Capítulo 14
David tardó una hora y media en cambiar la cerradura de la puerta principal, y otra media hora en aceptar que había comprado la equivocada.
Antes de empezar había sacado la llave de repuesto de debajo de la maceta del porche y se la había guardado en el bolsillo, sin decir nada, como quien retira un arma de una mesa.
La ferretería del pueblo cerraba a las ocho y él había llegado a las siete y cuarenta con la prisa de quien va a comprar una medicina, de manera que el cerrojo que trajo era de un tamaño que no servía para aquella puerta tan vieja.
Lo intentó igualmente durante un buen rato, arrodillado en el recibidor con el destornillador entre los dientes, mientras yo le sostenía la linterna del móvil y le decía que lo dejara, que mañana buscaríamos otro, que nadie iba a volver a entrar esa noche.
—No lo sabes —contestó, sin quitarse el destornillador de la boca.
Tenía razón, y ninguno de los dos volvió a hablar del asunto.
Terminó atrancando la puerta con una silla y el arcón del recibidor, que pesaba lo suficiente para disuadir a cualquiera que no llevara un plan.
Después se sentó en el suelo, con la espalda apoyada en la pared y una pierna doblada, y me miró con una expresión que era mitad cansancio y mitad vergüenza.
—Siéntate —dijo—. Te debo una disculpa.
Me senté a su lado, en el suelo de baldosas, con las rodillas contra el pecho. Debajo de la mesa había una mancha antigua que reconocí: un rotulador que dejé caer a los ocho años y que mi madre nunca consiguió quitar del todo.
—No hace falta.
—Sí hace. —Se frotó los ojos con el dorso de la mano—. El otro día por teléfono, cuando me lo contaste todo, te hablé como si estuvieras... como si tuviera que manejarte. Y tú me estabas diciendo la verdad. No te creí. Ni siquiera lo intenté.
—Tenías motivos. Suena a locura, David. Yo misma lo habría dicho.
—No, no tenía motivos. —Negó despacio con la cabeza—.
Tenía miedo. Y eso es distinto. Si lo que decías era verdad, significaba que tu madre te había mentido toda la vida, que había un hermano tuyo por ahí y que tú estabas sola en esta casa descubriéndolo, y yo, que se supone que soy el que está a tu lado, no sabía qué hacer con eso.
Es más fácil decir que estás cansada y que ya se te pasará.
Te lo dije por cobardía, no por prudencia.
No estaba acostumbrada a oírle hablar así.
Llevábamos cinco años juntos y David era un hombre amable y ordenado que resolvía los problemas con calma y que casi nunca hablaba de lo que sentía.
Creo que por eso me quedé un momento sin saber qué decir.
Después le cogí la mano, que tenía el polvo de la cerradura pegado a los dedos, y la sostuve entre las mías.
—Estás aquí —le dije—. Eso es lo que importa.
—He venido cuando me ha mandado la foto de la nota, no cuando me lo contaste tú. Eso me lo voy a reprochar un tiempo.
—Pues te dejo. Pero no mucho.
Sonrió por primera vez en todo el día, con esa sonrisa suya un poco torcida que me había enamorado cinco años atrás en la cola de una biblioteca.
Estuvimos un rato así, sin decir nada, oyendo cómo la casa se acomodaba a la noche.
Más tarde calenté una sopa de sobre que encontré en un armario y la tomamos de pie en la cocina, entre risas nerviosas, porque no había un solo plato limpio y nos dio por cenar directamente de la olla.
Fue después de fregar los cacharros cuando le enseñé la foto de mi madre que me había dado Rosario. La sostuvo con los dedos de las puntas, como si pudiera deshacerse. Tardó en hablar.
—Tiene tu risa —dijo al fin.
—Yo no me río así.
—Te ríes así cuando crees que nadie te está mirando.
Lo miré, un poco desarmada. Le conté entonces lo de las migrañas de agosto, todo lo que había pensado en el dormitorio de mi madre, las persianas bajadas y las meriendas en casa de Pilar, ese duelo anual que nadie llegó a llamar por su nombre.
Lo conté sin llorar, como quien describe un mapa.
David me escuchó sin interrumpir, con la cabeza ladeada y los ojos fijos en la foto, y cuando terminé no me dijo que no me lo tomara así ni que quizás me lo estaba imaginando. Solo dijo:
—Qué sola tuvo que sentirse.
Fue la frase exacta. Y me quedé un momento con la garganta cerrada, porque llevaba días esperando que alguien la pronunciara y no me había dado cuenta de que era eso lo que necesitaba oír.
—Tengo miedo de Mateo —confesé, más tarde, ya con la luz del pasillo apagada y las dos tazas de té enfriándose sobre la mesilla del cuarto—.
No de lo que pueda pasar. De ser una decepción.
Él ha crecido con una familia, con su vida, con sus cosas, y de repente aparezco yo diciéndole que existo y que nuestra madre nunca pudo quedarse con él.
¿Y si no quiere saber nada? ¿Y si lo que le llevo es solo dolor?
—Puede ser. —No me consoló con mentiras, y se lo agradecí—. También puede que llevara treinta años esperando que alguien le dijera que no lo abandonaron por gusto. No lo sabemos. Pero sé que tú no te lo vas a perdonar si no vas.
Nos tumbamos vestidos sobre la cama de mi infancia, bajo el edredón de flores que odiaba a los quince años, con la puerta de la habitación abierta y el pasillo a oscuras.
Me dormí antes de lo que esperaba, con la cabeza sobre su hombro y la fotografía de mi madre sonriendo boca abajo en la mesilla, para que no me mirara.
Esa noche no soñé con ningún pasillo, ni con ningún peso pequeño y cálido contra el pecho. Dormí de un tirón, hasta que el móvil de David empezó a vibrar a las seis y media con la alarma del viaje.