir exactamente de dónde hasta que, un instante después, caí en la cuenta con un escalofrío recorriéndome entera: era el mismo gesto exacto de mi madre, esa manera suya tan particular de entrar en cualquier habitación como pidiendo disculpas de antemano por ocuparla, un gesto que yo había visto durante toda mi vida sin saber jamás que también se lo había heredado a otra persona, a quinientos kilómetros de distancia de aquella casa, sin que ninguno de los dos hubiera tenido nunca la menor idea de la existencia del otro.
—Es él —le dije a David, con la voz reducida casi a un susurro apenas audible, como si de algún modo absurdo pudiera oírme desde el otro lado de la calle—. Es él de verdad, David. Está aquí mismo, delante de nosotros.
Mateo se despidió de su compañero con un gesto rápido de la mano, sacó las llaves de un coche pequeño y algo abollado aparcado cerca de la entrada principal, y por un instante, mientras rebuscaba distraídamente algo en los bolsillos de su chaqueta, se quedó completamente inmóvil en mitad de la acera, mirando fijamente hacia la calle, hacia nuestro propio coche aparcado, con una expresión que no supe interpretar del todo: quizás simple curiosidad hacia un vehículo desconocido estacionado frente al instituto un martes cualquiera, o quizás, aunque sonara completamente absurdo formulado en voz alta, algún eco lejano e inexplicable de reconocimiento que ni él mismo hubiera sabido justificar racionalmente.
—¿Vamos ahora, o esperamos un poco más? —preguntó David, con la mano ya puesta sobre la manija de la puerta, listo para actuar en cuanto yo diera la señal.
Miré a Mateo, que seguía allí parado en la acera, sin ninguna urgencia aparente, como si algo también lo retuviera a él, de manera inexplicable, en ese punto exacto de la calle.
Y sentí, con una certeza absoluta que no tenía ninguna base racional que pudiera explicarla del todo, que si dejaba pasar ese momento concreto, quizás no volviera a presentarse jamás otra oportunidad igual de clara.
—Vamos —dije, y abrí la puerta del coche antes de que el miedo, ya instalado firmemente en mi estómago, pudiera hacerme cambiar de idea en el último segundo.